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domingo, 12 de julio de 2015

¿Por qué debería importarnos Grecia?



Podría argumentarse que México, y Latinoamérica en general, está lejos de vivir episodios de crisis y de drama político como los que ocurren ahora, cada media hora, en Europa. Podría decirse, también, que lo que ocurra finalmente después de las interminables, agresivas, aburridas e inútiles “negociaciones” no tendrá mayores impactos en la cotidianeidad económica y política de México.
No estoy seguro.
La crisis en México es evidente. Magro crecimiento, estancamiento e incluso disminución de la producción industrial, de la productividad y del peso relativo de la economía formal… y todo eso en un contexto de incremento de la deuda pública (es decir, ¿de qué carajos sirve endeudarnos si no se invierte, no se produce y no se crece?). A eso súmenle el clientelismo dentro de los tentáculos del Estado, la olímpica evasión fiscal, el trato preferencial a los grandes cárteles mediáticos, telecomunicaciones, industriales, comerciales… y en la vida de todos los días, la desigualdad galopante que no cambia, los niveles de pobreza extrema que no cambian, el desempleo que no cambia y un largo etcétera. Súmenle todo eso y verán cómo México está, curiosamente, pasando por una situación muy parecida a la que vivió Grecia antes de 2008. La única diferencia es que, en Grecia, en los últimos 5-7 años la crisis ha sido todavía más brutal. Pero nada indica que México no pudiese seguir exactamente el mismo camino.
Así que esa es la brevísima respuesta al primer punto. No, México no está tan lejos de los niveles de crisis económica y social que vive Grecia. México y los demás países “emergentes” (que por lo visto llevan décadas emergiendo y seguirán en esa posición durante muchas más) tienen mucho en común con Grecia, es decir, con la periferia del mundo rico. En estos países, la industrialización jamás fue un éxito, y las masas de trabajadores pasaron de trabajar la tierra a convertirse en los ejércitos de empleados malpagados del sector terciario, pero no hubo ningún momento de nuestra historia durante el cual una parte significativa del trabajo se dedicase a la industria. Somos países abocados a la economía de los servicios, una que es poco productiva en el sentido real de las condiciones materiales básicas para un crecimiento sustentable y para un enriquecimiento generalizado de la población… pero una que es fantástica para el enriquecimiento veloz de la burguesía de estos sectores. La plusvalía y la acumulación inmediata son sorprendentemente jugosas.
La enorme diferencia económica y política es, obviamente, el contexto europeo. La moneda común, las amarras financieras de la Euro Zona, los conflictos políticos con las cúpulas de la UE, el carácter abiertamente neoliberal y antidemocrático de las estructuras comunitarias, etc. Grecia (tanto el gobierno de Tsipras como la mayoría de la población) vive esquizofrénicamente con el miedo a perder los beneficios de ser parte de la UE y el Euro, y con el odio justificadísimo hacia estas instituciones que han provocado enorme sufrimiento, pobreza, autoritarismo y desesperación mediante su bien amada austeridad, disciplina financiera y abierto neocolonialismo (¿dudas? Vean esto). Esta esquizofrenia es el freno más importante para alcanzar lo que es realmente necesario: una ruptura. La mayoría parlamentaria en Syriza da eco a tales preocupaciones y se empecina en no abandonar jamás el Euro y tragarse con cicuta las imposiciones de Europa. Y una buena parte de la población, por cuanto apoye las reformas “radicales” propuestas por Syriza en enero y odie la austeridad firmada Europa, ve con miedo la salida del Euro. Como decía Kouvelakis al inicio de esta nueva crisis, hay una parte psicosocial ahí que no puede sernos ajena. Se trata de explicar, pacientemente y con todas las evidencias, que la pertenencia al Euro es incompatible con las reformas radicales, y que no romper con el capitalismo hace imposible moverse en una dirección más progresista, más humana.

¿Y México qué tiene que ver?
En los sueños eróticos más absurdos de la burguesía y la élite política mexicana se hablaba con afán de una “unidad política” con EUA y Canadá construida sobre las bases del TLCAN. Igual que Europa, decían, todo comienza con el acercamiento de los mercados y las inversiones; luego viene, poco a poco, la convergencia política e institucional, y luego (agárrense) la moneda común. Qué bello.
Por suerte, tales fantasías opiáceas han caído en decadencia. Pero las bases argumentativas de tal catástrofe subyacen en la retorcida mente del capital. Si bien la discusión, ahora, no es acerca de mayor integración con EU y Canadá (diría que ya hay bastante de ésa), hay que comprender que no se trata sólo de eso. La crisis en Grecia está probando un punto contundente: no se puede negociar ni pactar con las instituciones del capitalismo. México, en caso de enfrentar una crisis similar (e, insisto, no es para nada un panorama descabellado), se postraría, nuevamente, a los pies del FMI, de la diplomacia gringa, de los acreedores privados, etc. En dos palabras, México no habría aprendido la lección.

Estamos muy lejos, sobre todo porque no tenemos una coalición como Syriza en el gobierno (ni en el panorama político, diría yo; una discusión que valdrá la pena será aquella que compare Morena con Syriza, y creo que es obvio cuál de las dos es más radical). Así que no hay ni siquiera un discurso de ruptura, o al menos de cambio y de reforma. Pero las bases económicas son las mismas. Los embates del capitalismo mundial son los mismos y sus efectos en la supervivencia de los muchos son los mismos. Los efectos del desenlace en Europa y Grecia, sea cual sea, serán necesarios para sacar las conclusiones más relevantes. ¿Qué se puede obtener dentro de los márgenes del capitalismo? Nada. ¿Qué le pasa a quienes buscan moverse dentro de tales márgenes? Los aplastan. ¿Qué alternativa nos queda entonces? Salirnos de los márgenes y romper con ellos. Puede ser que nos aplasten, pero por lo menos tenemos una idea más clara de los límites de lo existente y de la construcción de lo posible; los que se engañan pensando que pueden construir un capitalismo más humano no la tienen. No hay respuestas certeras para saber qué vendrá cuando rompamos con el capitalismo, pero hay evidencia de sobra para saber qué pasa si nos quedamos. Vean a Grecia. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

De petróleo, privatización y movilización

En el colmo de la ironía, la estrategia política y discursiva de la izquierda mexicana es una de conservación de lo existente (conservadora?), y esto es muy evidente en la discusión en torno al petróleo. Ni en la práctica ni en el discurso se habla ni se hace nada al respecto de la evidente privatización del petróleo que ocurre desde hace décadas. En primer lugar, la política cardenista del 38 no rompió con las estructuras capitalistas de la producción y la comercialización del petróleo en México: dio un giro estatista, de centroizquierda, que mantuvo vivo un aparato discursivo progresista. Pero estatizar o nacionalizar no es sinónimo de socializar, y los recursos naturales en México, ni legal ni prácticamente, jamás han sido socializados. En segundo lugar, el esquema bajo el que funciona la producción petrolera en el país, y las condiciones con las cuales se crea, acumula y distribuye la ganancia, tiene, desde hace varias décadas, más elementos privados que públicos, y prácticamente ningún elemento social.

