Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de septiembre de 2014

Apuntes sobre las cosas en Ucrania y un par de disparates más

Dicen que en Ucrania se juega un viejo escenario de la Guerra Fría. Que la continuidad entre Iván el Terrible, la Zarina Catalina y Vladimir Putin es clarísima. Que la dictadura soviética es telonera de los abusos rusos hoy día. El eco de esos análisis vacíos resuena fácilmente, pero son “ahistoricismos”. Y luego dicen que los marxistas somos los trasnochados, los que vivimos de cuentos del pasado, que nos rehusamos a ver el mundo con ojos nuevos.

Orates. Como explicó Žižek en un enredado artículo de junio 2014 –del cual, se los adelanto, tampoco se puede concluir gran cosa más allá de lo siguiente–, no deja de ser fascinantemente irónico que los liberales, demócratas y fascistas ucranianos, unidos en el Maidán, hayan decidido atacar sin pudor todo lo que oliera a leninismo, empezando por las estatuas y acabando, por ahora, con la prohibición de partidos comunistas, los ataques a sindicalistas y a otros sectores de la izquierda. ¡Atacar al leninsmo cuando fue justamente Lenin quien abogó por la total independencia de los pueblos y las naciones si ese era el camino adecuado hacia el socialismo –o simpelemnte hacia el progresismo! Lenin y el leninismo, antes de ser totalmente opacado por el modelo estalinista, fue un gran entusiasta de la extensión de los servicios más básicos y los derechos más fundamentales, que el pueblo ruso conocía por primera vez después de 1917, con especial atención a las regiones más marginadas (esto es, Ucrania). Como buen individuo, Lenin no fue siempre congruente, y está claro que en 1921 cambió momentáneamente de postura decidiendo mantener a Ucrania cerca y seguir construyendo el Estado soviético. Luego se retractó y volvió a su versión comunista de la autodeterminación de los pueblos. En buena medida fueron los ucranianos quienes no quisieron alejarse de la recién nacida URSS y las razones no son cuentos chinos. Era clarísimo que la URSS se perfilaba, poco a poco, como la garante de una relativa autonomía respecto a las intenciones expansionistas de la Polonia de entreguerras y la Hungría post-austríaca que luego sería fascista y rencorosa de sus recortes territoriales. Además, el progresismo y la revolución parecían elementos sensatísimos en un escenario de pobreza y marginación histórica.

Pero esas estatuas destruidas –volviendo al punto– son solamente la expresión del descontento liberal hacia una figura tristemente pisoteada del comunismo soviético. No es eso lo que más impacto tiene ni lo más relevante del conflicto actual. Lo importante aquí es precisamente el discurso ahistórico, que se pretende histórico, acerca de los repetidos patrones entre el imperialismo soviético y las amenazas de hoy día provenientes de Moscú, paralelismo que, si bien no está excento de cierta verdad, insiste en continuar la cacería intelectual en contra del comunismo reduciéndolo, como siempre, a su expresión soviético-estalinista. Para variar, la prensa extranjera ha pintado a Rusia de rojo y le ha puesto gorro con estrella a Putin. Las tropas y los tanques rusos, que parecen del Ejército Rojo, están a las puertas de Ucrania, si no es que ya han “invadido territorio soberano ucraniano”. Acepto que esto puede sonar a paranoia exagerada: nadie en Washington o en Bruselas se preocupa realmente por el comunismo. Pero sí se preocupan por la agitación en las sociedades que observan los estragos del capitalismo en su vida diaria. Y si el escenario ucraniano hoy sirve para desprestigiar tanto a la Rusia putínica y de refilón también a cualquier radicalismo teórico de izquierda, les aseguro que no perderán la oportunidad de dispararle a dos pájaros con un tiro (que no matarlos).

Si de algo no cabe duda es del apoyo de Moscú a los rebeldes separatistas del Este. Ese apoyo, que no se ha limitado a armas ni a respaldo político, sino que incluso muy posiblemente hay tropas, expertos militares y mucho dinero, enfurece todavía más a la OTAN porque ésta ha sido incapaz de proveer el mismo apoyo a Kiev. De otro modo no se explica porqué las tropas azules y amarillas se han visto más de una vez en situaciones militares adversas, rodeados por rebeldes, diezmados en número y desmoralizados. Precisamente porque no están luchando contra un “enemigo invasor”, sino contra sus connacionales que simplemente exigen autonomía, cuando no total independencia (piensen que las provincias del Este ni siquiera eligen a sus propios gobernadores). Están luchando, como en toda guerra civil, contra sus conciudadanos. Esta debilidad del gobierno en Kiev, y el tibio apoyo de la OTAN a pesar de tanta palabrería, explica también el ascenso inconmesurado de los batallones fascistoides y ultranacionalistas que pelean como buenos paramilitares. Svoboda y los demás partidos de ultraderecha tienen a sus tropas en el Este, a veces incluso declarando que seguirán peleando aún si Kiev pacta algo con Moscú o con los separatistas. Hay pruebas claras de que en algunos de esos batallones pelean neonazis de Suecia, Polonia, etc…

… mientras que la otra ultraderecha europea, la que no es fascista sino ultranacionalista, apoya a Rusia. Vaya ironía que los políticos occidentales no logran explicar. ¿Por qué el Frente Nacional francés, los ultras serbios o el patán de Orbán en Hungría apoyan tanto a Putin? Simplemente porque ellos ven con desprecio y desconfianza al proyecto europeo, y a Putin como una garantía de que alguien, al menos, se le opone en serio. 

