sábado, 21 de febrero de 2009

Olimpiadas y política internacional, Primera parte

El espíritu olímpico se presenta como una luz hacia la unidad y tolerancia entre todos los pueblos de la tierra. En principio, la idea misma de las olimpiadas no es la competencia iracunda entre los Estados (que quede claro que no son las naciones las que participan sino los Estados), pero no ha sido posible, desde la primera olimpiada moderna en 1896, suspender, al menos durante los juegos olímpicos, las tensiones existentes entre los distintos países.
Atenas (y no Olimpia) fue la primera sede olímpica en 1896. Su condición de "cuna de la civilización Occidental" y -casi- lugar de origen de los juegos olímpicos le permitió gozar del privilegio de organizar la primera justa olímpica. 14 países acudieron a la cita (todos europeos, excepto Australia, Chile y Estados Unidos). Desde entonces, y pese a la idea de amistad e igualdad entre los Estados, las olimpiadas rebotaron de sede entre Europa y Estados Unidos (París 1900, San Luis 1904, Londres 1908 y Estocolmo 1912).
1916, en pleno de la primera guerra mundial, no vio olimpiada (aunque sí se cuenta como la sexta olimpiada con sede oficial en Berlín). ¿Por qué no podrían haberse organizado olimpiadas entre los países que no estuvieran en guerra? Jajaja: ¿cuántos eran? En efecto, todo el continente americano excepto EU, Canadá y Brasil... pero las condiciones internas de cada país hacían imposible realizar una olimpiada (imaginen a México, en plena Revolución -o a Paraguay, que para el caso es lo mismo- organizar una Olimpiada). Además, claro, los europeos y norteamericanos difícilmente habrían cedido su derecho a organizar y protagonizar las olimpiadas.
Y es así como en 1920 se recuperó la tradición (es el turno de Amberes, Bélgica). El periodo de entreguerra es una extensión más del Mundo eurocéntrico. Después de Amberes vendría París 1924 (en tan sólo 24 años una sede repetía; también fue la primera vez en que México participó), Amsterdam 1928 y Los Ángeles 1932. además, también en Francia y en 1924 fueron inauguradas las Olimpiadas de Invierno (Chamonix), que habrían de coincidir con el año de las Olimpiadas de verano hasta 1992. ¿Tranquilidad y Olimpiadas apolíticas? ¡Claro que no! Alemania no podía participar: la liga de Naciones había prohibido al comité olímpico tal cosa.después de la derrota punitiva que se le impuso en 1918 -aunque Austria sí participó. La URSS tampoco jugaba (Rusa zarista había participado en 1912). Además de Sudáfrica, y Egipto, ningún país africano existía (salvo Etiopía). Es cierto que tampoco era la exclusión total: junto con México, Ecuador, Uruguay e incluso Haití participaron en 1924 por la primera vez. También lo hicieron Filipinas y la India como comité olímpico independiente (aunque, claro, era parte de la corona británica).
Amsterdam 1928 no significó mayor problema: Alemania reingresó al club de invitados. En 1932 las Olimpiadas se trasladaron, de nuevo, a EU. Tocó el turno a Los Ángeles donde incluso menos países participaron a comparación de 1928. China hizo aparición en las olimpiadas, así como la España republicana. La URSS no se presentaba todavía y, aunque Italia fue la gran sorpresa, los Estados Unidos arrasaron por primera vez de forma tan apabullante en el medallero. Las olimpiadas postcrisis 29 fueron idóneas para Los Ángeles ya que sirvió de escaparate a la nueva y próspera industria cinematográfica.
Pero llegó 1936: La Alemania nazi organizó unas olimpiadas que el gobierno democrático le había heredado: En 1931 el Comité Olímpico Internacional había votado mayoritariamente por Berlín (y no por Barcelona, segunda candidata). Sin que fuese, inicialmente, objetivo del gobierno nazi, Hitler hizo de las olimpiadas el motor de un sistema propagandístico sin precedentes. Fue, quizá, la primera ocasión en que la política era tan evidente en las olimpiadas. Se trató de un país que enalteció las "ventajas" de la "raza" aria por encima de cualquier otro pueblo del mundo. Se le atribuye a Goebbels la siguiente frase: "German sport has only one task: to strengthen the character of the German people, imbuing it with the fighting spirit and steadfast camaraderie necessary in the struggle for its existence." El éxito deportivo se vio como un compromiso con la patria y, sobre todo, como un signo vital de superioridad sobre otros pueblos.
Curiosamente, la misma Barcelona (republicana) organizó el primer boicot olímpico (verán, en próximas entradas, que ha habido muchos), contando con 22 países dispuestos a participar en las "contra-olimpiadas" (La Guerra Civil echó al traste al proyecto y finalmente no hubo tal cosa como Olimpiadas alternativas). Fue la primera vez que la tecnología del cine fue incorporada de forma total a las justas deportivas. Los grandes trabajos de la cineasta Leni Riefenstahl (cuyo más famoso documental, Olympia, fué todo un manojo de innovaciones para el cine)* son considerados obras maestras (a pesar de su contubernio con el ideario nazi). Jesse Owens, atleta estadounidense, pasó a la historia como aquél negro al que Hitler se negó a reconocer como victorioso. Ganó cuatro medallas de oro, "humillando a la raza aria". El debate es interesante: ¿hasta qué punto se trató de una politización internacional de las diferencias entre el nazismo y las democracias occidentales (es decir, qué tan cierto es que Hitler y el demás Staff nazi se negó a saludar a Jesse)? ¿Fue ese incidente mucho más politizado y exagerado de lo que realmente fue? Quizá sí.
Vendría la Segunda Guerra mundial y dos olimpiadas anuladas. 1940 habría de ser en Tokio... pero, aún de haberse llevado a cabo durante la guerra, Occidente se negó a reconocer al gobierno militarista japonés como digno de organizar unas olimpiadas y fue Helsinki, capital de la reciente victoriosa Finlandia frente a la URSS, quién habría de organizar, de haber sido posible, las olimpiadas. En 1944 la guerra seguía y Londres, ciudad electa, habría de esperar hasta 1948.