a)      Un sindicato corrupto y desligado de cualquier proyecto productivo en donde el control efectivo de la producción y la ganancia resida en los trabajadores de PEMEX –ni se diga en “el pueblo” mexicano. Con el liderazgo más opaco y despolitizado –que no desligado del aparato político- de la historia de la galaxia, el sindicato de petroleros actúa bajo esquemas de privatización de las ganancias derivadas de la producción, y esto es indefendible.

b)      Una burocracia nacional tecnócrata e igualmente desvinculada de los procesos productivos, que ha succionado sistemáticamente la plusvalía petrolera y, bajo el cada vez más falso argumento de distribuirla, se ha enriquecido, lo cual es otro elemento del carácter privado de la PEMEX de las últimas décadas.  

c)       La privatización ‘formal’ de apéndices de PEMEX, como MEXLUB en los 90s.

d)      La participación de PEMEX como “empresa pública” en un mercado internacional que nadie dudaría en adjetivarlo de capitalista. La compleja forma en que operan estos mercados mundiales me es casi desconocida, pero sé lo suficiente para sugerir que las ganancias que se generan mediante los diversos intercambios financieros, tecnológicos y productivos terminan frecuentemente en manos privadas (incluso en fondos de inversión gestionados directamente por PEMEX, pero cuyos réditos jamás serán distribuidos).

e)      Obviamente, como punto a resaltar, el hecho de que las gasolineras operan de jure y de facto como órganos privados de la comercialización y distribución de la gasolina. Todos queremos defender al petróleo del pueblo mexicano con la vida, pero no nos detenemos a pensar que cada vez que compramos gasolina enriquecemos directamente a algún inversionista privado.

f)       Todo tipo de contratos (de riesgo o como quieran llamarlos) que han existido desde el inicio de la historia de PEMEX. Nos cortamos las venas porque estos contratos existirán ahora en la parte del proceso productivo, pero ni nos inmutamos por el hecho de que existen desde hace tiempo en otros sectores de la empresa. Y todo eso es, en efecto, privado.

Faltan seguramente varios elementos. Mi punto es el siguiente. Defender al petróleo como símbolo de las reliquias estatistas del pasado mexicano es irónico porque ni discute el hecho de que la mayor parte de las dinámicas productivas en torno a PEMEX son ya privadas, pero sobre todo, porque NO DISCUTE DE FONDO el argumento central que debería resultar de este proceso: la propiedad privada de los medios de producción y de los instrumentos generadores de riqueza es el enemigo a vencer. Mientras aquellos patrióticos defensores del petróleo sigan ignorando olímpicamente la necesidad de hablar de socialismo, de analizar desde una perspectiva materialista y de clase la realidad económica del país, no tendrá ningún caso exigir un no a la reforma energética cuando, aún si ésta no se realizara, tenemos ya una PEMEX privada casi en su totalidad.

Ahora bien, unirse a la movilización es fundamental. Les parece contradictorio que lo diga ahora? No lo es. La movilización que existe desde hace varios veranos en torno a la defensa del petróleo es la mejor plataforma para difundir análisis y reflexiones de este tipo. Si el liderazgo de esta movilización no lo hace (porque no le pasa siquiera por la mente), nosotros sí que deberíamos hacerlo.  Además, la movilización es el proceso ideal por el cual se crean los vínculos de solidaridad y conciencia que son fundamentales para cualquier tipo de sólida organización con objetivos revolucionarios. Es fundamental entrar al juego desde esta perspectiva y no tener un comportamiento sectario bajo el argumento de que el Peje y sus seguidores no son socialistas (porque evidentemente no lo son), y que por lo tanto cualquier apoyo a sus movilizaciones es una claudicación ante la causa. No. El día que ellos tengan mucho menor poder de movilización, porque la gente habrá descubierto que, en el fondo, defienden también un modelo capitalista de sociedad,  entonces habrá otros liderazgos a la cabeza de la movilización –y ésta, en su carácter socialista, será mucho más democrática.


lunes, 12 de agosto de 2013

El petróleo mexicano ya es privado. Pero siempre puede ser peor.

Se ha escrito y dicho demasiado sobre el petróleo mexicano en las últimas semanas. No he leído, en justa proporción, nada (o casi nada). Pero basta con echar un vistazo a los títulos de los artículos, de las columnas y de los análisis para darse cuenta que prácticamente nadie llegó al debate con un "El Capital" bajo el brazo. Eso sí, todos han leído los modelos noruegos, brasileños, británicos y quizá hasta qataríes... pero me sorprendería ver que, en algún periódico de talla y calidad mediana, apareciese un artículo con dimensiones más bien político económicas (o marxistas).

En el fondo, PEMEX por sí misma no me importa porque desde siempre ha funcionado como empresa capitalista. El problema es la lógica a la que se quiere someter toda la producción petrolera y lo que eso refleja de las dinámicas económicas en México y en el mundo, además de la argumentación falaz detrás de todas las propuestas de reforma. ¿Cómo explican PRI y PAN que "la participación del sector privado en exploración y extracción del petróleo" no significará "privatización de la paraestatal"? 
Es evidente su mentalidad supina. Si las dinámicas productivas dan lugar a la participación del capital, entonces hay un proceso de privatización. Punto. No tenemos que llegar al extremo en el que PEMEX "pertenezca" a Slim o a Chevron-Texaco (de todos modos, por las distintas relaciones mercantiles en las que está metida la empresa, su plusvalía ya pertenece más a capitales privados y burocracias inútiles que al pueblo de México -sea lo que sea que eso sea-): la privatización ocurre y ha ocurrido desde que aspectos claves de exploración, producción y comercialización están ligados a dinámicas capitalistas, nacionales o globales. 
¿Por qué? Básicamente por la inserción de una unidad productiva como PEMEX en las complejas redes de la economía capitalista. No diré aquí si eso es bueno o malo, sólo diré que así es. Esto es, la manera en la que PEMEX obtiene tecnología (aunque mala y vieja), insumos para sus procesos de exploración y perforación y demás actividades; la manera en que comercializa lo obtenido del subsuelo; la forma en que negocia, pacta, compra-vende y subasta acciones de empresas de todo tipo, acuerdos con filiales o con pequeños peces de talla insignificante; los métodos por los cuales la gasolina es refinada (muchas veces en refinerías privadas de los EU) y vendida en México.... todas esas dinámicas obedecen a lógicas capitalistas, a procesos productivos cuya finalidad es la acumulación de capital. 
Como todo proceso productivo, hay clases sociales y grupúsculos dentro de éstas que salen más beneficiados que otras. En este caso, hay un sector particular de la élite sindical y burocrática que gana. La burguesía industrial gana, ya sea a través de sus contratos con PEMEX, de sus vínculos con empresas extranjeras que refinan y distribuyen hidrocarburos, o simplemente debido al subsidio que PEMEX y sus derivados obtienen del Estado, que a su vez se convierten en subsidios a la producción para las empresas de la burguesía industrial mexicana. La élite política gana, quién sabe si directamente a través de grandes sumas de dinero (como piensa AMLO), pero seguramente sí a través del prestigio político que está cosechando con los grandes capitales nacionales y extranjeros.