Así que no hay continuidad con la Guerra Fría, ni siquiera en términos de los balances políticos de fuerzas. Que Putin se oponga a la unión Europea no es una reproducción de las tensiones diplomáticas de los 70s. La izquierda occidental, tanto la tibia socialdemócrata como la un poco más radical izquierda centrista (en términos marxistas), critica fuertemente a Rusia. Los estalinistas europeos son ya una ridícula minoría (y son viejos), y nadie se traga el cuento de que “apoyar al imperialismo Ruso es la única apuesta inteligente en contra del imperialismo occidental”. Niet. La batalla no es una de ideologías reducidas a consideraciones estratégicas y diplomáticas, como básicamente fue la Guerra Fría a la batuta de Moscú y Washington; es claramente una lucha de clases, tanto dentro de Ucrania como en toda Europa, y ni el mercado europeo ni el carisma putinesco ofrece una solución, simplemente porque ambos son prácticamente lo mismo: la continuidad de un modelo económico basado en la acumulación de capital, ya sea a través de los mercados financieros de Londres y Frankfurt, o a través de la corrupción política de los oligarcas ruso-ucranianos. ¿Cuál es la diferencia? De hecho, es interesante notar cómo el apoyo en Europa a Rusia, al menos desde una perspectiva político-teórica, viene desde la ultraderecha, mientras que el apoyo económico viene de todos gobiernos capitalistas (el Parlamento británico no moverá un dedo en serio contra los intereses económicos rusos porque buena parte de la riqueza financiera e inmobiliaria de Londres depende de los oligarcas rusos). La izquierda, que en términos generales no se oponía teóricamente a la Unión Soviética, hoy se opone a Putin. La que parece izquierda que apoya a Rusia hoy es, de hecho, la versión moderna de un cierto “estalinismo liberal” (valga la exageración): una nueva corriente anti-imperialista que no es anti-capitalista y que concentra sus energías en el estéril apoyo a los frentes populares y los nacionalismos izquierdosos con toda la retórica que eso implica, pero sin ningún contenido crítico al capitalismo. Y esa “izquierda” es muy pequeña, más en talla teórica que en número, pero pequeña al fin.

Insisto, ¿qué diferencia hay entonces entre los modelos de sociedad capitalista rusa y europea? Sí la hay, pero no es tan fundamental como la pintan los defensores de la idílica “democracia europea contra el autoritarismo ruso”. Hay una importante diferencia de grado en cuanto al rol que juega el liberalismo como fuerza estrictamente política y social en ambos modelos: por supuesto que, para que florezca un lindo movimiento radical de izquierda, es más propicio un modelo de libertad de prensa, asociación y voto que más o menos existe en Europa occiedental, y que más o menos desaparece en Rusia. Pero no es una diferencia profunda si se piensa que, por ejemplo, todos esos defensores de la fantástica democracia liberal europea se niegan a ver el horrible efecto del ascenso del ultranacionalismo quasi fascista en Ucrania. También se niegan a ver el bárbaro efecto del Capitalismo en la vida de todos los días de millones de desafortunados que no tienen un interesante puesto en aquel reducido nicho de las artes creativas, los sectores financieros, las universidades y las ONGs. Como decía Horkheimer en 1939: “quien no está preparado para criticar al Capitalismo debe permanecer callado ante el fascismo”. Hoy día es igual: quien no está dispuesto a criticar al capitalismo, y por ende a su brazo político que es la democracia liberal (y también la socialdemocracia, no nos quedemos cortos), mejor que no opine demasiado acerca de los ascensos de las ultraderechas que, en el fondo, pregonan el mismo sistema económico.

Vuelvo a Žižek. Por favor, nos ruega, no empecemos a decir que “ambos extremos son iguales” y que comunismo y fascismo (o para el caso izqueirda radical anticapitalista y ultraderecha nacionalista y neoliberal, si es que los términos nos parecen “anticuados”) son dos caras de la misma moneda. Esa ecuación está desbalanceada de inicio. Como modelo económico, el fascismo y la democracia liberal son ambos capitalistas. El comunismo sufre el horrible peso de la historia soviética, y por desgracia para mucha gente deja de ser un sistema de producción y se vuelve una ideología. Pero en cualquier caso es radicalmente opuesto al binomio capitalismo/fascismo. Los que nos piden “no caer en un extremo o el otro” quieren, a final de cuentas, que abracemos el capitalismo en alguna de sus facetas más políticamente liberales, sea la socialdemocracia o el libre mercado desbocado pero que garantiza el matrimonio homosexual y la libertad de prensa.


Ucrania está un poco en esa plataforma. O se lanza de lleno a un modelo de capitalismo europeo o al modelo de capitalismo ruso. Las implicaciones sociales son evidentes si ambos se ven como tipos ideales, pero la realidad opaca tales implicaciones: hoy día es más peligroso para un izquierdista (y todavía más para un marxista) pasearse en las calles de Kiev que en las de Donetsk. Es más peligroso ser sindicalista, socialista, o incluso socialdemócrata en Kiev –donde un batallón de skinheads te puede poner una golpiza impune, la policía te puede fastidiar por ser sindicalista y por manifestarte–, que en Donetsk donde… esperen, donde quizá te caiga una bomba lanzada por el ejército Ucraniano… no. Me retracto, quizá sí sea más peligroso estar en Donetsk. 