*Agrego esta nota agradeciendo a Axel por la corrección y las precisiones que hizo con respecto a este fragmento del texto.

lunes, 16 de febrero de 2009

Costa de Oro

Si el espectador detiene su mirada sobre un punto fijo, allá, lejos del bullicio de los bañistas de media tarde, comprenderá tres sencillas premisas acerca de la vida viendo tres nubes de formas atípicas, burlonas y equidistantes. La primera le recordará que la soledad es una invención del individuo, quien de naturaleza gregario le dio vida para justificar su racionalidad y sus reflexiones personales, aquéllas que le presentan, sin por ello convencerle, visiones distorsionadas de su propia realidad. La segunda es que su propia existencia se difumina con la existencia de los demás, tanto de los que considera amados, queridos o, al menos, conocidos, como de aquéllos de quien lo ignora todo, excepto la ineludible certeza de que sus propias existencias están disueltas en la suya propia. La tercera es que, así como el deseo reprimido, como la pasión censurada o como el extasiado grito ahogado moldean su propia felicidad, la felicidad de los demás seguirá siendo un reflejo equívoco de su propia pasión censurada, de su deseo reprimido y de su extasiado grito ahogado. Él mismo no es otro que el pálido reflejo de los demás.

Las lágrimas, casi imperceptibles, caerán por sus mejillas mientras él se aleje hacia el horizonte.

Alguien le habrá estado observando y guardará para sí la nítida imágen del hombre que comprendió lo que ningún otro querrá comprender, porque comprenderlo significará dejar atrás, como se deja a la infancia, la pueril idea de la individualidad del hombre, de su libertad por encima de sus semejantes y de su complejo y maduro Ser, independiente y alejado de otros Seres, todos tan equivocados como él mismo.

jueves, 12 de febrero de 2009

Estado Mexicano, ¿fallido o fallando?

