jueves, 11 de septiembre de 2014
Apuntes sobre las cosas en Ucrania y un par de disparates más
lunes, 12 de agosto de 2013
El petróleo mexicano ya es privado. Pero siempre puede ser peor.
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Breves Apuntes sobre Palestina. Crónica de una declaración fallida y anunciada
Hace varias semanas que la diplomacia y la prensa internacionales analizan la posibilidad de que la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su sesión inaugural de 2011 este 23 de septiembre, reconozca formalmente la existencia del Estado palestino, limitado a sus dos inconexas regiones de Gaza y Cisjordania. La verdadera esperanza de Mahmud Abbas, presidente de la autoridad palestina, es que sea el Consejo de Seguridad quien apruebe y reconozca la creación del Estado; si lo hace la Asamblea General, el reconocimiento informal será una garantía, pero no la oficialización de Palestina como el 194° miembro de la ONU, al respecto de lo cual es el Consejo de Seguridad quien tiene la última palabra.
Estados Unidos, en voz del mismo Obama, ha dicho explícitamente que no reconocerá ninguna propuesta unilateral de creación del Estado palestino, por miedo a que ello congele las negociaciones con Israel. Por otro lado, EU no quisiera verse en la penosa necesidad de ser el único país que vete la propuesta en el Consejo de Seguridad, lo que adjudicaría toda responsabilidad a Washington; por ello, la mancuerna con Londres será imprescindible. Desde su propia trinchera, Israel ha iniciado una extensa campaña de desprestigio a las expectativas palestinas, acusando a Abbas de irresponsable e intransigente. En más de una ocasión, Israel ha dicho que, de aceptarse en Naciones Unidas la independencia palestina, dejará caer todas sus responsabilidades y obligaciones respecto a tierras palestinas.
De todos modos, la independencia absoluta de Palestina no está garantizada. La unidad política entre Gaza y Cisjordania parece tan difícil como la unidad territorial y las presiones del conservador gobierno israelí no permiten que las negociaciones avancen por otro lado. Los palestinos, por otro lado, ya votan por sus autoridades, pero no así por un verdadero gobierno nacional. El estímulo que provocaría una declaración de reconocimiento internacional por parte de la Asamblea General (sin mayores implicaciones reales) podría, contrariamente a como piensa EU, favorecer una mejor disposición palestina para las negociaciones. Falta esperar que Israel haga otro tanto.
| Es evidente que Estados Unidos ha sido un cínico e ignominioso actor en el juego. Israel, mucho peor. La decisión de la Autoridad Palestina de buscar el apoyo de la Asamblea General es un recurso final que no llevará a nada, pero hay que reconocer (y nadie en EU ni en Israel lo hace) que es mil veces mejor hacer ese tipo de apuestas -aunque fallidas de inicio- que llamar a una tercera intifada, a una alzada generalizada contra el invasor israelí y los abusos y explotaciones que la comunidad internacional permite. Palestina no será un Estado libre ni soberano pronto, aún si cuenta con el apoyo de 130 países en Naciones Unidas, básicamente porque el sistema internacional es antidemocrático, jerárquico e injusto y sus instituciones favorecen el cínico control de las grandes potencias por encima de los países menos favorecidos. Un punto más para Israel, uno más para la injusticia; como siete puntos extras para la decida, unos diez para la mierda internacional y, por supuesto, goliza en contra del pueblo palestino y de los millones de individuos solidarios alrededor del mundo. |
sábado, 23 de julio de 2011
Justicia: la nueva zanahoria de la Unión Europea
Originalmente, este articulín salió en www.loshijosdelamalinche.com, pero por buena onda me dieron chance de copiar y pegarlo acá.