Brevísimo excursus

Cuando me refiero al comunismo como ideología sé que no estoy siendo plenamente correcto, pero uso el término para diferenciarlo del comunismo como sistema teórico, social y político de un modo de producción: es decir, un sistema social. La diferencia es importante sobre todo en el contexto histórico actual, porque vivimos en un mundo desbalanceado donde el comunismo es considerado una ideología utópica, cuando no peligrosa, mientras que el capitalismo es visto como la normalidad, o en el mejor de los casos, como un sistema de producción con defectos y con virtudes. 
Esa injusticia (es decir, que no se entienda a ambas cosas como lo mismo: como modos de producción históricos) se debe, en buena medida, al legado soviético de dictadura y violencia en nombre de ideales abstractos. Pero también al éxito del capitalismo en su órbita cultural e ideológica y debemos entender eso en función de la construcción del bloque histórico en el que vivimos (y al que queremos cambiar). 


lunes, 12 de agosto de 2013

El petróleo mexicano ya es privado. Pero siempre puede ser peor.

Se ha escrito y dicho demasiado sobre el petróleo mexicano en las últimas semanas. No he leído, en justa proporción, nada (o casi nada). Pero basta con echar un vistazo a los títulos de los artículos, de las columnas y de los análisis para darse cuenta que prácticamente nadie llegó al debate con un "El Capital" bajo el brazo. Eso sí, todos han leído los modelos noruegos, brasileños, británicos y quizá hasta qataríes... pero me sorprendería ver que, en algún periódico de talla y calidad mediana, apareciese un artículo con dimensiones más bien político económicas (o marxistas).

En el fondo, PEMEX por sí misma no me importa porque desde siempre ha funcionado como empresa capitalista. El problema es la lógica a la que se quiere someter toda la producción petrolera y lo que eso refleja de las dinámicas económicas en México y en el mundo, además de la argumentación falaz detrás de todas las propuestas de reforma. ¿Cómo explican PRI y PAN que "la participación del sector privado en exploración y extracción del petróleo" no significará "privatización de la paraestatal"? 
Es evidente su mentalidad supina. Si las dinámicas productivas dan lugar a la participación del capital, entonces hay un proceso de privatización. Punto. No tenemos que llegar al extremo en el que PEMEX "pertenezca" a Slim o a Chevron-Texaco (de todos modos, por las distintas relaciones mercantiles en las que está metida la empresa, su plusvalía ya pertenece más a capitales privados y burocracias inútiles que al pueblo de México -sea lo que sea que eso sea-): la privatización ocurre y ha ocurrido desde que aspectos claves de exploración, producción y comercialización están ligados a dinámicas capitalistas, nacionales o globales. 
¿Por qué? Básicamente por la inserción de una unidad productiva como PEMEX en las complejas redes de la economía capitalista. No diré aquí si eso es bueno o malo, sólo diré que así es. Esto es, la manera en la que PEMEX obtiene tecnología (aunque mala y vieja), insumos para sus procesos de exploración y perforación y demás actividades; la manera en que comercializa lo obtenido del subsuelo; la forma en que negocia, pacta, compra-vende y subasta acciones de empresas de todo tipo, acuerdos con filiales o con pequeños peces de talla insignificante; los métodos por los cuales la gasolina es refinada (muchas veces en refinerías privadas de los EU) y vendida en México.... todas esas dinámicas obedecen a lógicas capitalistas, a procesos productivos cuya finalidad es la acumulación de capital. 
Como todo proceso productivo, hay clases sociales y grupúsculos dentro de éstas que salen más beneficiados que otras. En este caso, hay un sector particular de la élite sindical y burocrática que gana. La burguesía industrial gana, ya sea a través de sus contratos con PEMEX, de sus vínculos con empresas extranjeras que refinan y distribuyen hidrocarburos, o simplemente debido al subsidio que PEMEX y sus derivados obtienen del Estado, que a su vez se convierten en subsidios a la producción para las empresas de la burguesía industrial mexicana. La élite política gana, quién sabe si directamente a través de grandes sumas de dinero (como piensa AMLO), pero seguramente sí a través del prestigio político que está cosechando con los grandes capitales nacionales y extranjeros.

PEMEX ya es privada, no por el argumento simplista del sindicato parasitario que se enriquece con su producto, sino por la red de capitales que de manera directa o indirecta se benefician de su posición en las cadenas productivas. PEMEX podría ser todavía más privada (siguiendo la lógica del continuo cualitativo, y no de dos opuestos absolutos entre los cuales se transitaría inmediatamente), pero también podría serlo menos. Y para eso no hay que volver al statu quo (o a las erróneas interpretaciones que el PRI hace de lo que Lázaro Cárdenas decía): hay que pensar en cómo podría PEMEX convertirse en un ejemplo, en una punta de lanza de restructuraciones profundas de las dinámicas productivas, de tal suerte que no sea una lógica capitalista la que guíe su acción, sino una lógica socialista.

El modelo Amlista de defensa del petróleo no cambiaría mucho las cosas: un Estado rentista, con un claro interés de clase (que, déjenme decirlo señoras y señores, no se trataría de la clase obrera) y una burocracia sobredimensionada, seguiría administrando la plusvalía petrolera, redirigiéndola, a veces, a proyectos reformistas de carácter social. Es decir, más o menos como en los años cincuenta. No se escuchan elementos como propiedad colectiva en manos de los trabajadores, planificación central y democrática, acceso a insumos y distribución del producto por vías distintas a las de los mercados actuales... Lo mejor que se puede leer es la idea de la autonomía de gestión, en donde sigue habiendo lagunas y que define la autonomía únicamente en oposición a la injerencia del Estado, pero no en cuanto a su necesaria independencia de las lógicas capitalistas. 