PEMEX ya es privada, no por el argumento simplista del sindicato parasitario que se enriquece con su producto, sino por la red de capitales que de manera directa o indirecta se benefician de su posición en las cadenas productivas. PEMEX podría ser todavía más privada (siguiendo la lógica del continuo cualitativo, y no de dos opuestos absolutos entre los cuales se transitaría inmediatamente), pero también podría serlo menos. Y para eso no hay que volver al statu quo (o a las erróneas interpretaciones que el PRI hace de lo que Lázaro Cárdenas decía): hay que pensar en cómo podría PEMEX convertirse en un ejemplo, en una punta de lanza de restructuraciones profundas de las dinámicas productivas, de tal suerte que no sea una lógica capitalista la que guíe su acción, sino una lógica socialista.

El modelo Amlista de defensa del petróleo no cambiaría mucho las cosas: un Estado rentista, con un claro interés de clase (que, déjenme decirlo señoras y señores, no se trataría de la clase obrera) y una burocracia sobredimensionada, seguiría administrando la plusvalía petrolera, redirigiéndola, a veces, a proyectos reformistas de carácter social. Es decir, más o menos como en los años cincuenta. No se escuchan elementos como propiedad colectiva en manos de los trabajadores, planificación central y democrática, acceso a insumos y distribución del producto por vías distintas a las de los mercados actuales... Lo mejor que se puede leer es la idea de la autonomía de gestión, en donde sigue habiendo lagunas y que define la autonomía únicamente en oposición a la injerencia del Estado, pero no en cuanto a su necesaria independencia de las lógicas capitalistas. 

Ahora bien, ¿puede crearse una empresa que no opere en una lógica capitalista cuando toda la economía al rededor suyo lo hace? No. Punto. No se puede aspirar a vivir en un oasis de producción colectiva si tu desierto está repleto de dunas que operan según la lógica de la obtención de plusvalía y la competencia. Es como el sueño autonomista de las comunas hippies. No se puede. Pero, obviamente, eso no debe convertirse en canto a la derrota y el pesimismo. Las estructuras quebrarán por su propio peso (y espero estar vivo para entonces), pero incluso si no lo hacen, las contradicciones serán tan abrumadoras y evidentes que algo tendrá que pasar. La pregunta, como siempre, es si el capitalismo será capaz de reinventarse a sí mismo para salir del paso. Por lo pronto parece que se ha quedado corto de ideas, pero todavía tiene muchísimo ímpetu que aprovechar.

Quizá PEMEX no sea todavía privada en cuanto al estatus legal que ocupa, pero para fines prácticos (productivos, y por lo tanto complejos), ya lo es. Cuando un servicio público beneficia más a la minoría que a la mayoría, ya es privado. Claro que lo que quieren hacer nuestros queridos partidos políticos es facilitar el proceso de privatización para acelerar la acumulación de capital. Lo mismo pasaría con el potencial desarrollo tecnológico y los niveles productivos. Pero eso no cambiará las contradicciones elementales de la existencia de PEMEX, híbrido moribundo entre las dinámicas capitalistas a su alrededor, y su posición clave en un aparato rentista y corporativista que, esquizofrénicamente, quiere deshacerse de ella pero no puede dejarla ir. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Empezó la cosecha pero no hay granos

(Perdón la efusividad del título, pero creo que es totalmente justificable)

Sí, todos sabemos que Grecia lleva meses (años) metida en un pantano económico y político de gravísimas consecuencias sociales y humanas. Todos sabemos también que la manera en la que esa crisis se ha manejado provoca que sólo sea relevante para los altos financieros, los mandamás de la economía bursátil especulativa y los dirigentes de la Unión Europea y sus Estados (que, al parecer, trabajan para los primeros). Todos sabemos también que este problema, muy mediatizado, es por mucho menos importante que cosas que realmente deberían preocupar a la humanidad: terribles hambrunas, escasez de alimentos y encarecimiento de ellos, destrozos a la productividad agrícola de infinidad de países e inminente malestar generalizado que empezará en el campo, entre los verdaderamente hambrientos, y no con blackberries en Cannes, Coyoacán o Seattle.

El asunto griego es trágico porque quienes han tomado decisiones al respecto (Merkel, Sarkozy y la UE) se han pasado olímpicamente por los gumaros a la población en general. Si se trata de elevar impuestos recortando pensiones, asistencia social, seguridad social y demás beneficios, que así sea; al fin y al cabo, los que mandan son los especuladores financieros, que ponen el grito en el cielo si la putrefacta bolsa de Frankfurt o de Nueva York perdió 4 puntos un día, aún cuando ellos seguirán ganando cientos de miles de dólares al mes.
El asunto es griego porque, como lo demuestra este artículo, la democracia, como sea que la quieran entender, fue pisoteada, violada, ultrajada y luego quemada al momento de tomar decisiones de orden más bien inhumano.

Pero lo de Grecia, que sí es horrible para los 11 millones de griegos en Grecia, es una pequeña cortina de humo para lo que está realmente ocurriendo... y que lleva AÑOS ocurriendo.

En el último año, en México perdimos 8.5% de nuestra capacidad productiva en granos, según indicó la FAO. Sólo Etiopía --que sufre una grave sequía-- y Sudáfrica --que no sé qué chingados le pasa-- perdieron más que nosotros. Nos convertimos en el país que más granos importa en toda América Latina. ¡Granos! No hay nada más elemental que los granos. Vamos, hasta para la cerveza se necesitan granos (y vaya que ésta es elemental). ¿Cómo podemos asumir aquí y allá que ¨la economía va bien¨, que los bolsillos se llenan porque aumenta el gasto y el consumo cuando lo que está pasando es que somos incapaces de producir alimentos?

Importamos alimentos (caros) y producimos algunos alimentos (malos). Esa es la nueva lógica nacional. Y el problema de la soberanía alimenticia se evidencia como uno realmente grave e indecente, y no como una simple retórica de izquierdas (como la gran mayoría de los librecambistas irresponsables quiere creer). Tenemos que cobrar consciencia de lo siguiente: la especulación que se ha hecho en los últimos años respecto de los alimentos ha sido letal; la acaparación de granos y de otros alimentos es mortal para las mayorías, aunque enriquezca a ínfimas minorías; la compra de enormes extensiones de tierra totalmente malbaratadas en algunos países africanos por parte de las ricas monarquías árabes o de China NO está favoreciendo la producción integral de alimentos que puedan, después, ser consumidos por quienes más los necesitan: al contrario, está destruyendo poco a poco el potencial productivo de esas tierras con cultivos muy redituables pero no nutritivos (y sí antiecológicos). Lo mismo pasa en Brasil con el etanol y demás biocombustibles que se comen, literalmente, cientos de miles de hectáreas. Nadie come biocombustible y su producción y procesamiento acaba con muchísimos recursos, uno de ellos esencial, que es la vitalidad del suelo.

La gran indignación en los medios de comunicación aparece en las ciudades (y es realmente justa y loable su causa. Todos somos indignados). Pero la indignación realmente acompañada de hambre y de carencia está sucediendo en el campo y no le estamos prestando atención. Soy un inexperto en la materia, pero definitivamente quisiera aprender mucho más.
http://www.jornada.unam.mx/2011/10/28/politica/025a2pol


miércoles, 23 de febrero de 2011

Medio Oriente y América Latina. Algunas comparaciones interesantes y evidentes diferencias.