Crecer irresponsable y desmesuradamente jamás fue un objetivo de la Unión Europea; las fechas de integración a este selectivo grupo son siempre una ocasión histórica, planeada con años de antelación y preparada hasta el mínimo detalle. Después del Reino Unido y Dinamarca, los años setenta y ochenta atestiguaron la entrada a la UE de muchos países restantes de Europa del Oeste y del Sur. En 1986, la Europa capitalista estaba, casi toda, integrada a los mecanismos económicos y políticos de Bruselas. Desde entonces, sólo ha habido tres fechas claves de bienvenida a nuevos grupos, tres en 25 años. La primera, en 1995, agregó a Finlandia y a Austria, países que, por una neutralidad comprometida, no pudieron agregarse al grupo durante la Guerra Fría. Nueve años después, en 2004, la ampliación europea logró un episodio sin comparación: diez países, ocho de ellos antiguos Estados comunistas (tres incluso ex repúblicas soviéticas), fueron integrados al club.
El proceso de debate y de preparación para agregar a estos diez países se concentró, sobre todo, en las reformas económicas estructurales que cada gobierno debió aplicar en los años previos a 2004. La cláusula de la gobernabilidad y democracia, también siempre presente (por eso tampoco Portugal ni España entraron desde el principio), fue blandida como una de las razones igualmente centrales. Es decir, la combinación de un sistema plural y democrático con una economía de mercado, abierta a los capitales extranjeros y convencida del librecambismo, fue un requisito esencial para el ingreso de estos diez países.
En 2007, Bulgaria y Rumania se agregaron a la lista. Ahí las cosas no fueron tan sencillas. A cuatro años de distancia, muchos argumentan que estos dos países “entraron demasiado pronto”, sin haber realizado las reformas políticas apremiantes. Ambos países sufren todavía por una fuerte corrupción e incluso por la presencia de bandas de crimen organizado que, quizá sin poner en jaque al Estado, sí asustan a los demás vecinos de la UE. Para no “cometer los mismos errores”, los demás Estados miembros de la UE definieron criterios más severos para las próximas candidaturas y echaron al suelo las esperanzas de países como Ucrania y Georgia que, con gobiernos ultraliberales y antirusos, soñaron con mucha libertad y sin mucha realidad con una entrada triunfal al club europeo.
Hoy día, sin embargo, se agrega un elemento también central a la lista de requisitos para inscribirse en el grupo: la justicia. No se trata sólo de justicia en los términos de transparencia y de combate a la corrupción; es justicia en los parámetros de los crímenes históricos contra la humanidad, contra ciertos grupos étnicos; es justicia respecto a la memoria histórica colectiva, a guerras civiles y a tragedias individuales que, sumadas, empañan horriblemente la historia reciente. Y estamos hablando, claro está, de los Balcanes ex yugoslavos.
Durante varias décadas la república socialista de Yugoslavia mantuvo cohesionados (y, hay que admitirlo, sin mayores problemas) a varios grupos étnicos, lingüísticos y religiosos que coexistieron en la prosperidad de quizá el sistema socialista más democrático de Europa. Pero la desintegración política y económica de la república, junto con un creciente fervor nacionalista violento, hundieron a la región en una guerra terrible que presentó algunas de las facetas más crudas de la realidad humana: el genocidio.
A doce años del fin de esa guerra (dieciséis o incluso diecinueve según el país en cuestión), las nuevas repúblicas balcánicas crecen con prosperidad y orden, nuevamente en una esfera cultural yugoslava, con nacionalismos relativamente moderados y sistemas de cooperación común. Hace falta conseguir una sola aspiración más: formar parte de la Unión Europea. Eslovenia, siempre adelantada a sus hermanas yugoslavas, logró el ingreso en 2004, adoptó el Euro en 2010 y se perfila como el país más rico, estable y dinámico de la región. En seguida, Croacia y Montenegro aspiran a una posición similar, fuertemente justificada por sus procesos democráticos y su pujante economía.
No obstante, esta vez haber cumplido con los deberes económicos no es suficiente para aspirar a una candidatura formal. En el caso particular de los Balcanes, un requisito esencial es responder a los esquemas de justicia europeos que, desde hace más de una década, intentan resarcir algunas de las heridas más profundas que provocó la guerra en los Balcanes. Así, Estados como los Países Bajos han insistido por que los mayores responsables de tales tragedias, todavía impunes en su mayoría, sean llevados a juicio ante las cortes internacionales. Para ello, evidentemente es necesaria la colaboración de los gobiernos ex yugoslavos. Su reticencia había sido clara, pero los aires han cambiado y las disponibilidades también.
