domingo, 12 de julio de 2015
¿Por qué debería importarnos Grecia?
miércoles, 20 de noviembre de 2013
De petróleo, privatización y movilización
lunes, 12 de agosto de 2013
El petróleo mexicano ya es privado. Pero siempre puede ser peor.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Empezó la cosecha pero no hay granos
miércoles, 23 de febrero de 2011
Medio Oriente y América Latina. Algunas comparaciones interesantes y evidentes diferencias.
En la blogósfera, en la ciberestratósfera y, sobre todo, en la twittósfera (todos ellos ejemplos de una falacia grande como el mundo que ellos mismos han inventado: el ciberactivismo o activismo 2.0), se habló mucho, durante las últimas semanas, de cómo lo sucedido en Túnez y en Egipto podría repetirse en México. Es decir, de cómo las protestas “organizadas por internet” y difundidas mediante twitter y facebook tenían la capacidad de derrocar gobiernos enquistados, corruptos, asesinos y empobrecedores. El argumento seguía así. México, con 27% de su población con acceso a internet (cifra que aumenta entre los jóvenes), podía efectivamente convertirse en el nuevo polvorín social que concentrara los reflectores de los medios mundiales. ¿Seguros? Que yo sepa los gobiernos del Medio Oriente no están cayendo a twitazos enviados cómodamente desde un sillón en el calor del hogar o la comodidad de la oficina. Según yo, 365 egipcios, más de 300 libios y decenas de otros árabes murieron o están muriendo sobre las baldosas, aventando piedras y recibiendo tiros. Según yo, 1,500 egipcios fueron apresados. En México ni siquiera han empezado esas manifestaciones; todavía es más improbable que, de haberlas, éstas siguieran si se enfrentaran con tales niveles de represión.
Pero vamos a lo que nos ocupa. Algunos paralelismos pueden trazarse (y algunas divergencias deben evidenciarse) entre el Medio Oriente y América Latina. Empecemos por lo generalizable.
Ambas regiones desfilan, desde los años ochenta, por el matadero financiero y fiscal que significa someterse a un plan de reajuste estructural de los altos mandos de la economía mundial, el FMI y el BM. Sus consecuencias, terribles e injustas para muchos, provechosas y benévolas según unos pocos, han marcado los posteriores cambios económicos de cada país. Mientras México, Chile y Colombia abrazaban ciegamente la fe del libre mercado, privatizaban y vendían lo público, Egipto, Líbano y Jordania desmantelaban empresas paraestatales, acogían las especulaciones financieras de Europa y Asia y limitaban drásticamente la provisión de servicios públicos por parte del Estado. Sólo aquellos países que, ya fuera por un firme mando ideológico o por sus grandes riquezas petroleras, pudieron mantener esquemas de redistribución nacional, lograron esquivar el capitalismo financiero para profundizar el capitalismo de Estado (Libia, Venezuela y, en mucha menor medida, Ecuador). Algunos países decidieron (simplemente porque podían) combinar esquemas. Así, las monarquías del Golfo Pérsico viven cómodamente postradas sobre sus inmensas reservas de crudo, reparten significativos beneficios y servicios públicos a su población y acogen, en paralelo, los grandes capitales del mundo de la finanza sin tasarlos casi nada (en los Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, el equivalente al IETU mexicano es de 1,5%; en Arabia Saudita no existe el IVA).
En los países árabes, sobre todo en los no petroleros, el Estado fue perdiendo la primacía económica y olvidando su función de repartición de la riqueza. Ahí sí que hay un paralelismo con el grueso de América Latina. Esas liberalizaciones comerciales y financieras han mantenido a ambas regiones en una sutil región periférica que podría sin duda analizarse desde una teoría de la neo-dependencia. Sí, las megápolis de la región (El Cairo, México, Sao Paolo) son cosmopolitas y pueden ofrecer una fachada de riqueza, goce y derroche que rivalice con Londres, Oslo o Tokio. Pero sus mercados financieros son debilísimos en comparación con los de los Ámsterdam, Toronto o Taipéi. En lo absoluto, la dependencia financiera del exterior (no necesariamente de préstamos como en los años ochenta, sino de inversión privada extranjera) ha aumentado considerablemente. Si bien algunos países como México y los países petroleros del Golfo tienen reservas sólidas en dólares, los flujos de capital internos (en ocasiones igual de monopólicos), no pueden rivalizar con los externos. El capitalismo de Estado, insisto, ha dejado su lugar a uno de mercados, finanzas y esquemas bursátiles. Esa condición periférica de ambas regiones respecto al gran intercambio mundial de bienes, servicios y capitales es perforada, sutil y lentamente, por países como Brasil y Túnez que, guardando las muy debidas proporciones, han experimentado nuevos esquemas de diversificación fiscal y comercial (en la medida de lo posible, claro: Túnez sigue estando a 150km de Europa y Francia es su mayor socio, indiscutiblemente).