En la blogósfera, en la ciberestratósfera y, sobre todo, en la twittósfera (todos ellos ejemplos de una falacia grande como el mundo que ellos mismos han inventado: el ciberactivismo o activismo 2.0), se habló mucho, durante las últimas semanas, de cómo lo sucedido en Túnez y en Egipto podría repetirse en México. Es decir, de cómo las protestas “organizadas por internet” y difundidas mediante twitter y facebook tenían la capacidad de derrocar gobiernos enquistados, corruptos, asesinos y empobrecedores. El argumento seguía así. México, con 27% de su población con acceso a internet (cifra que aumenta entre los jóvenes), podía efectivamente convertirse en el nuevo polvorín social que concentrara los reflectores de los medios mundiales. ¿Seguros? Que yo sepa los gobiernos del Medio Oriente no están cayendo a twitazos enviados cómodamente desde un sillón en el calor del hogar o la comodidad de la oficina. Según yo, 365 egipcios, más de 300 libios y decenas de otros árabes murieron o están muriendo sobre las baldosas, aventando piedras y recibiendo tiros. Según yo, 1,500 egipcios fueron apresados. En México ni siquiera han empezado esas manifestaciones; todavía es más improbable que, de haberlas, éstas siguieran si se enfrentaran con tales niveles de represión.

Pero vamos a lo que nos ocupa. Algunos paralelismos pueden trazarse (y algunas divergencias deben evidenciarse) entre el Medio Oriente y América Latina. Empecemos por lo generalizable.


Ambas regiones desfilan, desde los años ochenta, por el matadero financiero y fiscal que significa someterse a un plan de reajuste estructural de los altos mandos de la economía mundial, el FMI y el BM. Sus consecuencias, terribles e injustas para muchos, provechosas y benévolas según unos pocos, han marcado los posteriores cambios económicos de cada país. Mientras México, Chile y Colombia abrazaban ciegamente la fe del libre mercado, privatizaban y vendían lo público, Egipto, Líbano y Jordania desmantelaban empresas paraestatales, acogían las especulaciones financieras de Europa y Asia y limitaban drásticamente la provisión de servicios públicos por parte del Estado. Sólo aquellos países que, ya fuera por un firme mando ideológico o por sus grandes riquezas petroleras, pudieron mantener esquemas de redistribución nacional, lograron esquivar el capitalismo financiero para profundizar el capitalismo de Estado (Libia, Venezuela y, en mucha menor medida, Ecuador). Algunos países decidieron (simplemente porque podían) combinar esquemas. Así, las monarquías del Golfo Pérsico viven cómodamente postradas sobre sus inmensas reservas de crudo, reparten significativos beneficios y servicios públicos a su población y acogen, en paralelo, los grandes capitales del mundo de la finanza sin tasarlos casi nada (en los Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, el equivalente al IETU mexicano es de 1,5%; en Arabia Saudita no existe el IVA).




En los países árabes, sobre todo en los no petroleros, el Estado fue perdiendo la primacía económica y olvidando su función de repartición de la riqueza. Ahí sí que hay un paralelismo con el grueso de América Latina. Esas liberalizaciones comerciales y financieras han mantenido a ambas regiones en una sutil región periférica que podría sin duda analizarse desde una teoría de la neo-dependencia. Sí, las megápolis de la región (El Cairo, México, Sao Paolo) son cosmopolitas y pueden ofrecer una fachada de riqueza, goce y derroche que rivalice con Londres, Oslo o Tokio. Pero sus mercados financieros son debilísimos en comparación con los de los Ámsterdam, Toronto o Taipéi. En lo absoluto, la dependencia financiera del exterior (no necesariamente de préstamos como en los años ochenta, sino de inversión privada extranjera) ha aumentado considerablemente. Si bien algunos países como México y los países petroleros del Golfo tienen reservas sólidas en dólares, los flujos de capital internos (en ocasiones igual de monopólicos), no pueden rivalizar con los externos. El capitalismo de Estado, insisto, ha dejado su lugar a uno de mercados, finanzas y esquemas bursátiles. Esa condición periférica de ambas regiones respecto al gran intercambio mundial de bienes, servicios y capitales es perforada, sutil y lentamente, por países como Brasil y Túnez que, guardando las muy debidas proporciones, han experimentado nuevos esquemas de diversificación fiscal y comercial (en la medida de lo posible, claro: Túnez sigue estando a 150km de Europa y Francia es su mayor socio, indiscutiblemente).


El Estado en el Mundo Árabe, sin embargo, jamás ha renunciado al control real de la fuerza y la violencia. No quiero decir que en América Latina sí (aunque en algunos casos sea evidente la crónica debilidad del Estado por mantener la “paz y la tranquilidad”), pero sí quiero enfatizar que en el Medio Oriente esa facultad de ejercer fuerza (y reprimir y violentar a la población) es tanto más vigente que hace treinta años. Egipto, país de 84millones, mantiene, pese a la huída de Mubarak, a más de un millón de policías. Agreguemos fuerzas armadas y servicios de inteligencia y veremos que el número es atroz. Gadafi no dudó en usar al ejército (o al menos a sus juguetes) para balear a los manifestantes. En países como Arabia Saudí, las fuerzas del orden tienen además roles moralinos y religiosos que son espantosos y muy violentos (además de denigrantes, censores y misóginos).




Y así podemos entrar a las diferencias (que son muchas más que las similitudes). En primer lugar, esa capacidad de usar la fuerza pública en contra de la población es mucho mayor en el Mundo Árabe que en Latinoamérica. Claro que el Estado puede ser represor y violento en manifestaciones públicas en lugares como Chile y Ecuador; claro que hay enorme represión contra movimientos sociales, autonomistas e indígenas en Guatemala, México, Perú y Colombia; por supuesto que hay paramilitares en Colombia, en México, en Guatemala o en El Salvador que están estrechamente ligados al aparato estatal. Pero el ejercicio de esa violencia es relativamente sutil –e incluso menor– si se compara con el Mundo Árabe: 365 muertos en Egipto, quizá 500 en Libia, decenas más en Bahréin y en tantos otros países en tan pocos días (sin contar las ya cotidianas desapariciones, ataques a sindicalizados, activistas sociales y demás), son ejemplos de lo violento que puede llegar a ser el Estado en esa parte del mundo.

Y eso quizá esté relacionado (aunque no necesariamente) con un proceso de democratización que no ha alcanzado al Medio Oriente. Jamás diré que América Latina es la panacea de las democracias modernas ni mucho menos, pero si nos ponemos justos, deberemos admitir que los esquemas de participación política y de representación equitativa han mejorado mucho en las últimas décadas de este lado del charco si los comparamos con los países árabes. Acá ha habido grandísimos cambios en Bolivia, Venezuela, El Salvador, la República Dominicana…y sin olvidar las dictaduras militares del Cono Sur que ahora son sólo un recuerdo. Vamos, incluso en México las cosas han mejorado ligeramente desde los años ochenta.