En mayo de 2011, Ratko Mladić fue arrestado. Después de 16 años en “escondite”, el General Mladić fue encontrado por fuerzas de seguridad del Estado serbio en Belgrado, donde se supone que estuvo durante los últimos años. Responsable de la matanza de Srebrenica, en la que más de ocho mil bosnios musulmanes murieron a manos de escuadrones serbios de Bosnia, Mladić es buscado por la justicia internacional para ser acusado por crímenes de lesa humanidad y genocidio. Durante toda la década pasada, es muy posible que Mladić estuviera en Belgrado, protegido incluso por los servicios de seguridad del gobierno serbio.
Entonces, ¿por qué su sorpresiva captura? ¿Por qué hecha en colaboración entre los gobiernos de Croacia y Serbia? Sencillo. Belgrado reconoce, desde hace poco más de tres años (recordemos la captura de Radovan Karadžić en 2008), que los temas de justicia y de memoria histórica son cada vez más importantes para la Unión Europea. Desde esa perspectiva, el gobierno serbio de Boris Tadić ha sido muy hábil en jugar con esa carta: un amigo mío que vivió una temporada en Kosovo me decía: “es como si los serbios y los croatas tuvieran un sombrero mágico del que, cada que hiciera falta, sacaran un conejo con cara de criminal de la guerra”. En momentos cruciales –como lo fue el final del mes de mayo–, las autoridades serbias y croatas han sabido portarse a la altura de las expectativas de la UE. Por ejemplo, tan sólo seis días después de la captura de Mladić, los Países Bajos vetarían la candidatura de Croacia (recordemos que otorgar estatus de candidato debe ser una decisión unánime) e impedirían las negociaciones con Serbia.
Al límite de los calendarios y de los requisitos, Mladić apareció esposado y preso. Su traslado a La Haya, donde lo espera un largo juicio, fue inmediato. El gobierno de Tadić no exaltó, como lo hiciera su antecesor, un sentimiento patriótico-inocente al decir algo así como “aseguramos que Mladić era un infiltrado, un miembro del exterior –del gobierno de la época- que actuó por voluntad propia”. No. Tadić fue muy consciente de que la responsabilidad, actual e histórica, era de Serbia. Su discurso reconoció que Mladić era un general de gran importancia en el ejército serbio de Bosnia entre 1992 y 1995 y, aunque no dijo que había sido protegido por el Estado serbio, tampoco lo desmintió.
Es así que la Unión Europea formaliza una serie nueva de requisitos de entrada: cumplir con las expectativas de justicia europea, además de liberalizar la economía y democratizar la política. No es una zanahoria inefectiva, como lo demuestran los últimos acontecimientos en los Balcanes. Y tampoco es suficiente para obtener el ingreso, como bien lo saben macedonios y bosnios que, habiendo también entregado antiguos líderes militares a la justicia internacional, se encuentran todavía muy lejos en el proceso de candidatura para entrar al club. Por lo pronto, Croacia entrará –quizá en 2013- y Serbia seguirá relativamente pronto si sigue por el buen camino. Otra palomita en la boleta serbia es la suavización del tono usado hacia Kosovo (país cuya independencia no reconoce todavía, pero que al menos ya no habla de su ilegitimidad). Ese es, sin embargo, otro tema.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Medio Oriente y América Latina. Algunas comparaciones interesantes y evidentes diferencias.
En la blogósfera, en la ciberestratósfera y, sobre todo, en la twittósfera (todos ellos ejemplos de una falacia grande como el mundo que ellos mismos han inventado: el ciberactivismo o activismo 2.0), se habló mucho, durante las últimas semanas, de cómo lo sucedido en Túnez y en Egipto podría repetirse en México. Es decir, de cómo las protestas “organizadas por internet” y difundidas mediante twitter y facebook tenían la capacidad de derrocar gobiernos enquistados, corruptos, asesinos y empobrecedores. El argumento seguía así. México, con 27% de su población con acceso a internet (cifra que aumenta entre los jóvenes), podía efectivamente convertirse en el nuevo polvorín social que concentrara los reflectores de los medios mundiales. ¿Seguros? Que yo sepa los gobiernos del Medio Oriente no están cayendo a twitazos enviados cómodamente desde un sillón en el calor del hogar o la comodidad de la oficina. Según yo, 365 egipcios, más de 300 libios y decenas de otros árabes murieron o están muriendo sobre las baldosas, aventando piedras y recibiendo tiros. Según yo, 1,500 egipcios fueron apresados. En México ni siquiera han empezado esas manifestaciones; todavía es más improbable que, de haberlas, éstas siguieran si se enfrentaran con tales niveles de represión.