Lo prometido es deuda.
Lo que quiero platicarles esta ocasión es, básicamente, lo que Jordy comentó en el texto anterior. Resulta impensable que circule una idea tan poco consistente acerca de la debilidad y posible desarticulación del estado mexicano... y, sin embargo, circula.
México no consolidó su estado antes de Juárez, Díaz y la Revolución. Después de 1917 quedan claras las bases políticas del poder en México y, en 1929, nacen las instituciones políticas que caracterizarán al gobierno durante tantas décadas. El Estado mexicano ha sido fuerte (muy fuerte) entre 1929 y la actualidad. Las innumerables crisis y demás debacles que el sistema liberal y capitalista ha infringido al país han sido insuficientes para creer en un debilitamiento contundente del aparato estatal. Los movimientos civiles de ferrocarrileros, médicos y estudiantes entre 1958 y 1971 y las guerrilas no consiguieron, tampoco, poner en duda la fortaleza del estado. Ni el EZLN ni el EPR ni ninguna organización que se declare contraria al estado tiene la capacidad de poner estrictamente en jaque a la firmeza de sus instituciones.
Sin embargo, las cosas no son como eran hace diez o quince años.
Piénsenlo de esta forma: una de las razones que se esgrimen hoy día con respecto a la casi segura victoria del PRI en verano es que México volverá a ser un país grande (aunque no lo será nunca en el panorama internacional). En política mexicana esto se traduce a "un estado grande". Con los panistas en los Pinos (pero, en general, con el modelo neoliberal que hemos adoptado de forma sui generis), ha sido evidente que el estado ha perdido presencia en varios rubros de la vida nacional. Ahora se habla mucho acerca del poder del narcotráfico, de un poder que se antoja incluso transnacional y que sobrepasa prácticamente todas las barreras que el estado impone a los ciudadanos más o menos comunes. Además (y de esto se habla menos en estos días), la politización de los medios privados y lucrativos, pero de el empresariado en general, han llevado a una mayor concentración del poder en las cúpulas de la iniciativa privada. México es un país en el que cada vez importa menos lo que se decida en Palacio Nacional o en Bucarelli y cada vez importa más lo que diga la Coparmex o Televisa (Ojo: no he dicho que lo que digan estos últimos importe más que lo que digan los políticos, sólo que sus participaciones relativas en el poder han cambiado).
Para el exterior, es el primer argumento (el de la inseguridad ligada al narcotráfico) y, por supuesto, la corrupción, el que más importa para comenzar a hablar de inestabilidad política en México. Yo pienso, por el contrario, que las bases institucionales en este país son firmes, sin que por ello entendamos que se erijan al servicio de la gente. Son firmes, entre otras cosas, porque, como ciudadanos, no las ponemos en tela de juicio. Son firmes porque no son amenazadas por un movimiento social democrático: ningún partido político serio (si es que los hay aquí) ni organización social enarbola como estandarte una reforma completa y radical a las instituciones del país. Y la violencia que resquebraja a nuestros cuerpos policíacos y al ejército a favor que los narcos no me parece argumento suficiente para declarar a México un estado fallido.
No es un país que se caracterice por una fuerte presencia internacional ni por cumplir sus obligaciones para con la ciudadanía, pero tampoco es uno que se vea superado, en su totalidad, por la situación actual. ¿Crisis económica? las hemos tenido peores; ¿Narcos? en efecto, son peligrosos y no se acoplan al Estado -y éste no sabe cómo acoplarlos-; pero no son indicador alguno de la próxima desaparición de estado mexicano como lo conocemos; ¿descontento social? Ahh, aquí debería estar la respuesta, sin embargo, somos una sociedad de corta memoria y pocas ganas de movilizarse. No hay remedio, no es por aquí por donde vamos a poner en jaque al estado (al menos no pronto).

Lo cierto es que podríamos pensar que un Estado débil, que podría ser fallido, es una oportunidad ineludible para construir uno nuevo (o, al menos reformar el existente). Pues ni una ni otra: primero porque, creo, México no es un estado débil. Y segundo, porque nosotros nos estamos dispuestos (ni sabemos cómo) a reformar ese estado que tanto mal nos hace pero que se ha vuelto indispensable en la vida de muchos. Una democracia según líneas más justas (no sé si la mejor, pero quizá sí mejor a la que tenemos hoy día) implica, en efecto, que como sociedad seamos demandantes y, cómo no, agitadores. No es necesario tomar las armas sin un objetivo definido (no sólo no es necesario; es peligroso y absurdo). Pero salir a las calles -de verdad- no es una mala opción. Y con salir a las calles no me refiero a tomar Reforma o el Zócalo (ahí nomás se disgustan los fresillas que trabajan en Torre Mayor y no pueden pasar con sus cadillacs), sino a huelgas generales (pa qué tenemos sindicatos "tan poderosos", digo yo), por ejemplo.
No lo sé. México no es débil -sólo en futbol y frente a EU-, pero tampoco es el Estado que queremos y necesitamos. No está al borde del colapso, pero tampoco es que se sostenga por méritos propios. Su debilidad, pues, no es la que pregonan los de la lista que les mostré hace un par de días; quizá su debilidad seamos nosotros como sociedad poco organizada, poco politizada y poco comprometida.