El Estado en el Mundo Árabe, sin embargo, jamás ha renunciado al control real de la fuerza y la violencia. No quiero decir que en América Latina sí (aunque en algunos casos sea evidente la crónica debilidad del Estado por mantener la “paz y la tranquilidad”), pero sí quiero enfatizar que en el Medio Oriente esa facultad de ejercer fuerza (y reprimir y violentar a la población) es tanto más vigente que hace treinta años. Egipto, país de 84millones, mantiene, pese a la huída de Mubarak, a más de un millón de policías. Agreguemos fuerzas armadas y servicios de inteligencia y veremos que el número es atroz. Gadafi no dudó en usar al ejército (o al menos a sus juguetes) para balear a los manifestantes. En países como Arabia Saudí, las fuerzas del orden tienen además roles moralinos y religiosos que son espantosos y muy violentos (además de denigrantes, censores y misóginos).
Y así podemos entrar a las diferencias (que son muchas más que las similitudes). En primer lugar, esa capacidad de usar la fuerza pública en contra de la población es mucho mayor en el Mundo Árabe que en Latinoamérica. Claro que el Estado puede ser represor y violento en manifestaciones públicas en lugares como Chile y Ecuador; claro que hay enorme represión contra movimientos sociales, autonomistas e indígenas en Guatemala, México, Perú y Colombia; por supuesto que hay paramilitares en Colombia, en México, en Guatemala o en El Salvador que están estrechamente ligados al aparato estatal. Pero el ejercicio de esa violencia es relativamente sutil –e incluso menor– si se compara con el Mundo Árabe: 365 muertos en Egipto, quizá 500 en Libia, decenas más en Bahréin y en tantos otros países en tan pocos días (sin contar las ya cotidianas desapariciones, ataques a sindicalizados, activistas sociales y demás), son ejemplos de lo violento que puede llegar a ser el Estado en esa parte del mundo.
Y eso quizá esté relacionado (aunque no necesariamente) con un proceso de democratización que no ha alcanzado al Medio Oriente. Jamás diré que América Latina es la panacea de las democracias modernas ni mucho menos, pero si nos ponemos justos, deberemos admitir que los esquemas de participación política y de representación equitativa han mejorado mucho en las últimas décadas de este lado del charco si los comparamos con los países árabes. Acá ha habido grandísimos cambios en Bolivia, Venezuela, El Salvador, la República Dominicana…y sin olvidar las dictaduras militares del Cono Sur que ahora son sólo un recuerdo. Vamos, incluso en México las cosas han mejorado ligeramente desde los años ochenta.
Hay, además, dos componentes sociológicos –al menos– que no deben descartarse. El primero es muy evidente y ha sido repetido ya muchas veces. Las pirámides poblacionales en el Mundo Árabe son una caja de Pandora, llena de potenciales pero también de peligros. En economías liberales incapaces de proveer bienes y empleo a hordas de jóvenes generalmente bien educados pero sin trabajo, el descontento, el reclamo y la inconformidad son alimento de las protestas. Bien que mal, en América Latina los esquemas laborales saben absorber, aunque sea mínimamente, a los recién egresados de las universidades –que son, además, menos. Y aunque es cierto que también en el Mundo Árabe han caído las tasas de fecundidad, sus índices de natalidad son todavía mayores a los nuestros. Seamos, además, un poco cínicos: los latinoamericanos gozamos de mejores redes internacionales que los árabes, lo que, en última instancia, nos facilita las cosas para desempeñarnos en el extranjero en vez de en el terruño.