Ahora bien, ¿puede crearse una empresa que no opere en una lógica capitalista cuando toda la economía al rededor suyo lo hace? No. Punto. No se puede aspirar a vivir en un oasis de producción colectiva si tu desierto está repleto de dunas que operan según la lógica de la obtención de plusvalía y la competencia. Es como el sueño autonomista de las comunas hippies. No se puede. Pero, obviamente, eso no debe convertirse en canto a la derrota y el pesimismo. Las estructuras quebrarán por su propio peso (y espero estar vivo para entonces), pero incluso si no lo hacen, las contradicciones serán tan abrumadoras y evidentes que algo tendrá que pasar. La pregunta, como siempre, es si el capitalismo será capaz de reinventarse a sí mismo para salir del paso. Por lo pronto parece que se ha quedado corto de ideas, pero todavía tiene muchísimo ímpetu que aprovechar.

Quizá PEMEX no sea todavía privada en cuanto al estatus legal que ocupa, pero para fines prácticos (productivos, y por lo tanto complejos), ya lo es. Cuando un servicio público beneficia más a la minoría que a la mayoría, ya es privado. Claro que lo que quieren hacer nuestros queridos partidos políticos es facilitar el proceso de privatización para acelerar la acumulación de capital. Lo mismo pasaría con el potencial desarrollo tecnológico y los niveles productivos. Pero eso no cambiará las contradicciones elementales de la existencia de PEMEX, híbrido moribundo entre las dinámicas capitalistas a su alrededor, y su posición clave en un aparato rentista y corporativista que, esquizofrénicamente, quiere deshacerse de ella pero no puede dejarla ir. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Breves Apuntes sobre Palestina. Crónica de una declaración fallida y anunciada

Hace varias semanas que la diplomacia y la prensa internacionales analizan la posibilidad de que la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su sesión inaugural de 2011 este 23 de septiembre, reconozca formalmente la existencia del Estado palestino, limitado a sus dos inconexas regiones de Gaza y Cisjordania. La verdadera esperanza de Mahmud Abbas, presidente de la autoridad palestina, es que sea el Consejo de Seguridad quien apruebe y reconozca la creación del Estado; si lo hace la Asamblea General, el reconocimiento informal será una garantía, pero no la oficialización de Palestina como el 194° miembro de la ONU, al respecto de lo cual es el Consejo de Seguridad quien tiene la última palabra.

Estados Unidos, en voz del mismo Obama, ha dicho explícitamente que no reconocerá ninguna propuesta unilateral de creación del Estado palestino, por miedo a que ello congele las negociaciones con Israel. Por otro lado, EU no quisiera verse en la penosa necesidad de ser el único país que vete la propuesta en el Consejo de Seguridad, lo que adjudicaría toda responsabilidad a Washington; por ello, la mancuerna con Londres será imprescindible. Desde su propia trinchera, Israel ha iniciado una extensa campaña de desprestigio a las expectativas palestinas, acusando a Abbas de irresponsable e intransigente. En más de una ocasión, Israel ha dicho que, de aceptarse en Naciones Unidas la independencia palestina, dejará caer todas sus responsabilidades y obligaciones respecto a tierras palestinas.

De todos modos, la independencia absoluta de Palestina no está garantizada. La unidad política entre Gaza y Cisjordania parece tan difícil como la unidad territorial y las presiones del conservador gobierno israelí no permiten que las negociaciones avancen por otro lado. Los palestinos, por otro lado, ya votan por sus autoridades, pero no así por un verdadero gobierno nacional. El estímulo que provocaría una declaración de reconocimiento internacional por parte de la Asamblea General (sin mayores implicaciones reales) podría, contrariamente a como piensa EU, favorecer una mejor disposición palestina para las negociaciones. Falta esperar que Israel haga otro tanto.

Es evidente que Estados Unidos ha sido un cínico e ignominioso actor en el juego. Israel, mucho peor. La decisión de la Autoridad Palestina de buscar el apoyo de la Asamblea General es un recurso final que no llevará a nada, pero hay que reconocer (y nadie en EU ni en Israel lo hace) que es mil veces mejor hacer ese tipo de apuestas -aunque fallidas de inicio- que llamar a una tercera intifada, a una alzada generalizada contra el invasor israelí y los abusos y explotaciones que la comunidad internacional permite.

Palestina no será un Estado libre ni soberano pronto, aún si cuenta con el apoyo de 130 países en Naciones Unidas, básicamente porque el sistema internacional es antidemocrático, jerárquico e injusto y sus instituciones favorecen el cínico control de las grandes potencias por encima de los países menos favorecidos.

Un punto más para Israel, uno más para la injusticia; como siete puntos extras para la decida, unos diez para la mierda internacional y, por supuesto, goliza en contra del pueblo palestino y de los millones de individuos solidarios alrededor del mundo.

sábado, 23 de julio de 2011

Justicia: la nueva zanahoria de la Unión Europea


Originalmente, este articulín salió en www.loshijosdelamalinche.com, pero por buena onda me dieron chance de copiar y pegarlo acá.

Crecer irresponsable y desmesuradamente jamás fue un objetivo de la Unión Europea; las fechas de integración a este selectivo grupo son siempre una ocasión histórica, planeada con años de antelación y preparada hasta el mínimo detalle. Después del Reino Unido y Dinamarca, los años setenta y ochenta atestiguaron la entrada a la UE de muchos países restantes de Europa del Oeste y del Sur. En 1986, la Europa capitalista estaba, casi toda, integrada a los mecanismos económicos y políticos de Bruselas. Desde entonces, sólo ha habido tres fechas claves de bienvenida a nuevos grupos, tres en 25 años. La primera, en 1995, agregó a Finlandia y a Austria, países que, por una neutralidad comprometida, no pudieron agregarse al grupo durante la Guerra Fría. Nueve años después, en 2004, la ampliación europea logró un episodio sin comparación: diez países, ocho de ellos antiguos Estados comunistas (tres incluso ex repúblicas soviéticas), fueron integrados al club.