martes, 10 de febrero de 2009

Estados Fallidos

Leía yo en la revista semanal The Economist un artículo sobre los Estados Fallidos. No es, en lo absoluto, nada del otro mundo; durante siglos han existido Estados con mayores capacidades políticas, económicas y militares que otros. Los Estados que carecen de recursos económicos suficientes o de una buena administración interior han sufrido una precaria existencia, pero difícilmente han desaparecido. Algunos Estados, faltos de poder interno o indispuestos a un enfrentamiento oneroso, han debido ceder independencia a porciones de su territorio (pensemos en cómo Eritrea ganó su independencia de Etiopía, o de Timor Oriental con respecto a Indonesia). Otros, con grados muy medianos (e incluso bajos) de poder y prácticamente fantasmagóricos en el plano mundial, se aferran a pequeñas porciones de tierra cuyas poblaciones reclaman autonomía (el caso de Georgia que se niega a ceder nada a Osetia o a Abhazia; o de Sri Lanka, cuyo gobierno ha lanzado una ofensiva mortal contra una guerrilla no menos mortal -de el pueblo Tamil- desde hace más de 25 años).
Pero, curiosamente, los parámetros que se toman en cuenta para calcular qué tan fallido es un Estado tienen poco que ver con su fuerza internacional (la URSS, enorme potencia mundial, colapsó -aunque las razones sigan siendo oscuras- y dudo, realmente, que podamos pensar que se trataba de un Estado fallido). El reporte que presenta la revista Foreign Policy toma en cuenta una decena de elementos que, pienso, deben ser analizados con sumo cuidado.
Algunos de los once indicadores son de carácter social. De entre ellos, los hay convincentes: por ejemplo, un Estado cuya población padece de forma constante migraciones forzadas por violencia u otras causas ajenas a su voluntad (desplazados y refugiados) gana puntos en la escala de debilidad y falla (ganar puntos, en este juego macabro, es muy malo). Sin embargo, hay otros que tienen que ver con la represión interna y la exclusión política institucionalizada. ¿No es el control político de la sociedad, bajo reglas que pueden ser excluyentes y violentas, un símbolo de la fortaleza del Estado? México, en el apogeo de su autoritarismo priísta (y pienso en Díaz Ordáz y en Ruiz Cortines) controló violentamente a la oposición política y estuvo muy lejos de verse debilitado como estado a causa de ello.
Otros datos son bastante ingeniosos, pero quizá de difícil cómputo y, por lo tanto, difícil saber en qué medida influyen realmente en la debilidad de un Estado. Uno de ellos es, por ejemplo, la fuga de cerebros. En la medida en que un Estado pierde su potencial científico y educativo, pierde fortaleza interna. (Yo no habría pensado en ello, es un buen argumento). Y claro, están los parámetros básicos: crisis económica crónica, violación a los derechos humanos, incapacidad del Estado para proveer de servicios elementales a la población (seguridad, vivienda).
Incluyo la lista para que vean, como es de esperarse, que los Estados más firmes son los escandinavos y otros Europeos.
En alguna ocasión futura invitaré a reflexionar sobre la situación mexicana. No es un Estado mal posicionado (o no demasiado mal), pero últimamente se ha especulado en torno a la idea de la inestabilidad política que produce el conflicto con el narcotráfico y los efectos que ésta pueda tener en la estructrua misma del Estado. ¿Seríamos, entonces, una amenaza para EU (por cuestiones de seguridad)? Hasta la próxima entrada.


sábado, 7 de febrero de 2009

Franqueando abismos generacionales. Música



Pues bien, como les decía. Las similitudes generacionales a lo largo de la última mitad del siglo XX y la primera década del actual XXI son muy evidentes, sobre todo, en cuanto a la música.
Piensen, primero, qué tipo de música escuchan ustedes (ustedes son, si no me equivoco, individuos de mi misma generación (digamos, nacidos en la década de los 1980) que también escuchaban sus padres cuando jóvenes y que siguen escuchando. ¿Ninguna idea? !Cómo no¡ Apuesto doble contra sencillo a que la mayoría de sus padres, esporádicos lectores, escuchó Rock y Rock&Roll (en cualquiera de sus presentaciones), Trova, Canción de protesta, "Folk" y, claro está, la música que ponen en las fiestas (y de esa hay de muchos colores y sabores, no voy a enumerar). ¿Algunos nombres? Juan Manuel Serrat, The Beatles, Pink Floyd, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez... sí, hay una connotación gremial, de grupúsculo socio-económico, en todos esos nombres. No son, en ningún caso, música que reconozca siquiera un 30% de la población occidental-mexicana.
¿A qué se debe, pues, que mantengamos a través de los años los gustos musicales de nuestros padres? Me atrevo a formular dos posibles respuestas.