Otro factor sociológico es el peso que tiene la religión en las sociedades e incluso en la política en el Mundo Árabe. Después de los gobiernos seculares de los años 50, 60 y 70, muchos países árabes han recaído en una ola de religiosidad que, seamos honestos, tiene efectos negativos en el tejido social. Hay ejemplos muy burdos pero esclarecedores: en Bagdad, Trípoli y El Cairo era muy común ver mujeres desveladas, como lo sigue siendo en Estambul, por ejemplo. Hoy ya no. Incluso bastiones del laicismo panarabista como Palestina, Túnez o Libia han perdido terreno frente al regreso del islam. No es un fenómeno malo en sí; lo que contrasta es los desequilibrios en el laicismo que esto provoca, porque entonces el Estado árabe deja de ser garante de una serie de libertades civiles y religiosas y se convierte en defensor (o cómplice) de movimientos religiosos que, sin ser los fanáticos de Al Qaeda ni de la península arábiga, son capaces de descomponer un tejido social que se antojaba más liberal, más igualitario y, sí, más democrático.
En América Latina la religiosidad vuelve (y vuelve grueso: México es un buen ejemplo, sobre todo al momento de vincular religión y política. Pero a nivel comunitario es impresionante el avance del evangelismo, por ejemplo, en Centroamérica). La diferencia, quizá, es que las religiones están recobrando fuerza en esquemas más o menos democráticos, y no bajo el auspicio de dictaduras que se inclinan cada vez más a la derecha (como es el caso árabe).Quizá esos cimientos democráticos, aunque no sean un edificio todavía, hacen las veces de válvula de escape a la congestión religiosa de algunos sectores. Digo sólo quizá porque tampoco estoy en condiciones de sostenerlo; sólo creo que es una posible explicación de entre tantas otras.
A donde quiero llegar es a un lugar común: Latinoamérica no es el Medio Oriente. Si allá explotaron estos regímenes y la gente salió a manifestarse hay que comprender que el escenario fue sumamente distinto al latinoamericano. Aquí, por ejemplo, tenemos experiencias ideológicas más firmes que allá (las guerrillas que durante décadas han fortalecido el debate ideológico en nuestros países; los partidos políticos de izquierda y derecha que también han discutido –en ocasiones desde la clandestinidad– desde cuerpos teóricos distintos a los el Mundo Árabe); en algunos países los movimientos sociales son también mucho más sólidos que en el Mediterráneo (pensemos en Bolivia). El caso es que los esquemas de revuelta, si es que los habrá en América Latina (y vaya que serán bienvenidos, sobre todo si parten de una posición ideológica más clara, de izquierda, de justicia y de igualdad), serán sumamente distintos a los del Mundo Árabe, que ahora se sostienen en demandas políticas inmediatas (democracia electoral, partidos políticos y prensa libre, por ejemplo) y en exigencias económicas precisas (empleo, nivel de vida), pero no necesariamente en críticas al sistema capitalista liberal ni en esperanzas fundadas en democracias participativas, socialistas y solidarias.
Por lo pronto, es imperativo que estos movimientos en el Mundo Árabe sigan. De ellos dependerá también una nueva configuración de esquemas políticos y económicos en el mundo que, esperemos, puedan ser más justos y solidarios que los que nos dominan hasta ahora, pero mi escepticismo prevalece.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Es hermoso morder la mano que te alimenta

Bien, ahora sí, al grano. Esta caricatura, que apareció el 22 de octubre en The Economist, hace referencia al triunfo de las políticas de austeridad después de la crisis económica que, en 2008, medio hundió al mundo. En términos muy burdos y generales (literlamente, caricaturizando), los europeos, por cuestiones históricas que se explican entre otras cosas con las dos guerras mundiales, tienden a preferir gobiernos activos en economía y responsables (o comprometidos) con el bienestar social. Por su parte, los estadunidenses, quizá de memoria un tanto más corta, aplauden frenéticamente los recortes presupuestales y las limitaciones estructurales a los programas asistencialistas del Estado. También es histórico (y eso es precisamente lo que argumenta el Tea Party), pero también es, en gran medida, ideológico.