Hay, además, dos componentes sociológicos –al menos– que no deben descartarse. El primero es muy evidente y ha sido repetido ya muchas veces. Las pirámides poblacionales en el Mundo Árabe son una caja de Pandora, llena de potenciales pero también de peligros. En economías liberales incapaces de proveer bienes y empleo a hordas de jóvenes generalmente bien educados pero sin trabajo, el descontento, el reclamo y la inconformidad son alimento de las protestas. Bien que mal, en América Latina los esquemas laborales saben absorber, aunque sea mínimamente, a los recién egresados de las universidades –que son, además, menos. Y aunque es cierto que también en el Mundo Árabe han caído las tasas de fecundidad, sus índices de natalidad son todavía mayores a los nuestros. Seamos, además, un poco cínicos: los latinoamericanos gozamos de mejores redes internacionales que los árabes, lo que, en última instancia, nos facilita las cosas para desempeñarnos en el extranjero en vez de en el terruño.

Otro factor sociológico es el peso que tiene la religión en las sociedades e incluso en la política en el Mundo Árabe. Después de los gobiernos seculares de los años 50, 60 y 70, muchos países árabes han recaído en una ola de religiosidad que, seamos honestos, tiene efectos negativos en el tejido social. Hay ejemplos muy burdos pero esclarecedores: en Bagdad, Trípoli y El Cairo era muy común ver mujeres desveladas, como lo sigue siendo en Estambul, por ejemplo. Hoy ya no. Incluso bastiones del laicismo panarabista como Palestina, Túnez o Libia han perdido terreno frente al regreso del islam. No es un fenómeno malo en sí; lo que contrasta es los desequilibrios en el laicismo que esto provoca, porque entonces el Estado árabe deja de ser garante de una serie de libertades civiles y religiosas y se convierte en defensor (o cómplice) de movimientos religiosos que, sin ser los fanáticos de Al Qaeda ni de la península arábiga, son capaces de descomponer un tejido social que se antojaba más liberal, más igualitario y, sí, más democrático.

En América Latina la religiosidad vuelve (y vuelve grueso: México es un buen ejemplo, sobre todo al momento de vincular religión y política. Pero a nivel comunitario es impresionante el avance del evangelismo, por ejemplo, en Centroamérica). La diferencia, quizá, es que las religiones están recobrando fuerza en esquemas más o menos democráticos, y no bajo el auspicio de dictaduras que se inclinan cada vez más a la derecha (como es el caso árabe).Quizá esos cimientos democráticos, aunque no sean un edificio todavía, hacen las veces de válvula de escape a la congestión religiosa de algunos sectores. Digo sólo quizá porque tampoco estoy en condiciones de sostenerlo; sólo creo que es una posible explicación de entre tantas otras.

A donde quiero llegar es a un lugar común: Latinoamérica no es el Medio Oriente. Si allá explotaron estos regímenes y la gente salió a manifestarse hay que comprender que el escenario fue sumamente distinto al latinoamericano. Aquí, por ejemplo, tenemos experiencias ideológicas más firmes que allá (las guerrillas que durante décadas han fortalecido el debate ideológico en nuestros países; los partidos políticos de izquierda y derecha que también han discutido –en ocasiones desde la clandestinidad– desde cuerpos teóricos distintos a los el Mundo Árabe); en algunos países los movimientos sociales son también mucho más sólidos que en el Mediterráneo (pensemos en Bolivia). El caso es que los esquemas de revuelta, si es que los habrá en América Latina (y vaya que serán bienvenidos, sobre todo si parten de una posición ideológica más clara, de izquierda, de justicia y de igualdad), serán sumamente distintos a los del Mundo Árabe, que ahora se sostienen en demandas políticas inmediatas (democracia electoral, partidos políticos y prensa libre, por ejemplo) y en exigencias económicas precisas (empleo, nivel de vida), pero no necesariamente en críticas al sistema capitalista liberal ni en esperanzas fundadas en democracias participativas, socialistas y solidarias.

Por lo pronto, es imperativo que estos movimientos en el Mundo Árabe sigan. De ellos dependerá también una nueva configuración de esquemas políticos y económicos en el mundo que, esperemos, puedan ser más justos y solidarios que los que nos dominan hasta ahora, pero mi escepticismo prevalece.







jueves, 11 de noviembre de 2010

Es hermoso morder la mano que te alimenta

Este texto es innovador para los parámetros de este mísero blog. Comienza con una caricatura. ¿Listos?






Bien, ahora sí, al grano. Esta caricatura, que apareció el 22 de octubre en The Economist, hace referencia al triunfo de las políticas de austeridad después de la crisis económica que, en 2008, medio hundió al mundo. En términos muy burdos y generales (literlamente, caricaturizando), los europeos, por cuestiones históricas que se explican entre otras cosas con las dos guerras mundiales, tienden a preferir gobiernos activos en economía y responsables (o comprometidos) con el bienestar social. Por su parte, los estadunidenses, quizá de memoria un tanto más corta, aplauden frenéticamente los recortes presupuestales y las limitaciones estructurales a los programas asistencialistas del Estado. También es histórico (y eso es precisamente lo que argumenta el Tea Party), pero también es, en gran medida, ideológico.


¿Qué demonios sucede de los dos lados del Atlántico? Creo que la respuesta es clara: los gobiernos están buscando recortar sistemáticamente sus gastos y buscan ajustarse a políticas macroeconómicas pulcras, eficientes, relucientes y, por supuesto, injustas. El premio a ganar es multifacético: el aplauso de los organismos financieros internacionales, el beneplácito de los grandes capitales especulativos (bancos y finanzas), la confianza de los inversionistas y los empresarios, el respaldo de las fortunas nacionales (hartas de pagar tantos impuestos) y, empujado al límite, el apoyo de los grupos políticos nacionalistas que ven en los recortes bienestaristas la oportunidad de recrear diferencias claras con las comunidades inmigrantes.


Por supuesto, las reformas de ajuste pueden tener consecuencias desastrosas: profundización de las inequidades económicas, afirmación de desigualdades sociales, despolitización de instituciones importantes (sindicatos o confederaciones campesinas), enajenación clasemediera (aunque no estoy todavía muy seguro de cómo), caída del salario real y aumento de los precios (como en América Latina durante los 1980')... En fin, una serie de calamidades que, si bien quizá no pondrán en tela de juicio la esencia misma del Estado, sí desprestigiarán considerablemente su labor económica y la confianza que millones de ciudadanos depositaron en él como un elemento importante del bienestar social.



Vámonos al cuento. La crisis de 2007/2008 comenzó, digámoslo rápida y burdamente, con la explosión de una hiperburbuja de especulación financiera. Esa "alberca" de los no sé cuántos billones de dólares (y billones en castellano, que conste!) se llenó con los flujos de capital que, por supuesto, no eran regulados por los Estados, pero que tampoco eran productivos (no eran inversiones en bienes de capital ni en servicios públicos). Los bancos perdieron solvencia y los Estados ricos salieron al rescate. En cuestión de meses, las mayores economías del mundo desembolsaron millones de dólares en estímulos fiscales y rescate a bancos y empresas que, debido a su irresponsabilidad (irresponsabilidad que yo considero imposible o dificilísima si éstos pertenecen al Estado o a cooperativas), estaban al borde del colapso.