El proceso de debate y de preparación para agregar a estos diez países se concentró, sobre todo, en las reformas económicas estructurales que cada gobierno debió aplicar en los años previos a 2004. La cláusula de la gobernabilidad y democracia, también siempre presente (por eso tampoco Portugal ni España entraron desde el principio), fue blandida como una de las razones igualmente centrales. Es decir, la combinación de un sistema plural y democrático con una economía de mercado, abierta a los capitales extranjeros y convencida del librecambismo, fue un requisito esencial para el ingreso de estos diez países.

En 2007, Bulgaria y Rumania se agregaron a la lista. Ahí las cosas no fueron tan sencillas. A cuatro años de distancia, muchos argumentan que estos dos países “entraron demasiado pronto”, sin haber realizado las reformas políticas apremiantes. Ambos países sufren todavía por una fuerte corrupción e incluso por la presencia de bandas de crimen organizado que, quizá sin poner en jaque al Estado, sí asustan a los demás vecinos de la UE. Para no “cometer los mismos errores”, los demás Estados miembros de la UE definieron criterios más severos para las próximas candidaturas y echaron al suelo las esperanzas de países como Ucrania y Georgia que, con gobiernos ultraliberales y antirusos, soñaron con mucha libertad y sin mucha realidad con una entrada triunfal al club europeo.

Hoy día, sin embargo, se agrega un elemento también central a la lista de requisitos para inscribirse en el grupo: la justicia. No se trata sólo de justicia en los términos de transparencia y de combate a la corrupción; es justicia en los parámetros de los crímenes históricos contra la humanidad, contra ciertos grupos étnicos; es justicia respecto a la memoria histórica colectiva, a guerras civiles y a tragedias individuales que, sumadas, empañan horriblemente la historia reciente. Y estamos hablando, claro está, de los Balcanes ex yugoslavos.

Durante varias décadas la república socialista de Yugoslavia mantuvo cohesionados (y, hay que admitirlo, sin mayores problemas) a varios grupos étnicos, lingüísticos y religiosos que coexistieron en la prosperidad de quizá el sistema socialista más democrático de Europa. Pero la desintegración política y económica de la república, junto con un creciente fervor nacionalista violento, hundieron a la región en una guerra terrible que presentó algunas de las facetas más crudas de la realidad humana: el genocidio.

A doce años del fin de esa guerra (dieciséis o incluso diecinueve según el país en cuestión), las nuevas repúblicas balcánicas crecen con prosperidad y orden, nuevamente en una esfera cultural yugoslava, con nacionalismos relativamente moderados y sistemas de cooperación común. Hace falta conseguir una sola aspiración más: formar parte de la Unión Europea. Eslovenia, siempre adelantada a sus hermanas yugoslavas, logró el ingreso en 2004, adoptó el Euro en 2010 y se perfila como el país más rico, estable y dinámico de la región. En seguida, Croacia y Montenegro aspiran a una posición similar, fuertemente justificada por sus procesos democráticos y su pujante economía.

No obstante, esta vez haber cumplido con los deberes económicos no es suficiente para aspirar a una candidatura formal. En el caso particular de los Balcanes, un requisito esencial es responder a los esquemas de justicia europeos que, desde hace más de una década, intentan resarcir algunas de las heridas más profundas que provocó la guerra en los Balcanes. Así, Estados como los Países Bajos han insistido por que los mayores responsables de tales tragedias, todavía impunes en su mayoría, sean llevados a juicio ante las cortes internacionales. Para ello, evidentemente es necesaria la colaboración de los gobiernos ex yugoslavos. Su reticencia había sido clara, pero los aires han cambiado y las disponibilidades también.

En mayo de 2011, Ratko Mladić fue arrestado. Después de 16 años en “escondite”, el General Mladić fue encontrado por fuerzas de seguridad del Estado serbio en Belgrado, donde se supone que estuvo durante los últimos años. Responsable de la matanza de Srebrenica, en la que más de ocho mil bosnios musulmanes murieron a manos de escuadrones serbios de Bosnia, Mladić es buscado por la justicia internacional para ser acusado por crímenes de lesa humanidad y genocidio. Durante toda la década pasada, es muy posible que Mladić estuviera en Belgrado, protegido incluso por los servicios de seguridad del gobierno serbio.

Entonces, ¿por qué su sorpresiva captura? ¿Por qué hecha en colaboración entre los gobiernos de Croacia y Serbia? Sencillo. Belgrado reconoce, desde hace poco más de tres años (recordemos la captura de Radovan Karadžić en 2008), que los temas de justicia y de memoria histórica son cada vez más importantes para la Unión Europea. Desde esa perspectiva, el gobierno serbio de Boris Tadić ha sido muy hábil en jugar con esa carta: un amigo mío que vivió una temporada en Kosovo me decía: “es como si los serbios y los croatas tuvieran un sombrero mágico del que, cada que hiciera falta, sacaran un conejo con cara de criminal de la guerra”. En momentos cruciales –como lo fue el final del mes de mayo–, las autoridades serbias y croatas han sabido portarse a la altura de las expectativas de la UE. Por ejemplo, tan sólo seis días después de la captura de Mladić, los Países Bajos vetarían la candidatura de Croacia (recordemos que otorgar estatus de candidato debe ser una decisión unánime) e impedirían las negociaciones con Serbia.

Al límite de los calendarios y de los requisitos, Mladić apareció esposado y preso. Su traslado a La Haya, donde lo espera un largo juicio, fue inmediato. El gobierno de Tadić no exaltó, como lo hiciera su antecesor, un sentimiento patriótico-inocente al decir algo así como “aseguramos que Mladić era un infiltrado, un miembro del exterior –del gobierno de la época- que actuó por voluntad propia”. No. Tadić fue muy consciente de que la responsabilidad, actual e histórica, era de Serbia. Su discurso reconoció que Mladić era un general de gran importancia en el ejército serbio de Bosnia entre 1992 y 1995 y, aunque no dijo que había sido protegido por el Estado serbio, tampoco lo desmintió.