¿Qué demonios sucede de los dos lados del Atlántico? Creo que la respuesta es clara: los gobiernos están buscando recortar sistemáticamente sus gastos y buscan ajustarse a políticas macroeconómicas pulcras, eficientes, relucientes y, por supuesto, injustas. El premio a ganar es multifacético: el aplauso de los organismos financieros internacionales, el beneplácito de los grandes capitales especulativos (bancos y finanzas), la confianza de los inversionistas y los empresarios, el respaldo de las fortunas nacionales (hartas de pagar tantos impuestos) y, empujado al límite, el apoyo de los grupos políticos nacionalistas que ven en los recortes bienestaristas la oportunidad de recrear diferencias claras con las comunidades inmigrantes.
Por supuesto, las reformas de ajuste pueden tener consecuencias desastrosas: profundización de las inequidades económicas, afirmación de desigualdades sociales, despolitización de instituciones importantes (sindicatos o confederaciones campesinas), enajenación clasemediera (aunque no estoy todavía muy seguro de cómo), caída del salario real y aumento de los precios (como en América Latina durante los 1980')... En fin, una serie de calamidades que, si bien quizá no pondrán en tela de juicio la esencia misma del Estado, sí desprestigiarán considerablemente su labor económica y la confianza que millones de ciudadanos depositaron en él como un elemento importante del bienestar social.
Vámonos al cuento. La crisis de 2007/2008 comenzó, digámoslo rápida y burdamente, con la explosión de una hiperburbuja de especulación financiera. Esa "alberca" de los no sé cuántos billones de dólares (y billones en castellano, que conste!) se llenó con los flujos de capital que, por supuesto, no eran regulados por los Estados, pero que tampoco eran productivos (no eran inversiones en bienes de capital ni en servicios públicos). Los bancos perdieron solvencia y los Estados ricos salieron al rescate. En cuestión de meses, las mayores economías del mundo desembolsaron millones de dólares en estímulos fiscales y rescate a bancos y empresas que, debido a su irresponsabilidad (irresponsabilidad que yo considero imposible o dificilísima si éstos pertenecen al Estado o a cooperativas), estaban al borde del colapso.
Así, The Fed compró bancos estadunidenses (para después revenderlos), el gobierno de Frau Merkell incentivó profundamente la producción y compra de carros alemanes, Obama lanzó su eslogan "buy American", los franceses destinaron millones al saldo de cuentas bancarias, los chinos volvieron a comprar bonos del tesoro estadunidense en masse y las repúblicas sudamericanas protegieron sus finanzas y sus exportaciones con políticas anticíclicas de corte keynesiano. Qué lindo. Durante meses, incluso la prensa económico liberal defendió los estímulos y los grandes gastos de los Estados. La sociedad, más bien inconforme, se preguntó por qué habrían de ser rescatados los grandes consorcios banqueros y empresariales con dinero del contribuyente si, al mismo tiempo, los ciudadanos que habían quedado endeudados al comprar una casa, desprovistos de empleo y limitados en sus ingresos por compensaciones sociales, ellos recibirían muy poco o nada.
Las primeras grandes manifestaciones explotaron. Pronto fue evidente que el descontento social estaba dirigido contra los gobiernos que impúdicamente rescataban a las irresponsables empresas y bancos. Vamos, no hay que ser injustos. Claro que los paquetes de estímulo fiscal incluían medidas de apoyo a la población (en EU, por ejemplo, se extendió el tiempo durante el cual un desempleado puede recibir apoyo estatal) y otras que iban en pos del consumo interno y el gasto social. Pero eso no duró mucho tiempo.
¿Por qué no? ¿Era acaso insolventable? No estoy en condiciones de responder porque mis conocimientos de economía son mínimos. Lo que sí sé es que hubo, paradójicamente, un rebote completo de las inclinaciones políticas de los gobiernos y las sociedades. Fueron los gobiernos de centro derecha que en Alemania, Francia o Canadá invirtieron esos millones de rescate. Fue la socialdemocracia la gran perdedora de los espacios políticos en Europa. La gente, al parecer, buscó gobiernos capaces de dar respuestas rápidas a la crisis económica, pero en los últimos meses se han dado cuenta de su error.
Todo empezó en Grecia a principios de año. Como ya medio especulé por acá, los estímulos fiscales postcrisis evidenciaron muchas fallas estructurales en los sistemas de gasto nacionales. Grecia reventó, desvelando una historia de malos manejos fiscales y presupuestarios. PERO lo importante aquí es que las respuestas del exterior (y del interior) fueron erradas. ¿Cómo es posible que en plena cirisis económica se opte por planes de ajuste presupuestal que cortan, en primer lugar, el gasto público social? ¿A quién puede ocurrírsele que las economías deben "verse bonitas" y "ser eficientes" cuando importantes sectores de la población están cayendo en la pobreza y se las ven negras para seguir con el día a día?