Así, The Fed compró bancos estadunidenses (para después revenderlos), el gobierno de Frau Merkell incentivó profundamente la producción y compra de carros alemanes, Obama lanzó su eslogan "buy American", los franceses destinaron millones al saldo de cuentas bancarias, los chinos volvieron a comprar bonos del tesoro estadunidense en masse y las repúblicas sudamericanas protegieron sus finanzas y sus exportaciones con políticas anticíclicas de corte keynesiano. Qué lindo. Durante meses, incluso la prensa económico liberal defendió los estímulos y los grandes gastos de los Estados. La sociedad, más bien inconforme, se preguntó por qué habrían de ser rescatados los grandes consorcios banqueros y empresariales con dinero del contribuyente si, al mismo tiempo, los ciudadanos que habían quedado endeudados al comprar una casa, desprovistos de empleo y limitados en sus ingresos por compensaciones sociales, ellos recibirían muy poco o nada.


Las primeras grandes manifestaciones explotaron. Pronto fue evidente que el descontento social estaba dirigido contra los gobiernos que impúdicamente rescataban a las irresponsables empresas y bancos. Vamos, no hay que ser injustos. Claro que los paquetes de estímulo fiscal incluían medidas de apoyo a la población (en EU, por ejemplo, se extendió el tiempo durante el cual un desempleado puede recibir apoyo estatal) y otras que iban en pos del consumo interno y el gasto social. Pero eso no duró mucho tiempo.


¿Por qué no? ¿Era acaso insolventable? No estoy en condiciones de responder porque mis conocimientos de economía son mínimos. Lo que sí sé es que hubo, paradójicamente, un rebote completo de las inclinaciones políticas de los gobiernos y las sociedades. Fueron los gobiernos de centro derecha que en Alemania, Francia o Canadá invirtieron esos millones de rescate. Fue la socialdemocracia la gran perdedora de los espacios políticos en Europa. La gente, al parecer, buscó gobiernos capaces de dar respuestas rápidas a la crisis económica, pero en los últimos meses se han dado cuenta de su error.


Todo empezó en Grecia a principios de año. Como ya medio especulé por acá, los estímulos fiscales postcrisis evidenciaron muchas fallas estructurales en los sistemas de gasto nacionales. Grecia reventó, desvelando una historia de malos manejos fiscales y presupuestarios. PERO lo importante aquí es que las respuestas del exterior (y del interior) fueron erradas. ¿Cómo es posible que en plena cirisis económica se opte por planes de ajuste presupuestal que cortan, en primer lugar, el gasto público social? ¿A quién puede ocurrírsele que las economías deben "verse bonitas" y "ser eficientes" cuando importantes sectores de la población están cayendo en la pobreza y se las ven negras para seguir con el día a día?


Ese alguien es, para variar, el mismo fantasma de siempre. Es el conjunto de organismos financieros mundiales, es el gobierno estadunidense, la comisión europea y los gobiernos de los países más pesados del continente (esta vez ni siquiera importó su supuesta inclinación ideológica). Entre todos ellos apostaron a condicionar terriblemente un paquete de unos 150 mil millones de dólares que Grecia recibiría sólo sí cumplía con una larga lista de tareas. Éstas incluían recortes al gasto público, a las pensiones, a los salarios y las prestaciones... No había planes precisos para combatir la corrupción o hacer más transparentes las finanzas públicas. Para variar, las soluciones cortoplacistas del "capitalismo mundial organizado" (perdonen mi teatro, pero no encuentro otro mote más adecuado) intentaron componerlo todo de golpe sin preocuparse mucho por los efectos negativos a la sociedad.


En cuestión de meses los ánimos políticos cambiaron. Pese a las enormes (impresionantes y admirables, desde mi humilde punto de vista) movilizaciones sociales en Grecia, los gobiernos europeos decidieron seguir adelante con los planes de recorte. España lanzó el suyo con bombo y platillo, encontrando buen eco entre una población harta de que el desempleo esté estancado en 20%. En España los esquemas laborales, las reglamentaciones y la facilidad para despedir gente, habrán de relajarse gracias a estas propuestas de ajuste. Más o menos lo mismo sucede en toda Europa. En Francia el efecto fue también impresionante. En los últimos dos meses, millones de trabajadores, estudiantes, profesionistas, profesores... vamos, medio país salió a las calles protestando por los programas de austeridad que el gobierno de Sarkozy ha logrado implementar. Subir la edad de retiro (de 60 a 62) no parece gran cosa --y estoy de acuerdo en que es imperativo visto el cambio demográfico que se viene--, pero no es, ni de lejos, la única propuesta. El gobierno francés insiste en apuntar reglas laborales mucho más flexibles para los patrones y un tanto injustas para los trabajadores. Trabajar sin cotizar, despedir con facilidad, ser joven y trabajar sin acumular antigüedad... vamos, las propuestas son francamente delirantes.

Ayer la gente protestó en el Reino Unido en contra de una de las tantas partes del programa conservador de austeridad. Los estudiantes salieron a protestar en contra del aumento de las colegiaturas (que no son particularmente bajas) y la rectificación de los planes de becas y estímulos al estudio.


Mientras los gobiernos europeos se aferran a una falsa esperanza de eficiencia macroeconómica y rigidez fiscal, los ciudadanos se dan cuenta del desastre que para sus bolsillos significan esas políticas de ajuste y salen a las calles exigiendo reformulaciones mucho más profundas. No digamos solamente el cambio completo del modelo capitalista por otro socialista (no es aquí donde discutiré eso); simplemente programas impositivos más severos hacia los ricos, más severos hacia los flujos de capital (internos y externos), más radicales contra la especulación financiera...



En Estados Unidos parece que sucede todo lo contrario. Los demócratas en el poder, si bien lejos de la izquierda europea, mantuvieron con relativa firmeza sus estímulos fiscales y sus propuestas más o menos bienestaristas (Obamacare es el mejor ejemplo). El gobierno de Obama se aferra, creo que es correcto aunque insuficiente, a programas de asistencia social, seguro de desempleo, impuestos a los más ricos y demás que tienen por objetivo minimizar los daños sociales (en términos de desigualdad y pobreza) que la crisis evidentemente trajo consigo. Y curiosamente, en vez de ser aplaudidos por una mayoría harta de perder sus beneficios, como en Europa, una buena parte de la sociedad estadunidense salió a las urnas y castigar a los demócratas. Sé que no fue representativo, pero el escándalo que organizaron los ultraconservadores del Tea Party tiene los elementos para poner en alerta a cualquiera. Ahora resulta que los estadunidenses están contentos con un Estado raquítico que no es solidario con su población, que permite que empresas y mercados regulen los derechos económicos de la gente... vamos, un Estado que renuncia a sus obligaciones y compromisos económicos y sociales.

Ahora resulta que una parte de la sociedad estadunidense aplaude medidas que recortarán el gasto social (pero no tocarán para nada el gasto militar), que dificultarán encontrar y mantener trabajo, que no apoyarán de la misma manera a los desempleados... Es, en el fondo, un ejemplo más, de los tantos que hay, de lo dispares que pueden ser estadunidenses y europeos.