Pero vamos a lo que nos ocupa. Algunos paralelismos pueden trazarse (y algunas divergencias deben evidenciarse) entre el Medio Oriente y América Latina. Empecemos por lo generalizable.
Ambas regiones desfilan, desde los años ochenta, por el matadero financiero y fiscal que significa someterse a un plan de reajuste estructural de los altos mandos de la economía mundial, el FMI y el BM. Sus consecuencias, terribles e injustas para muchos, provechosas y benévolas según unos pocos, han marcado los posteriores cambios económicos de cada país. Mientras México, Chile y Colombia abrazaban ciegamente la fe del libre mercado, privatizaban y vendían lo público, Egipto, Líbano y Jordania desmantelaban empresas paraestatales, acogían las especulaciones financieras de Europa y Asia y limitaban drásticamente la provisión de servicios públicos por parte del Estado. Sólo aquellos países que, ya fuera por un firme mando ideológico o por sus grandes riquezas petroleras, pudieron mantener esquemas de redistribución nacional, lograron esquivar el capitalismo financiero para profundizar el capitalismo de Estado (Libia, Venezuela y, en mucha menor medida, Ecuador). Algunos países decidieron (simplemente porque podían) combinar esquemas. Así, las monarquías del Golfo Pérsico viven cómodamente postradas sobre sus inmensas reservas de crudo, reparten significativos beneficios y servicios públicos a su población y acogen, en paralelo, los grandes capitales del mundo de la finanza sin tasarlos casi nada (en los Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, el equivalente al IETU mexicano es de 1,5%; en Arabia Saudita no existe el IVA).
En los países árabes, sobre todo en los no petroleros, el Estado fue perdiendo la primacía económica y olvidando su función de repartición de la riqueza. Ahí sí que hay un paralelismo con el grueso de América Latina. Esas liberalizaciones comerciales y financieras han mantenido a ambas regiones en una sutil región periférica que podría sin duda analizarse desde una teoría de la neo-dependencia. Sí, las megápolis de la región (El Cairo, México, Sao Paolo) son cosmopolitas y pueden ofrecer una fachada de riqueza, goce y derroche que rivalice con Londres, Oslo o Tokio. Pero sus mercados financieros son debilísimos en comparación con los de los Ámsterdam, Toronto o Taipéi. En lo absoluto, la dependencia financiera del exterior (no necesariamente de préstamos como en los años ochenta, sino de inversión privada extranjera) ha aumentado considerablemente. Si bien algunos países como México y los países petroleros del Golfo tienen reservas sólidas en dólares, los flujos de capital internos (en ocasiones igual de monopólicos), no pueden rivalizar con los externos. El capitalismo de Estado, insisto, ha dejado su lugar a uno de mercados, finanzas y esquemas bursátiles. Esa condición periférica de ambas regiones respecto al gran intercambio mundial de bienes, servicios y capitales es perforada, sutil y lentamente, por países como Brasil y Túnez que, guardando las muy debidas proporciones, han experimentado nuevos esquemas de diversificación fiscal y comercial (en la medida de lo posible, claro: Túnez sigue estando a 150km de Europa y Francia es su mayor socio, indiscutiblemente).