Ese alguien es, para variar, el mismo fantasma de siempre. Es el conjunto de organismos financieros mundiales, es el gobierno estadunidense, la comisión europea y los gobiernos de los países más pesados del continente (esta vez ni siquiera importó su supuesta inclinación ideológica). Entre todos ellos apostaron a condicionar terriblemente un paquete de unos 150 mil millones de dólares que Grecia recibiría sólo sí cumplía con una larga lista de tareas. Éstas incluían recortes al gasto público, a las pensiones, a los salarios y las prestaciones... No había planes precisos para combatir la corrupción o hacer más transparentes las finanzas públicas. Para variar, las soluciones cortoplacistas del "capitalismo mundial organizado" (perdonen mi teatro, pero no encuentro otro mote más adecuado) intentaron componerlo todo de golpe sin preocuparse mucho por los efectos negativos a la sociedad.
En cuestión de meses los ánimos políticos cambiaron. Pese a las enormes (impresionantes y admirables, desde mi humilde punto de vista) movilizaciones sociales en Grecia, los gobiernos europeos decidieron seguir adelante con los planes de recorte. España lanzó el suyo con bombo y platillo, encontrando buen eco entre una población harta de que el desempleo esté estancado en 20%. En España los esquemas laborales, las reglamentaciones y la facilidad para despedir gente, habrán de relajarse gracias a estas propuestas de ajuste. Más o menos lo mismo sucede en toda Europa. En Francia el efecto fue también impresionante. En los últimos dos meses, millones de trabajadores, estudiantes, profesionistas, profesores... vamos, medio país salió a las calles protestando por los programas de austeridad que el gobierno de Sarkozy ha logrado implementar. Subir la edad de retiro (de 60 a 62) no parece gran cosa --y estoy de acuerdo en que es imperativo visto el cambio demográfico que se viene--, pero no es, ni de lejos, la única propuesta. El gobierno francés insiste en apuntar reglas laborales mucho más flexibles para los patrones y un tanto injustas para los trabajadores. Trabajar sin cotizar, despedir con facilidad, ser joven y trabajar sin acumular antigüedad... vamos, las propuestas son francamente delirantes.
Ayer la gente protestó en el Reino Unido en contra de una de las
tantas partes del programa conservador de austeridad. Los estudiantes salieron a protestar en contra del aumento de las colegiaturas (que no son particularmente bajas) y la rectificación de los planes de becas y estímulos al estudio.
Mientras los gobiernos europeos se aferran a una falsa esperanza de eficiencia macroeconómica y rigidez fiscal, los ciudadanos se dan cuenta del desastre que para sus bolsillos significan esas políticas de ajuste y salen a las calles exigiendo reformulaciones mucho más profundas. No digamos solamente el cambio completo del modelo capitalista por otro socialista (no es aquí donde discutiré eso); simplemente programas impositivos más severos hacia los ricos, más severos hacia los flujos de capital (internos y externos), más radicales contra la especulación financiera...
En Estados Unidos parece que sucede todo lo contrario. Los demócratas en el poder, si bien lejos de la izquierda europea, mantuvieron con relativa firmeza sus estímulos fiscales y sus propuestas más o menos bienestaristas (Obamacare es el mejor ejemplo). El gobierno de Obama se aferra, creo que es correcto aunque insuficiente, a programas de asistencia social, seguro de desempleo, impuestos a los más ricos y demás que tienen por objetivo minimizar los daños sociales (en términos de desigualdad y pobreza) que la crisis evidentemente trajo consigo. Y curiosamente, en vez de ser aplaudidos por una mayoría harta de perder sus beneficios, como en Europa, una buena parte de la sociedad estadunidense salió a las urnas y castigar a los demócratas. Sé que no fue representativo, pero el escándalo que organizaron los ultraconservadores del Tea Party tiene los elementos para poner en alerta a cualquiera. Ahora resulta que los estadunidenses están contentos con un Estado raquítico que no es solidario con su población, que permite que empresas y mercados regulen los derechos económicos de la gente... vamos, un Estado que renuncia a sus obligaciones y compromisos económicos y sociales.