Sólo queda por decir que en un ambiente de crisis e incertidumbre económica, sacrificar el (relativo) bienestar de las poblaciones a cambio de asegurar estabilidad fiscal y eficiencia macroeconómica es un revés terrible a los compromisos de los Estados de bienestar. Bien lo dijo Héctor Flores: no necesitamos Estados eficientes; claro, no significa que no puedan ser buenos, pero cuando hay pobreza, desigualdad, explotación e intolerancia, un Estado eficiente no sirve de nada. Necesitamos Estados comprometidos, activos, responsables.

(Nota final. Creo que sigue habiendo un abismo radical entre los países ricos e industrializados -de los que habla el texto- y los demás, más pobres y en vías apenas de alcanzar ciertos estándares económicos y sociales. No todo lo anterior aplica a países como México, pues las prioridades son otras. Lo que es radicalmente triste es que incluso los modelos que mejor habían funcionado para Europa se desechen hoy día con tanta facilidad y parsimonia).

viernes, 7 de mayo de 2010

Hincarse al ver venir la tormenta y aún así perecer


En lo que va de 2010 los sindicatos y asociaciones civiles griegas han organizado, al menos, tres días de huelga general. Cada una de ellas implicó una pausa inquebrantable en todos los servicios públicos (y por consecuencia también en algunos privados), excepto el mínimo necesario para la asistencia -como los hospitales, por ejemplo. Llamar a huelga nacional es sin duda una tarea titánica, pero más arduo todavía es hacer de ella una realidad. Es banal, pero crítico, porque en países como el nuestro las huelgas generales son casi una ilusión. En cambio, varias veces hemos leído en la prensa que los países europeos conocen las artes secretas del paro organizado y nacional.

Sea como sea, lo que hoy lanzo al ruedo es el caso preciso de Grecia. Advierto con anticipación que de economía yo no sé prácticamente nada, pero intentaré remontar esa carencia para presentarles una breve reflexión sobre el panorama actual: una terrible crisis financiera que amenaza con aplastar a un país clave en el futuro de las finanzas europeas -y quizá mundiales- y sus implicaciones para la población.

Como leímos todos desde 2008, el "principal" problema de la economía mundial fue la hiperactividad con la que se edificaron burbujas imaginarias de crédito y valores financieros. Esa alberca de dinero -¡de mil billones de dólares!- no representaba necesariamente el valor real de los activos y pasivos de la economía del planeta. La especulación se alzó como la mayor fuente de alimentación de esta catastrófica alberca, pero fue evidentemente incapaz de detenerse a tiempo y de evitar la debacle financiera. Cuando se acabaron los créditos privados porque fueron degradados, algunos estados con importantes reservas internas salieron al rescate de sus bancos y los realimentaron con tal de que no se declararan en bancarrota. Otros gobiernos, también con grandes reservas pero con economías endebles, tuvieron que vender parte de éstas para evitar que sus divisas se hundieran (todavía más) frente a un dólar recién fortalecido -sí, México-, operación que no evitó caer 10% en la escala del PIB.

Evidentemente, ese no fue el principal problema. Sin duda habrá que repetir lo ya dicho: el capitalismo como proceso de acumulación de riquezas en el globo es responsable de desigualdades y malos repartos, además de consistir en un modo de producción expuesto a ciclos trágicos (a crisis, pues) de los cuáles nunca se repone completamente. En fin, no será el punto aquí profundizar esa idea. Vámonos a lo que truje.
En Grecia, la crisis financiera destapó una larga lista de pendientes. En primer lugar, siempre desde la óptica de las grandes instituciones financieras mundiales (liberales todas), evidenció un déficit fiscal profundo, lo cual no sólo es malo para el desempeño económico sino que, encima, atenta contra las expectativas económicas de la Unión Europea. Además del déficit presupuestal, la deuda interna de Grecia equivalía a un porcentaje elevadísimo del PIB (creo que superaba fácilmente 100%). Mientras que el déficit presupuestal, según las "recomendaciones" de la Unión Europea no debe ser mayor a 3%, en Grecia éste es de 13.6%. Prácticamente ningún país respeta el límite de 3% (en Francia, por ejemplo, el déficit fiscal es de 7,9%). Pero en Grecia el problema es presentado desde otros enfoques. Para empezar, se acusa a Atenas de permitir gobiernos irresponsables en materias de gasto (demasiado dinero en pensiones y en salarios, demasiado gasto público en general), además de favorecer la corrupción y el clientelismo. En segundo lugar, Grecia está en la mira de las instituciones mundiales crediticias, pues han observado, desde hace unos meses, que Grecia difícilmente paga a tiempo sus deudas. Resultado, la calificación de los bonos de deuda griegos han sido degradados a bonos basura. Eso ha creado, a su vez, un torbellino de miedos y nuevas especulaciones entre los bancos y bolsas europeas. Hay, básicamente, dos cosas en juego. La primera, europea, es salvaguardar la firmeza y el prestigio del Euro. La segunda, la griega, mantener el rumbo económico. Desgraciadamente, en esta segunda prioridad se mantiene marginada la preocupación social.

1) El Euro está pasando por uno de sus peores momentos. Hace muchos años que había mantenido niveles cambiarios muy altos frente al dólar y la libra esterlina, condición que mejoró las importaciones en conjunto de la UE -aunque debilitó un poquitín sus exportaciones. El turismo en Europa no decreció pese a que el Euro llegó a ser realmente prohibitivo (piensen en México: hasta hace unos meses, un Euro se cotizaba en 20 pesos; hoy día está en 16,50 y podría estar más bajo de no ser por la falta de firmeza de nuestra propia moneda que, a la primera oportunidad, pierde fuerza contra el dólar). El caso es que ahora el Euro naufraga. Y para mantener un mínimo de estabilidad monetaria y financiera en la región, los principales países salen al quite. Alemania, el principal de los principales, pasó por un proceso largo de discusión para, al final, consentir en apoyar al Euro (y ante los medios ese énfasis ha sido muy importante: "Nosotros ayudamos al Euro, por lo tanto a Europa, por lo tanto a Alemania y a los alemanes; nada de caridad y condescendencia con Grecia". De los 150 mil millones de euros que Grecia recibirá, una quinta parte viene de Berlín. Honestamente no sé qué proporción sea del resto de la UE, pero no debe ser mucho mayor, pues lo que falta lo pone el Fondo Monetario Internacional.
Y ahí es donde la puerca tuerce el rabo. Para que el Fondo Mercenario (digo, monetario) Infam..Internacional intervenga, para que se haga pasar por una hermana de la caridad, por un ángel guardián, por Superman o cualquier otro héroe de Serie B, "debe" verse en la "penosa necesidad" de exigirle a la víctima (a Grecia) que REAJUSTE todo. Ese es el punto 2)
(Breve paréntesis. Desde la ola neoliberal Thatcher-Reganita a principios de los años ochenta, el FMI se ha divertido jodiendo economías, y permitan que me ponga dogmático y poco analítico. Resulta que en distintas ocasiones el Fondo ha recomendado reajustes estructurales de las finanzas públicas de distintos países para asegurarles préstamos -a intereses bastante injustos- y, por lo tanto, líneas de crédito simpáticas a mediano plazo. El Fondo se basa comúnmente en las calificaciones que instituciones como Goldman Sachs presenta, pero también en estudios propios que, tristemente, obvian olímpicamente condiciones sociales y de bienestar muy importantes. El Fondo suele recomendar recortes del gasto público en sectores tales como educación y salud, pensiones y salarios, infraestructura básica e investigación con el objetivo de ajustar los balances de gasto y deuda. El argumento que siguen es que con números bonitos un país puede negociar más y mejores préstamos -y hundirse en el remolino de deudas que siempre irán in crescendo. México es una víctima recurrente: hoy día tenemos una línea de crédito sana y confiable, pues hemos hecho todo lo posible por caer en picada cada que hay crisis: subir impuestos, subir precio de gasolina, subir precio de tantas cosas. Claro, la gente puede estar muriéndose, pero ¡Tenemos crédito!).