El Estado en el Mundo Árabe, sin embargo, jamás ha renunciado al control real de la fuerza y la violencia. No quiero decir que en América Latina sí (aunque en algunos casos sea evidente la crónica debilidad del Estado por mantener la “paz y la tranquilidad”), pero sí quiero enfatizar que en el Medio Oriente esa facultad de ejercer fuerza (y reprimir y violentar a la población) es tanto más vigente que hace treinta años. Egipto, país de 84millones, mantiene, pese a la huída de Mubarak, a más de un millón de policías. Agreguemos fuerzas armadas y servicios de inteligencia y veremos que el número es atroz. Gadafi no dudó en usar al ejército (o al menos a sus juguetes) para balear a los manifestantes. En países como Arabia Saudí, las fuerzas del orden tienen además roles moralinos y religiosos que son espantosos y muy violentos (además de denigrantes, censores y misóginos).
Y así podemos entrar a las diferencias (que son muchas más que las similitudes). En primer lugar, esa capacidad de usar la fuerza pública en contra de la población es mucho mayor en el Mundo Árabe que en Latinoamérica. Claro que el Estado puede ser represor y violento en manifestaciones públicas en lugares como Chile y Ecuador; claro que hay enorme represión contra movimientos sociales, autonomistas e indígenas en Guatemala, México, Perú y Colombia; por supuesto que hay paramilitares en Colombia, en México, en Guatemala o en El Salvador que están estrechamente ligados al aparato estatal. Pero el ejercicio de esa violencia es relativamente sutil –e incluso menor– si se compara con el Mundo Árabe: 365 muertos en Egipto, quizá 500 en Libia, decenas más en Bahréin y en tantos otros países en tan pocos días (sin contar las ya cotidianas desapariciones, ataques a sindicalizados, activistas sociales y demás), son ejemplos de lo violento que puede llegar a ser el Estado en esa parte del mundo.
Y eso quizá esté relacionado (aunque no necesariamente) con un proceso de democratización que no ha alcanzado al Medio Oriente. Jamás diré que América Latina es la panacea de las democracias modernas ni mucho menos, pero si nos ponemos justos, deberemos admitir que los esquemas de participación política y de representación equitativa han mejorado mucho en las últimas décadas de este lado del charco si los comparamos con los países árabes. Acá ha habido grandísimos cambios en Bolivia, Venezuela, El Salvador, la República Dominicana…y sin olvidar las dictaduras militares del Cono Sur que ahora son sólo un recuerdo. Vamos, incluso en México las cosas han mejorado ligeramente desde los años ochenta.
Hay, además, dos componentes sociológicos –al menos– que no deben descartarse. El primero es muy evidente y ha sido repetido ya muchas veces. Las pirámides poblacionales en el Mundo Árabe son una caja de Pandora, llena de potenciales pero también de peligros. En economías liberales incapaces de proveer bienes y empleo a hordas de jóvenes generalmente bien educados pero sin trabajo, el descontento, el reclamo y la inconformidad son alimento de las protestas. Bien que mal, en América Latina los esquemas laborales saben absorber, aunque sea mínimamente, a los recién egresados de las universidades –que son, además, menos. Y aunque es cierto que también en el Mundo Árabe han caído las tasas de fecundidad, sus índices de natalidad son todavía mayores a los nuestros. Seamos, además, un poco cínicos: los latinoamericanos gozamos de mejores redes internacionales que los árabes, lo que, en última instancia, nos facilita las cosas para desempeñarnos en el extranjero en vez de en el terruño.
Otro factor sociológico es el peso que tiene la religión en las sociedades e incluso en la política en el Mundo Árabe. Después de los gobiernos seculares de los años 50, 60 y 70, muchos países árabes han recaído en una ola de religiosidad que, seamos honestos, tiene efectos negativos en el tejido social. Hay ejemplos muy burdos pero esclarecedores: en Bagdad, Trípoli y El Cairo era muy común ver mujeres desveladas, como lo sigue siendo en Estambul, por ejemplo. Hoy ya no. Incluso bastiones del laicismo panarabista como Palestina, Túnez o Libia han perdido terreno frente al regreso del islam. No es un fenómeno malo en sí; lo que contrasta es los desequilibrios en el laicismo que esto provoca, porque entonces el Estado árabe deja de ser garante de una serie de libertades civiles y religiosas y se convierte en defensor (o cómplice) de movimientos religiosos que, sin ser los fanáticos de Al Qaeda ni de la península arábiga, son capaces de descomponer un tejido social que se antojaba más liberal, más igualitario y, sí, más democrático.