Es así que la Unión Europea formaliza una serie nueva de requisitos de entrada: cumplir con las expectativas de justicia europea, además de liberalizar la economía y democratizar la política. No es una zanahoria inefectiva, como lo demuestran los últimos acontecimientos en los Balcanes. Y tampoco es suficiente para obtener el ingreso, como bien lo saben macedonios y bosnios que, habiendo también entregado antiguos líderes militares a la justicia internacional, se encuentran todavía muy lejos en el proceso de candidatura para entrar al club. Por lo pronto, Croacia entrará –quizá en 2013- y Serbia seguirá relativamente pronto si sigue por el buen camino. Otra palomita en la boleta serbia es la suavización del tono usado hacia Kosovo (país cuya independencia no reconoce todavía, pero que al menos ya no habla de su ilegitimidad). Ese es, sin embargo, otro tema.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Medio Oriente y América Latina. Algunas comparaciones interesantes y evidentes diferencias.



En la blogósfera, en la ciberestratósfera y, sobre todo, en la twittósfera (todos ellos ejemplos de una falacia grande como el mundo que ellos mismos han inventado: el ciberactivismo o activismo 2.0), se habló mucho, durante las últimas semanas, de cómo lo sucedido en Túnez y en Egipto podría repetirse en México. Es decir, de cómo las protestas “organizadas por internet” y difundidas mediante twitter y facebook tenían la capacidad de derrocar gobiernos enquistados, corruptos, asesinos y empobrecedores. El argumento seguía así. México, con 27% de su población con acceso a internet (cifra que aumenta entre los jóvenes), podía efectivamente convertirse en el nuevo polvorín social que concentrara los reflectores de los medios mundiales. ¿Seguros? Que yo sepa los gobiernos del Medio Oriente no están cayendo a twitazos enviados cómodamente desde un sillón en el calor del hogar o la comodidad de la oficina. Según yo, 365 egipcios, más de 300 libios y decenas de otros árabes murieron o están muriendo sobre las baldosas, aventando piedras y recibiendo tiros. Según yo, 1,500 egipcios fueron apresados. En México ni siquiera han empezado esas manifestaciones; todavía es más improbable que, de haberlas, éstas siguieran si se enfrentaran con tales niveles de represión.

Pero vamos a lo que nos ocupa. Algunos paralelismos pueden trazarse (y algunas divergencias deben evidenciarse) entre el Medio Oriente y América Latina. Empecemos por lo generalizable.


Ambas regiones desfilan, desde los años ochenta, por el matadero financiero y fiscal que significa someterse a un plan de reajuste estructural de los altos mandos de la economía mundial, el FMI y el BM. Sus consecuencias, terribles e injustas para muchos, provechosas y benévolas según unos pocos, han marcado los posteriores cambios económicos de cada país. Mientras México, Chile y Colombia abrazaban ciegamente la fe del libre mercado, privatizaban y vendían lo público, Egipto, Líbano y Jordania desmantelaban empresas paraestatales, acogían las especulaciones financieras de Europa y Asia y limitaban drásticamente la provisión de servicios públicos por parte del Estado. Sólo aquellos países que, ya fuera por un firme mando ideológico o por sus grandes riquezas petroleras, pudieron mantener esquemas de redistribución nacional, lograron esquivar el capitalismo financiero para profundizar el capitalismo de Estado (Libia, Venezuela y, en mucha menor medida, Ecuador). Algunos países decidieron (simplemente porque podían) combinar esquemas. Así, las monarquías del Golfo Pérsico viven cómodamente postradas sobre sus inmensas reservas de crudo, reparten significativos beneficios y servicios públicos a su población y acogen, en paralelo, los grandes capitales del mundo de la finanza sin tasarlos casi nada (en los Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, el equivalente al IETU mexicano es de 1,5%; en Arabia Saudita no existe el IVA).




En los países árabes, sobre todo en los no petroleros, el Estado fue perdiendo la primacía económica y olvidando su función de repartición de la riqueza. Ahí sí que hay un paralelismo con el grueso de América Latina. Esas liberalizaciones comerciales y financieras han mantenido a ambas regiones en una sutil región periférica que podría sin duda analizarse desde una teoría de la neo-dependencia. Sí, las megápolis de la región (El Cairo, México, Sao Paolo) son cosmopolitas y pueden ofrecer una fachada de riqueza, goce y derroche que rivalice con Londres, Oslo o Tokio. Pero sus mercados financieros son debilísimos en comparación con los de los Ámsterdam, Toronto o Taipéi. En lo absoluto, la dependencia financiera del exterior (no necesariamente de préstamos como en los años ochenta, sino de inversión privada extranjera) ha aumentado considerablemente. Si bien algunos países como México y los países petroleros del Golfo tienen reservas sólidas en dólares, los flujos de capital internos (en ocasiones igual de monopólicos), no pueden rivalizar con los externos. El capitalismo de Estado, insisto, ha dejado su lugar a uno de mercados, finanzas y esquemas bursátiles. Esa condición periférica de ambas regiones respecto al gran intercambio mundial de bienes, servicios y capitales es perforada, sutil y lentamente, por países como Brasil y Túnez que, guardando las muy debidas proporciones, han experimentado nuevos esquemas de diversificación fiscal y comercial (en la medida de lo posible, claro: Túnez sigue estando a 150km de Europa y Francia es su mayor socio, indiscutiblemente).