La primera es que la música la entendemos, también, como un medio de identificación social. Solemos relacionarnos con gente que esgrime opiniones similares a las nuestras, y eso incluye a la música. La música es, por tanto, una herramienta que también utilizamos (ay de nosotros!) para diferenciar entre grupos sociales y para posicionarnos dentro de uno u otro (pueden ser varios). Así, en una sociedad globalizada pero muy mexicana, como la de el DF, hacemos especulaciones tales como que el rock indie mexicano (Zoe, la Gusana Ciega, Los bunkers, etc) es fresa, pero fresa que evade la monotonía Pop y que gusta, también, del nuevo Rock británico comerical (Franz Ferdinand, The Kooks...)... o que el Rock urbano lo escuchan los dones ya mayores que siguen usando greña larga, botas hasta la rodilla y pantalones con parches de El haragán, Trolebús o los Ángeles del infierno. (Nosotros mismos acuñamos términos como "chica Manu chao y banda-silviorodriguez). Además, solemos definir nuestros gustos en una línea que, por lo general, es una continuación de la de nuestros padres. En términos de edad, no hay concierto más variopinto que uno de The Doors, de Pablo Milanés o de Luis Miguel. Podemos definirnos, muchas veces, en el entorno social en el que -creemos que- nuestros padres se definieron. Así, yo sé de varios que conocimos a Sabina a través de nuestros padres y nos sentimos muy orgullosos al cantar las canciones con nuestros amigos e imaginamos que nuestros padres hicieron lo mismo; podemos llegar a tal grado de negar un especie de "potencial sabinesco" en cierta gente a la que, pensamos, nunca le gustará Sabina porque no forma parte de su pasado ni de su presente.

La segunda respuesta tiene que ver, básicamente, con una revolución cultural sucedida entre la década de 1950 y la de 1970. Por eso les decía anteriormente que tenemos más cosas en común con nuestros padres que ellos con los suyos. Esta revolución culutral inicia, en el mundo burgués y occidental, como resultado de varias cosas: Primero, un hartazgo de las modalidades bélicas del pasado (a nadie se le olvidarán dos guerras mundiales y un holocausto en cosa de 30 años); las generaciones del Baby Boom y la de los niños nacidos durante la segunda Guerra Mundial tendrán, casi por regla general, una repugnancia a las manifestaciones violentas. Una prueba es, sin duda, el movimiento hippie de los años sesenta.
Otra causa de esta revolución cultural es, sobre todo en Europa, el desarrollo de un modelo asistencial, responsable y desarrollista de Estado democrático: el Estado de Bienestar. Tal modelo garantizó a todo europeo capitalista una gama de oportunidades para su desarrollo integral y colectivo que no se justificaban con "las herramientas para alcanzar la cima -discurso liberal estadounidense-" sino como parte de una responsabilidad social mayor; un sentimiento de solidaridad y éxito social que, en ese entonces, los europeos pregonaban con avidez. Esto permite un adelanto socioeconómico vital: crecen las clases medias y las clases trabajadoras alcanzan los niveles de aburguesamiento que Marx criticaba, lo que implica un mayor acceso a bienes de consumo, bienes culturales y a la infraestructura social y política de los Estados.
El tercer elemento es el 68. No sé cómo explicarlo, pero sé que es clave para apuntar esta idea. Las revoluciones del 68 (si las podemos llamar así) no eran de corte marxista-leninista o nacionalista o lo que sea; eran manifestaciones en contra de una cultura conservadora: se hablaba de liberalización de la sexualidad, de los espacios educativos; se hablaba del libre uso de drogas, del fin de las guerras imperialistas en cada rincón del mundo; no sé. Es un espacio muy breve pero condensado de la historia del siglo XX. Creo que es el reflejo de una juventud combativa que no afronta las inseguridades ni las obligaciones de los obreros, soldados o miembros de partidos de izquierda a principios de siglo. En Europa y EU, a los veinte años, en 1910, uno debía deslomarse en la fábrica o repartir panfletos del PCI para mantener a la esposa y a uno que otro hijo. En 1968, a los veinte años, uno cursaba una carrera en filosofía o en letras, vivía en casa de sus padres y jugaba futbol con los amigos en una cancha de pasto.... pero me desvío: la revolución cultural, musicalmente, imprime una nueva forma de relacionar a la juventud con la música (y ese es el punto que quería rescatar). Joan Baez y Bob Dylan significan casi lo mismo para los jóvenes de 1967 como para los de 2006 (o eso espero). Led Zeppelin y Jefferson Airplane son ampliamente conocidos hoy día entre los jóvenes que comparten esta similitud social y económica, pero, sobre todo, esta condición de "revolucionarios culturales".