Ahora resulta que una parte de la sociedad estadunidense aplaude medidas que recortarán el gasto social (pero no tocarán para nada el gasto militar), que dificultarán encontrar y mantener trabajo, que no apoyarán de la misma manera a los desempleados... Es, en el fondo, un ejemplo más, de los tantos que hay, de lo dispares que pueden ser estadunidenses y europeos.
Sólo queda por decir que en un ambiente de crisis e incertidumbre económica, sacrificar el (relativo) bienestar de las poblaciones a cambio de asegurar estabilidad fiscal y eficiencia macroeconómica es un revés terrible a los compromisos de los Estados de bienestar. Bien lo dijo Héctor Flores: no necesitamos Estados eficientes; claro, no significa que no puedan ser buenos, pero cuando hay pobreza, desigualdad, explotación e intolerancia, un Estado eficiente no sirve de nada. Necesitamos Estados comprometidos, activos, responsables.
(Nota final. Creo que sigue habiendo un abismo radical entre los países ricos e industrializados -de los que habla el texto- y los demás, más pobres y en vías apenas de alcanzar ciertos estándares económicos y sociales. No todo lo anterior aplica a países como México, pues las prioridades son otras. Lo que es radicalmente triste es que incluso los modelos que mejor habían funcionado para Europa se desechen hoy día con tanta facilidad y parsimonia).
viernes, 7 de mayo de 2010
Hincarse al ver venir la tormenta y aún así perecer
Sea como sea, lo que hoy lanzo al ruedo es el caso preciso de Grecia. Advierto con anticipación que de economía yo no sé prácticamente nada, pero intentaré remontar esa carencia para presentarles una breve reflexión sobre el panorama actual: una terrible crisis financiera que amenaza con aplastar a un país clave en el futuro de las finanzas europeas -y quizá mundiales- y sus implicaciones para la población.
Como leímos todos desde 2008, el "principal" problema de la economía mundial fue la hiperactividad con la que se edificaron burbujas imaginarias de crédito y valores financieros. Esa alberca de dinero -¡de mil billones de dólares!- no representaba necesariamente el valor real de los activos y pasivos de la economía del planeta. La especulación se alzó como la mayor fuente de alimentación de esta catastrófica alberca, pero fue evidentemente incapaz de detenerse a tiempo y de evitar la debacle financiera. Cuando se acabaron los créditos privados porque fueron degradados, algunos estados con importantes reservas internas salieron al rescate de sus bancos y los realimentaron con tal de que no se declararan en bancarrota. Otros gobiernos, también con grandes reservas pero con economías endebles, tuvieron que vender parte de éstas para evitar que sus divisas se hundieran (todavía más) frente a un dólar recién fortalecido -sí, México-, operación que no evitó caer 10% en la escala del PIB.
Evidentemente, ese no fue el principal problema. Sin duda habrá que repetir lo ya dicho: el capitalismo como proceso de acumulación de riquezas en el globo es responsable de desigualdades y malos repartos, además de consistir en un modo de producción expuesto a ciclos trágicos (a crisis, pues) de los cuáles nunca se repone completamente. En fin, no será el punto aquí profundizar esa idea. Vámonos a lo que truje.
En Grecia, la crisis financiera destapó una larga lista de pendientes. En primer lugar, siempre desde la óptica de las grandes instituciones financieras mundiales (liberales todas), evidenció un déficit fiscal profundo, lo cual no sólo es malo para el desempeño económico sino que, encima, atenta contra las expectativas económicas de la Unión Europea. Además del déficit presupuestal, la deuda interna de Grecia equivalía a un porcentaje elevadísimo del PIB (creo que superaba fácilmente 100%). Mientras que el déficit presupuestal, según las "recomendaciones" de la Unión Europea no debe ser mayor a 3%, en Grecia éste es de 13.6%. Prácticamente ningún país respeta el límite de 3% (en Francia, por ejemplo, el déficit fiscal es de 7,9%). Pero en Grecia el problema es presentado desde otros enfoques. Para empezar, se acusa a Atenas de permitir gobiernos irresponsables en materias de gasto (demasiado dinero en pensiones y en salarios, demasiado gasto público en general), además de favorecer la corrupción y el clientelismo. En segundo lugar, Grecia está en la mira de las instituciones mundiales crediticias, pues han observado, desde hace unos meses, que Grecia difícilmente paga a tiempo sus deudas. Resultado, la calificación de los bonos de deuda griegos han sido degradados a bonos basura. Eso ha creado, a su vez, un torbellino de miedos y nuevas especulaciones entre los bancos y bolsas europeas. Hay, básicamente, dos cosas en juego. La primera, europea, es salvaguardar la firmeza y el prestigio del Euro. La segunda, la griega, mantener el rumbo económico. Desgraciadamente, en esta segunda prioridad se mantiene marginada la preocupación social.