El Estado en el Mundo Árabe, sin embargo, jamás ha renunciado al control real de la fuerza y la violencia. No quiero decir que en América Latina sí (aunque en algunos casos sea evidente la crónica debilidad del Estado por mantener la “paz y la tranquilidad”), pero sí quiero enfatizar que en el Medio Oriente esa facultad de ejercer fuerza (y reprimir y violentar a la población) es tanto más vigente que hace treinta años. Egipto, país de 84millones, mantiene, pese a la huída de Mubarak, a más de un millón de policías. Agreguemos fuerzas armadas y servicios de inteligencia y veremos que el número es atroz. Gadafi no dudó en usar al ejército (o al menos a sus juguetes) para balear a los manifestantes. En países como Arabia Saudí, las fuerzas del orden tienen además roles moralinos y religiosos que son espantosos y muy violentos (además de denigrantes, censores y misóginos).




Y así podemos entrar a las diferencias (que son muchas más que las similitudes). En primer lugar, esa capacidad de usar la fuerza pública en contra de la población es mucho mayor en el Mundo Árabe que en Latinoamérica. Claro que el Estado puede ser represor y violento en manifestaciones públicas en lugares como Chile y Ecuador; claro que hay enorme represión contra movimientos sociales, autonomistas e indígenas en Guatemala, México, Perú y Colombia; por supuesto que hay paramilitares en Colombia, en México, en Guatemala o en El Salvador que están estrechamente ligados al aparato estatal. Pero el ejercicio de esa violencia es relativamente sutil –e incluso menor– si se compara con el Mundo Árabe: 365 muertos en Egipto, quizá 500 en Libia, decenas más en Bahréin y en tantos otros países en tan pocos días (sin contar las ya cotidianas desapariciones, ataques a sindicalizados, activistas sociales y demás), son ejemplos de lo violento que puede llegar a ser el Estado en esa parte del mundo.

Y eso quizá esté relacionado (aunque no necesariamente) con un proceso de democratización que no ha alcanzado al Medio Oriente. Jamás diré que América Latina es la panacea de las democracias modernas ni mucho menos, pero si nos ponemos justos, deberemos admitir que los esquemas de participación política y de representación equitativa han mejorado mucho en las últimas décadas de este lado del charco si los comparamos con los países árabes. Acá ha habido grandísimos cambios en Bolivia, Venezuela, El Salvador, la República Dominicana…y sin olvidar las dictaduras militares del Cono Sur que ahora son sólo un recuerdo. Vamos, incluso en México las cosas han mejorado ligeramente desde los años ochenta.

Hay, además, dos componentes sociológicos –al menos– que no deben descartarse. El primero es muy evidente y ha sido repetido ya muchas veces. Las pirámides poblacionales en el Mundo Árabe son una caja de Pandora, llena de potenciales pero también de peligros. En economías liberales incapaces de proveer bienes y empleo a hordas de jóvenes generalmente bien educados pero sin trabajo, el descontento, el reclamo y la inconformidad son alimento de las protestas. Bien que mal, en América Latina los esquemas laborales saben absorber, aunque sea mínimamente, a los recién egresados de las universidades –que son, además, menos. Y aunque es cierto que también en el Mundo Árabe han caído las tasas de fecundidad, sus índices de natalidad son todavía mayores a los nuestros. Seamos, además, un poco cínicos: los latinoamericanos gozamos de mejores redes internacionales que los árabes, lo que, en última instancia, nos facilita las cosas para desempeñarnos en el extranjero en vez de en el terruño.

Otro factor sociológico es el peso que tiene la religión en las sociedades e incluso en la política en el Mundo Árabe. Después de los gobiernos seculares de los años 50, 60 y 70, muchos países árabes han recaído en una ola de religiosidad que, seamos honestos, tiene efectos negativos en el tejido social. Hay ejemplos muy burdos pero esclarecedores: en Bagdad, Trípoli y El Cairo era muy común ver mujeres desveladas, como lo sigue siendo en Estambul, por ejemplo. Hoy ya no. Incluso bastiones del laicismo panarabista como Palestina, Túnez o Libia han perdido terreno frente al regreso del islam. No es un fenómeno malo en sí; lo que contrasta es los desequilibrios en el laicismo que esto provoca, porque entonces el Estado árabe deja de ser garante de una serie de libertades civiles y religiosas y se convierte en defensor (o cómplice) de movimientos religiosos que, sin ser los fanáticos de Al Qaeda ni de la península arábiga, son capaces de descomponer un tejido social que se antojaba más liberal, más igualitario y, sí, más democrático.

En América Latina la religiosidad vuelve (y vuelve grueso: México es un buen ejemplo, sobre todo al momento de vincular religión y política. Pero a nivel comunitario es impresionante el avance del evangelismo, por ejemplo, en Centroamérica). La diferencia, quizá, es que las religiones están recobrando fuerza en esquemas más o menos democráticos, y no bajo el auspicio de dictaduras que se inclinan cada vez más a la derecha (como es el caso árabe).Quizá esos cimientos democráticos, aunque no sean un edificio todavía, hacen las veces de válvula de escape a la congestión religiosa de algunos sectores. Digo sólo quizá porque tampoco estoy en condiciones de sostenerlo; sólo creo que es una posible explicación de entre tantas otras.