En América Latina la religiosidad vuelve (y vuelve grueso: México es un buen ejemplo, sobre todo al momento de vincular religión y política. Pero a nivel comunitario es impresionante el avance del evangelismo, por ejemplo, en Centroamérica). La diferencia, quizá, es que las religiones están recobrando fuerza en esquemas más o menos democráticos, y no bajo el auspicio de dictaduras que se inclinan cada vez más a la derecha (como es el caso árabe).Quizá esos cimientos democráticos, aunque no sean un edificio todavía, hacen las veces de válvula de escape a la congestión religiosa de algunos sectores. Digo sólo quizá porque tampoco estoy en condiciones de sostenerlo; sólo creo que es una posible explicación de entre tantas otras.
A donde quiero llegar es a un lugar común: Latinoamérica no es el Medio Oriente. Si allá explotaron estos regímenes y la gente salió a manifestarse hay que comprender que el escenario fue sumamente distinto al latinoamericano. Aquí, por ejemplo, tenemos experiencias ideológicas más firmes que allá (las guerrillas que durante décadas han fortalecido el debate ideológico en nuestros países; los partidos políticos de izquierda y derecha que también han discutido –en ocasiones desde la clandestinidad– desde cuerpos teóricos distintos a los el Mundo Árabe); en algunos países los movimientos sociales son también mucho más sólidos que en el Mediterráneo (pensemos en Bolivia). El caso es que los esquemas de revuelta, si es que los habrá en América Latina (y vaya que serán bienvenidos, sobre todo si parten de una posición ideológica más clara, de izquierda, de justicia y de igualdad), serán sumamente distintos a los del Mundo Árabe, que ahora se sostienen en demandas políticas inmediatas (democracia electoral, partidos políticos y prensa libre, por ejemplo) y en exigencias económicas precisas (empleo, nivel de vida), pero no necesariamente en críticas al sistema capitalista liberal ni en esperanzas fundadas en democracias participativas, socialistas y solidarias.
Por lo pronto, es imperativo que estos movimientos en el Mundo Árabe sigan. De ellos dependerá también una nueva configuración de esquemas políticos y económicos en el mundo que, esperemos, puedan ser más justos y solidarios que los que nos dominan hasta ahora, pero mi escepticismo prevalece.
martes, 7 de diciembre de 2010
Wikileaks a cuentagotas
¿Qué es entonces importante? Creo que hay tres elementos esenciales para un futuro análisis de lo que sucederá con Wikileaks, a saber, 1) las cosas que no se dicen generalmente y que algunos cables ya están evidenciando. No son cosas inverosímiles o que hayan sido conservadas en excelente secreto, pero sí son revelaciones importantes para comprender cómo se reconfigura, poco a poco, el mundo de hoy. 2) Las consecuencias a mediano plazo que pueden tener estas filtraciones respecto al comportamiento diplomático e internacional en general de los Estados Unidos. Y, finalmente, 3), ¿Qué significará esto --si soy capaz de comprenderlo yo mismo-- para la diplomacia global en general? ¿Se convertirá en un asunto de seguridad cibernética como algunos ya han apuntado o revolucionará completamente la forma de hacer diplomacia y política exterior en el mundo?
1) Los cables y telegramas que el equipo lidereado (o al menos representado) por el australiano Julian Assange regalaron a varios diarios son, por lo menos, representativos (los hay de prácticamente todos los países y en buen número), claros (no hay "reportes" ni "estudios" sobre situaciones: son mensajes breves, concisos, que transmiten opiniones o hechos concretos y miedos y preocupaciones) y, por supuesto, morbosos. No es para nada relevante, en términos de ciencia política, saber si Muammar Gaddafi, presidente libio, usa botox o si Cristina Fernández de Argentina tiene problemas de esquizofrenia y bipolaridad. Pero eso sí es importante para el día a día político, el de las percepciones, los miedos y, por supuesto, los chismes. Pero esas cosas son en sí inútiles, si bien fueron las que los grandes periódicos escogieron en primer lugar (o las escogió Wikileaks, no lo sé de cierto).