Por supuesto que este debraye se limita a una fracción menor de la población occidental (no se diga de la población del Planeta). Es evidente que la mayoría de los jóvenes entienden la música de otra forma y la viven de otra forma (y viven con otra música). Pero este es el medio en el que he crecido (y creo que ustedes también), aunque, por supuesto, hagan falta varias precisiones.

lunes, 2 de febrero de 2009

Abismos generacionales

¿Es el impersonal avance de la tecnología, la vorágine de cambios y descubrimientos científicos o el acelerado proceso de modernización (signifique eso lo que signifique) lo que marca las diferencias entre una generación y otra? No es nueva, en efecto, la idea de que ninguna generación actual puede ser similar a la que le precede porque las características del progreso, de la tecnología (de las comunicaciones y de los transportes; del dinamismo de la información y del entretenimiento) y de el Mundo moderno son diametralmente opuestas, y tal diferencia se acentúa en la medida en que los cambios se aceleran.
Me cuesta mucho creer tal aseveración.
Cuando niño, mi padre me dijo en una ocasión que el gran rompimiento generacional en cuestión de gustos, de actividades o de intereses se dio entre la generación de sus padres y la suya (entre los nacidos durante la primera veintena del siglo XX y aquéllos nacidos a la mitad del mismo) y no entre la suya y la mía (nací en 1988). ¿Por qué? ¿Acaso tú, en casa, tenías una computadora (no digamos internet), televisión por cable (no digamos satelital), un atari (no digamos Play Station), un walkman (no digamos un Ipod) o tantos otros aparatos que recién aprendes a usar (y que, en cada ocasión, pides que te ayude a comprender su funcionamiento)? El argumento tecnológico me habría bastado suficiente. Con el tiempo (y no debió pasar mucho), comprendí que las similitudes entre nuestras generaciones sí eran evidentes, y que las diferencias entre la suya y la de sus padres eran profundas.
Cierto, mis abuelos, de niños, no tenían refrigerador, televisión ni reproductor de discos de vinil. (¡que sí, que el argumento tecnológico es válido!). Pero las grandes diferencias en ningún momento tuvieron/tienen que ver con los niveles de confort y los aparatos que podían producirlo en los años veinte o durante los sesenta.
Mis padres, algo jóvenes en 1968, son parte de esa generación que aprendió de sus mayores el arte de la manifestación, la estética de la protesta y la belleza de la solidaridad en las plazas y calles; cantaron las canciones deInti-ilimani, de Sanampay y Mercedes Sosa; corearon a Silvio Rodríguez y a Atahualpa Yupanqui; en las fiestas bailaron con los Rolling Stones y se drogaron con More y Atom Hearth Mother de Pink Floyd. Sí, eran parte de esa clase media alta, quizá educada y excéntrica; pre intelectuales gremiales y alternativos; rebeldes y amparados por el sostento familiar (claro, mis abuelos habían trabajado y conocían la famosa movilidad social: si él se crió en vecindad e iba descalzo a la escuela, mi padre, aunque trabajador desde joven, fue a un colegio de paga y vivió en un barrio amigable).
Hasta ahí, la diferencia entre mi padre y yo es, grosso modo, nula: de lo enumerado arriba, tan sólo el hecho de ser un vírgen del empleo y del trabajo remunerado me diferencía de mis progenitores.

¡ALTO! No piensen que la próxima entrada (sí, la próxima; ésta termina aquí) continuará relatando la -falseada- historia de la juventud de mis viejos. Tan sólo he redactado esto porque considero que me servirá de introducción a un pequeño texto que tengo en mente sobre la estrecha relación entre la música moderna y occidental y las actitudes generacionales modernas y occidentales. Me explico con un ejemplo: lo que sigue, intentará analizar someramente las razones por las cuáles ciertos grupos sociales y generacionales se inclinan por cierto tipo de música (digamos, el rock progresivo) en momentos muy distintos (digamos, a finales de los años sesenta y a principios del siglo XXI).