Ahora sí,
2) De forma muy escueta, dividamos el panorama político griego en centro derecha (que gobernó durante los últimos años), centro izquierda (que está a la cabeza del gobierno actual desde hace unos ocho meses con Giorgios Papandreus), derecha nacionalista o extrema derecha y, finalmente, izquierda o izquierda radical. Como en casi todas las democracias actuales, los postulados de los dos partidos más grandes, tendientes al centro, suelen coincidir. Quizá sea más una percepción que una realidad, pero eso no evita la idea subjetiva entre los griegos de que ambos partidos (centro izquierda y centro derecha) han sido profundamente irresponsables durante los últimos años en materia financiera. Si alguien tiene que resolver el asunto, son ellos. Esa unidad entre ambos partidos, repito, quizá sólo en la percepción colectiva, se disolvió recientemente, al punto que cuando el parlamento griego votó (y aceptó) recibir el paquete financiero de la UE y el FMI, el partido de centroizquierda (PASOK) no contó con los votos del centroderecha, quien curiosamente votó en la misma dirección que la izquierda.
Pero, ¿qué implica este famoso plan de rescate financiero? ¿Cuál es realmente el problema? Primero que nada, debemos coincidir en un punto: las finanzas griegas están hechas mierda desde hace un par de años. La crisis fue inclemente, cierto, pero también hay una larga historia de corrupción e irresponsabilidad presupuestaria. Hay algunas características de la economía griega que son quizá poco modernas: la edad de pensión es a los 60 años para las mujeres y 65 para los hombres, llegando incluso a los 45 para algunos burócratas. En corrupción desaparecen uno 750 millones de euros al año y la cantidad de burócratas es tan grande que incluso es incierta (conocemos esas historias en México también). Por distintas razones, Grecia ya no tiene dinero. Bien, aceptemos esa realidad. En seguida, ¿qué proponen las instituciones externas?
El FMI aprovecha la precaria condición de Grecia, su estado de crisis, para arrojarse sobre ella y destrozarla. Es básicamente un procedimiento común: "Hola, me llamo FMI y te puedo prestar muchos millones. Sé que fui creado con objetivos de desarrollo y reducción de inequidades entre los países, pero esos tiempos quedaron atrás y ahora me interesa trabajar como cualquier banco. Te prestaré entonces tantos millones pero con condiciones lapidarias y, además, te exigiré que remodeles a mi gusto tu sistema financiero y monetario. ¿Injerencia en tu soberanía económica? Puede ser, pero te garantizo que no tienes opción". Consecuencia, el partido en el poder se ve obligado, si seguimos su propia argumentación, a aceptar los dineros del Fondo y de la Unión Europea, a sabiendas que NO están trabajando como supuestamente deben hacerlo, sino que aprisionan a Atenas con altísimas tasas de interés -sólo por poner un ejemplo, de los 150 mil millones de euros que prestarán ahora, 9 mil millones tienen que volver en un mes, y eso es sólo ¡intereses!.

¿Qué implica el plan de reajuste? (Según lo que leí en Le Monde)
Intentemos hacer una lista.
-Eliminar lo que en México conocemos como aguinaldo y, además, suprimir el 13° mes de salario en la jubilación -momento en el que la pensión es menor al salario convencional, pues ya sufrió una rebaja de 16%.
-Incrementar el IVA a 23%. Someter la gasolina a un impuesto extra de 10%, tasar tabaco y alcohol.
-(Esta me parece muy grave) Eliminar la ley que prohibía a las empresas privadas despedir a más de 2% de su fuerza laboral en un periodo dado (generalmente un mes). Significa que si una empresa quiere, podrá expulsar a 25% de sus empleados.

El plan de reajuste mina las facultades del estado griego para garantizar un mínimo de empleo y seguridad social (pensiones) a su gente. Además, el Estado reducirá gastos en tantísimos sectores como le será posible MENOS en defensa. Y esto es algo impresionante: el FMI y la UE no exigieron en ningún momento que el ejército griego fuese sangrado, situación crítica si consideramos que de todos los países europeos de la OTAN, Grecia es el quemayor porcentaje del PIB destina a defensa.
Además, el FMI no insistió en un impuesto extra a los más ricos o a las empresas privadas cuyas ganancias se cuentan en millones de euros.

Y claro, la población salió a manifestarse. Aunque una parte de la opinión consideraba que el gobierno estaba maniatado y que, si no tenía un centavo en las arcas no podría hacer nada, gran parte de la población coincide en que este plan de reajuste es una nueva prisión para Grecia. Se trata de un acuerdo que hundirá al país en una mayor espiral de deudas.
La gente salió a las calles. Hubo paros generales, manifestaciones pacíficas, escenarios de violencia, tres muertos, marchas del silencio... por todos lados y de muchas maneras la gente criticó la decisión de su gobierno. Adiós a la soberanía fiscal, adiós a una cierta calidad de los servicios y garantías públicos.

La crítica quizá no sea únicamente dirigida al gobierno. Si es cierto que no tenían opción porque las arcas estaban en ceros y ya no quedaba tiempo para reformar independientemente el sistema fiscal y demás, entonces se entiende que hayan aceptado el pacto. Pero estamos hablando de un pacto que olvida los mayores impuestos a los ricos, a las grandes empresas y a los bancos. Es un pacto que no tiene propuestas alternativas para la continuidad de servicios públicos. Es un programa de reajuste que quiere tener números presentables en la macroeconomía pero que no es capaz de garantizar éxito a nivel micro.
Podemos acusar al gobierno griego por aceptar tremenda carga. Pero también debemos ser críticos contra las instituciones financieras que, sin escrúpulo alguno, formalizaron tal plan de reajuste pasándose por el arco del triunfo sus responsabilidades iniciales. ¿Por qué actúan tal cual como casas financieras y no como organismos de fomento al desarrollo?
La herencia del consenso de Washington persiste. Y lo peor es que la gran crisis mundial de 2008, de la que intentamos salir, no pareció servir de lección. ¿Se repetirán infinitamente los mismos errores? ¿De verdad no hay remedio contra la peste neoliberal de nuestros tiempos? ¿Dónde están Keynes y Marx cuando se les necesita?