Lo importante, lo más relevante, está saliendo apenas ahora. Ya publicó El País (uno de los "elegidos" por Wikileaks para este cometido junto con Le Monde, The Guardian -que se los pasó al NY Times- y Der Spiegel, entre muy pocos otros) un análisis profundo sobre los problemas de la relación bilateral entre España y los EU. Insisto, no es novedad, o al menos no es nada que no haya podido intuirse, que después de la victoria de Zapatero en 2004 y el retiro de las tropas españolas de Irak las relaciones con Washington se enfriaron radicalmente. De ahí se adivina que los grandes esfuerzos diplomáticos españoles tienen una meta fija: recuperar la confianza y el respeto de los EU. Sin embargo, los cables recién publicados por El País demuestran que Washington jamás ha considerado a España como un par con el cuál entablar negociaciones y acuerdos de igual a igual. No sólo es la preocupación por la crisis, el desempleo y las dificultades que el gobierno de Zapatero tiene para hacer pasar planes de reacomodo fiscal y austeridad presupuestaria; es, por ejemplo, la desconfianza respecto a temas de seguridad y compromiso español, como por ejemplo, ¿hasta qué punto puede EU contar en Madrid para intervenir exitosamente en el problema del Sahara Occidental? ¿Qué fuerza política tiene España con Marruecos y Argelia para empujar las cosas a una solución estable? Moratinos, jefe de la diplomacia Española, recién se quejó de que EU siga considerando a España un país de "quinta fila", aún cuando "se trata de la 8va economía mundial". Los bancos españoles son poderosísimos y salieron mejor librados de la crisis que los estadunidenses; el peso Español en América Latina es considerable (de hecho es la puerta de entrada para la Unión Europea) y los EU no pueden ignorar eso.
Otro tema relevante (y sólo es por citar dos o tres) es uno del que hablamos poco, incluso como latinoamericanos. Se trata del tristemente célebre "triángulo ingobernable" de la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Desde hace décadas que el Departamento de Estado y muchos otros observadores insisten en que es una región explosiva en la que han brotado diversos grupos extremistas y en donde hay incluso organizaciones terroristas extranjeras que tienen bases de operación. No es inverosímil porque, de hecho, esa zona ha sido siempre baluarte del contrabando y la ilegalidad. Lo interesante, en concreto, es que, desde hace una década, se habla frecuentemente de que el partido político con brazo miliciano libanés, Hezbolá, tenga un campo de entrenamiento y de operaciones financieras, de narcotráfico y mercado de armas en la triple frontera. Los cables filtrados evidencian la preocupación estadunidense porque esa zona, posible polvorín, sea ignorada o menospreciada por los gobiernos de la región. De hecho, Brasil ha sido recurrente al insistir en que NO es una región ingobernable o que presente problemas serios de seguridad y violencia. Wikileaks, sin embargo, demostró que Estados Unidos siempre lleva su desconfianza un paso más lejos: ahora los cables del Departamento de Estado pusieron en tela de juicio el compromiso brasileño con la lucha contra el terrorismo porque, argumentan, Brasilia ha jugado un doble rol muy nocivo: por un lado niega rotundamente que haya problemas en la triple frontera --y por lo tanto no hace gran cosa al respecto--, y por el otro seduce a los EU prometiéndoles colaboración en la lucha contra el terrorismo en Medio Oriente. Vamos, la posición brasileña no es ajena a la de muchos otros países, pero lo interesante aquí es la forma en que Wikileaks logró desvelar ese juego de desconfianzas, dudas, miedos, incertidumbres y demás. Si EU es escéptico frente al compromiso brasileño para combatir el terrorismo en Sudamérica (asumiendo que lo haya, que yo no me lo creo), Brasil es incongruente y hasta cínico al colaborar, aún si es bajo el agua y en un secretismo bastate profundo, con las operaciones de inteligencia y contraterrorismo estadunidense en el Medio Oriente.