1) El Euro está pasando por uno de sus peores momentos. Hace muchos años que había mantenido niveles cambiarios muy altos frente al dólar y la libra esterlina, condición que mejoró las importaciones en conjunto de la UE -aunque debilitó un poquitín sus exportaciones. El turismo en Europa no decreció pese a que el Euro llegó a ser realmente prohibitivo (piensen en México: hasta hace unos meses, un Euro se cotizaba en 20 pesos; hoy día está en 16,50 y podría estar más bajo de no ser por la falta de firmeza de nuestra propia moneda que, a la primera oportunidad, pierde fuerza contra el dólar). El caso es que ahora el Euro naufraga. Y para mantener un mínimo de estabilidad monetaria y financiera en la región, los principales países salen al quite. Alemania, el principal de los principales, pasó por un proceso largo de discusión para, al final, consentir en apoyar al Euro (y ante los medios ese énfasis ha sido muy importante: "Nosotros ayudamos al Euro, por lo tanto a Europa, por lo tanto a Alemania y a los alemanes; nada de caridad y condescendencia con Grecia". De los 150 mil millones de euros que Grecia recibirá, una quinta parte viene de Berlín. Honestamente no sé qué proporción sea del resto de la UE, pero no debe ser mucho mayor, pues lo que falta lo pone el Fondo Monetario Internacional.
Y ahí es donde la puerca tuerce el rabo. Para que el Fondo Mercenario (digo, monetario) Infam..Internacional intervenga, para que se haga pasar por una hermana de la caridad, por un ángel guardián, por Superman o cualquier otro héroe de Serie B, "debe" verse en la "penosa necesidad" de exigirle a la víctima (a Grecia) que REAJUSTE todo. Ese es el punto 2)
2) De forma muy escueta, dividamos el panorama político griego en centro derecha (que gobernó durante los últimos años), centro izquierda (que está a la cabeza del gobierno actual desde hace unos ocho meses con Giorgios Papandreus), derecha nacionalista o extrema derecha y, finalmente, izquierda o izquierda radical. Como en casi todas las democracias actuales, los postulados de los dos partidos más grandes, tendientes al centro, suelen coincidir. Quizá sea más una percepción que una realidad, pero eso no evita la idea subjetiva entre los griegos de que ambos partidos (centro izquierda y centro derecha) han sido profundamente irresponsables durante los últimos años en materia financiera. Si alguien tiene que resolver el asunto, son ellos. Esa unidad entre ambos partidos, repito, quizá sólo en la percepción colectiva, se disolvió recientemente, al punto que cuando el parlamento griego votó (y aceptó) recibir el paquete financiero de la UE y el FMI, el partido de centroizquierda (PASOK) no contó con los votos del centroderecha, quien curiosamente votó en la misma dirección que la izquierda.
Pero, ¿qué implica este famoso plan de rescate financiero? ¿Cuál es realmente el problema? Primero que nada, debemos coincidir en un punto: las finanzas griegas están hechas mierda desde hace un par de años. La crisis fue inclemente, cierto, pero también hay una larga historia de corrupción e irresponsabilidad presupuestaria. Hay algunas características de la economía griega que son quizá poco modernas: la edad de pensión es a los 60 años para las mujeres y 65 para los hombres, llegando incluso a los 45 para algunos burócratas. En corrupción desaparecen uno 750 millones de euros al año y la cantidad de burócratas es tan grande que incluso es incierta (conocemos esas historias en México también). Por distintas razones, Grecia ya no tiene dinero. Bien, aceptemos esa realidad. En seguida, ¿qué proponen las instituciones externas?
El FMI aprovecha la precaria condición de Grecia, su estado de crisis, para arrojarse sobre ella y destrozarla. Es básicamente un procedimiento común: "Hola, me llamo FMI y te puedo prestar muchos millones. Sé que fui creado con objetivos de desarrollo y reducción de inequidades entre los países, pero esos tiempos quedaron atrás y ahora me interesa trabajar como cualquier banco. Te prestaré entonces tantos millones pero con condiciones lapidarias y, además, te exigiré que remodeles a mi gusto tu sistema financiero y monetario. ¿Injerencia en tu soberanía económica? Puede ser, pero te garantizo que no tienes opción". Consecuencia, el partido en el poder se ve obligado, si seguimos su propia argumentación, a aceptar los dineros del Fondo y de la Unión Europea, a sabiendas que NO están trabajando como supuestamente deben hacerlo, sino que aprisionan a Atenas con altísimas tasas de interés -sólo por poner un ejemplo, de los 150 mil millones de euros que prestarán ahora, 9 mil millones tienen que volver en un mes, y eso es sólo ¡intereses!.
¿Qué implica el plan de reajuste? (Según lo que leí en Le Monde)
Intentemos hacer una lista.
-Eliminar lo que en México conocemos como aguinaldo y, además, suprimir el 13° mes de salario en la jubilación -momento en el que la pensión es menor al salario convencional, pues ya sufrió una rebaja de 16%.
-Incrementar el IVA a 23%. Someter la gasolina a un impuesto extra de 10%, tasar tabaco y alcohol.
-(Esta me parece muy grave) Eliminar la ley que prohibía a las empresas privadas despedir a más de 2% de su fuerza laboral en un periodo dado (generalmente un mes). Significa que si una empresa quiere, podrá expulsar a 25% de sus empleados.
El plan de reajuste mina las facultades del estado griego para garantizar un mínimo de empleo y seguridad social (pensiones) a su gente. Además, el Estado reducirá gastos en tantísimos sectores como le será posible MENOS en defensa. Y esto es algo impresionante: el FMI y la UE no exigieron en ningún momento que el ejército griego fuese sangrado, situación crítica si consideramos que de todos los países europeos de la OTAN, Grecia es el quemayor porcentaje del PIB destina a defensa.
Además, el FMI no insistió en un impuesto extra a los más ricos o a las empresas privadas cuyas ganancias se cuentan en millones de euros.
Y claro, la población salió a manifestarse. Aunque una parte de la opinión consideraba que el gobierno estaba maniatado y que, si no tenía un centavo en las arcas no podría hacer nada, gran parte de la población coincide en que este plan de reajuste es una nueva prisión para Grecia. Se trata de un acuerdo que hundirá al país en una mayor espiral de deudas.
La gente salió a las calles. Hubo paros generales, manifestaciones pacíficas, escenarios de violencia, tres muertos, marchas del silencio... por todos lados y de muchas maneras la gente criticó la decisión de su gobierno. Adiós a la soberanía fiscal, adiós a una cierta calidad de los servicios y garantías públicos.
La crítica quizá no sea únicamente dirigida al gobierno. Si es cierto que no tenían opción porque las arcas estaban en ceros y ya no quedaba tiempo para reformar independientemente el sistema fiscal y demás, entonces se entiende que hayan aceptado el pacto. Pero estamos hablando de un pacto que olvida los mayores impuestos a los ricos, a las grandes empresas y a los bancos. Es un pacto que no tiene propuestas alternativas para la continuidad de servicios públicos. Es un programa de reajuste que quiere tener números presentables en la macroeconomía pero que no es capaz de garantizar éxito a nivel micro.
Podemos acusar al gobierno griego por aceptar tremenda carga. Pero también debemos ser críticos contra las instituciones financieras que, sin escrúpulo alguno, formalizaron tal plan de reajuste pasándose por el arco del triunfo sus responsabilidades iniciales. ¿Por qué actúan tal cual como casas financieras y no como organismos de fomento al desarrollo?
La herencia del consenso de Washington persiste. Y lo peor es que la gran crisis mundial de 2008, de la que intentamos salir, no pareció servir de lección. ¿Se repetirán infinitamente los mismos errores? ¿De verdad no hay remedio contra la peste neoliberal de nuestros tiempos? ¿Dónde están Keynes y Marx cuando se les necesita?