Un tercer ejemplo es el juego de lealtades y de imágenes a conveniencia que las figuras de la alta política árabe aplican respecto a Irán. Sí, la rivalidad entre Irán y los reinos suníes de la península no son novedad: sí, Arabia Saudita, Kuwait y otros apoyaron a Irak durante su larga guerra contra Irán. Hoy día hay una enorme desconfianza por parte de las realezas petroleras respecto al gobierno de Ahmadinejaad en Teherán. Temen, de verdad, que su política radicalmente antisionista y antiisraelita tenga consecuencias para sus cómodas posiciones políticas (de sumisión dirían algunos) respecto al gobierno hebreo. No es justo para Irán, por supuesto, pero en la diplomacia la justicia es francamente secundaria. La cosa es que los cables de Wikileaks hablan de muchísimos encuentros casi secretos y a título personal entre altos funcionarios saudíes, qataríes y kuwaitíes con diplomáticos estadunidenses en los que se pide una posición mucho más agresiva (léase violenta) contra las actitudes de Irán. Incluso el actual primer ministro libanés, que no es necesariamente amigo de Ahmadinejaad pero que logró ser bastante decente y amistoso cuando éste visitó Beirut, dijo a diplomáticos estadunidenses, ¡estando en una visita en Irán!, que quería ver a EU tomar acciones duras e inmediatas contra las intenciones iraníes de armarse nuclearmente (lo cual, insisto, es falso).
2) Este punto es mucho más breve. Seamos claros: el objetivo de Assange y de Wikileaks es, en el discurso, facilitar la difusión de las opiniones que finalmente influyen en la toma de decisiones respecto a los grandes temas de actualidad internacional. Esto es, democracia, transparencia y rendición de cuentas de la actividad diplomática en el globo. La petición es más que legítima y justa: es imperativa. El gran riesgo (y eso no es culpa de Wikileaks) es que pidiendo una mayor apertura y comunicación del quehacer político entre los Estados, éstos respondan, contrariamente, con mayor cerrazón, secretismo, represión, intolerancia y violencia. No bien fueron publicados los primeros cientos de cables que el Departamento de Estado se pronunció a favor de la aplicación más radical de la ley de espionaje internacional (tan utilizada durante el gobierno de Bush) que "permite" a EU hacerse de información por medios muy poco ortodoxos en cualquier parte del mundo. Argumentado, con entera falsedad a mi juicio, que miles de vidas están en riesgo a causa de la filtración de los cables (porque, se supone, servirán de información a grupos terroristas y demás enemigos del mundo libre), Hillary Clinton llamó abiertamente a la persecución cibernética y física de los implicados en las filtraciones (hoy mismo, martes 7 de diciembre, Julian Assange fue arrestado cerca de Londres donde se escondía, pese a que el gobierno ecuatoriano de Correa le había ofrecido asilo incondicional) y al castigo "con todo el peso de la ley" por desvelar secretos de Estado que son fundamentales para la seguridad de EU y del mundo entero. El cambio de actitudes por parte de la diplomacia estadunidense podrá ser terriblemente negativo: recurrir a mayor violencia y opacidad es una afrenta clara al multilateralismo y a los esfuerzos conjuntos por establecer ciertos mecanismos comunes de solución de conflictos en el mundo.
3) Creo que las filtraciones no tendrán ningún efecto a largo plazo. No van a cambiar la forma en que se hace la diplomacia o el "espionaje legal" que las embajadas en todo el mundo practican. Lo único que quizá sucederá será un cambio en la forma en que los países interesados (sobre todo EU, pero también el Reino Unido, Rusia, China o Francia) transmitan a sus capitales la información recabada. Ahora aplica perfectamente el clásico "cuando veas las barbas de tu vecino cortar...". Nadie puede luchar con éxito contra el espacio cibernético. Sin embargo, sí habrá intentos por bloquear y rastrear con mayor empeño este tipo de sitios (de hecho, Wikileaks estuvo bloqueado el domingo 28 de noviembre). Insisto en que la diplomacia no se volverá más transparente ni más democrática: será siempre un mundo de élites y de secretos, de desconfianzas, melodramas, infiltraciones y traiciones. Habrá quizá algún ingenuo que querrá hacer público todo lo que haga, y será un buen gesto, pero no tendrá eco y quizá quede en el desprestigio.