A donde quiero llegar es a un lugar común: Latinoamérica no es el Medio Oriente. Si allá explotaron estos regímenes y la gente salió a manifestarse hay que comprender que el escenario fue sumamente distinto al latinoamericano. Aquí, por ejemplo, tenemos experiencias ideológicas más firmes que allá (las guerrillas que durante décadas han fortalecido el debate ideológico en nuestros países; los partidos políticos de izquierda y derecha que también han discutido –en ocasiones desde la clandestinidad– desde cuerpos teóricos distintos a los el Mundo Árabe); en algunos países los movimientos sociales son también mucho más sólidos que en el Mediterráneo (pensemos en Bolivia). El caso es que los esquemas de revuelta, si es que los habrá en América Latina (y vaya que serán bienvenidos, sobre todo si parten de una posición ideológica más clara, de izquierda, de justicia y de igualdad), serán sumamente distintos a los del Mundo Árabe, que ahora se sostienen en demandas políticas inmediatas (democracia electoral, partidos políticos y prensa libre, por ejemplo) y en exigencias económicas precisas (empleo, nivel de vida), pero no necesariamente en críticas al sistema capitalista liberal ni en esperanzas fundadas en democracias participativas, socialistas y solidarias.

Por lo pronto, es imperativo que estos movimientos en el Mundo Árabe sigan. De ellos dependerá también una nueva configuración de esquemas políticos y económicos en el mundo que, esperemos, puedan ser más justos y solidarios que los que nos dominan hasta ahora, pero mi escepticismo prevalece.







martes, 7 de diciembre de 2010

Wikileaks a cuentagotas

Hace prácticamente una semana que Wikileaks filtró a algunos de los mayores periódicos del mundo algo así como 251 mil cables y telegramas que las distintas embajadas y consulados estadunidenses transmitieron a Washington. Los más viejos datan de 1964 y los más nuevos de septiembre de 2010. Los hay que son completamente irrelevantes, otros que no son nada confidenciales; los hay acusadores y los hay comprometedores; algunos son noticia, pero la gran mayoría son banalidades y frivolidades que ni siquiera vale la pena comentar. El gran revuelo que causaron ya es por todos sabidos y no es más noticia. No importa ya hablar sobre las reacciones de Hillary Clinton o del Departamento de Estado en general; también es cierto que todavía es pronto para determinar qué efectos tendrá la filtración de los cables para la diplomacia mundial a mediano y corto plazo. Es dificilísimo aventurarse en ese sentido porque, en concreto, nada de lo evidenciado por los cables es (o era) totalmente secreto: respecto a casi todo se habían hecho ya ciertas especulaciones, sobre todo en la prensa y en los círculos de analistas. Muchas cosas ya eran noticia y se sabían, eran, digamos, secretos a voces.

¿Qué es entonces importante? Creo que hay tres elementos esenciales para un futuro análisis de lo que sucederá con Wikileaks, a saber, 1) las cosas que no se dicen generalmente y que algunos cables ya están evidenciando. No son cosas inverosímiles o que hayan sido conservadas en excelente secreto, pero sí son revelaciones importantes para comprender cómo se reconfigura, poco a poco, el mundo de hoy. 2) Las consecuencias a mediano plazo que pueden tener estas filtraciones respecto al comportamiento diplomático e internacional en general de los Estados Unidos. Y, finalmente, 3), ¿Qué significará esto --si soy capaz de comprenderlo yo mismo-- para la diplomacia global en general? ¿Se convertirá en un asunto de seguridad cibernética como algunos ya han apuntado o revolucionará completamente la forma de hacer diplomacia y política exterior en el mundo?

1) Los cables y telegramas que el equipo lidereado (o al menos representado) por el australiano Julian Assange regalaron a varios diarios son, por lo menos, representativos (los hay de prácticamente todos los países y en buen número), claros (no hay "reportes" ni "estudios" sobre situaciones: son mensajes breves, concisos, que transmiten opiniones o hechos concretos y miedos y preocupaciones) y, por supuesto, morbosos. No es para nada relevante, en términos de ciencia política, saber si Muammar Gaddafi, presidente libio, usa botox o si Cristina Fernández de Argentina tiene problemas de esquizofrenia y bipolaridad. Pero eso sí es importante para el día a día político, el de las percepciones, los miedos y, por supuesto, los chismes. Pero esas cosas son en sí inútiles, si bien fueron las que los grandes periódicos escogieron en primer lugar (o las escogió Wikileaks, no lo sé de cierto).
Lo importante, lo más relevante, está saliendo apenas ahora. Ya publicó El País (uno de los "elegidos" por Wikileaks para este cometido junto con Le Monde, The Guardian -que se los pasó al NY Times- y Der Spiegel, entre muy pocos otros) un análisis profundo sobre los problemas de la relación bilateral entre España y los EU. Insisto, no es novedad, o al menos no es nada que no haya podido intuirse, que después de la victoria de Zapatero en 2004 y el retiro de las tropas españolas de Irak las relaciones con Washington se enfriaron radicalmente. De ahí se adivina que los grandes esfuerzos diplomáticos españoles tienen una meta fija: recuperar la confianza y el respeto de los EU. Sin embargo, los cables recién publicados por El País demuestran que Washington jamás ha considerado a España como un par con el cuál entablar negociaciones y acuerdos de igual a igual. No sólo es la preocupación por la crisis, el desempleo y las dificultades que el gobierno de Zapatero tiene para hacer pasar planes de reacomodo fiscal y austeridad presupuestaria; es, por ejemplo, la desconfianza respecto a temas de seguridad y compromiso español, como por ejemplo, ¿hasta qué punto puede EU contar en Madrid para intervenir exitosamente en el problema del Sahara Occidental? ¿Qué fuerza política tiene España con Marruecos y Argelia para empujar las cosas a una solución estable? Moratinos, jefe de la diplomacia Española, recién se quejó de que EU siga considerando a España un país de "quinta fila", aún cuando "se trata de la 8va economía mundial". Los bancos españoles son poderosísimos y salieron mejor librados de la crisis que los estadunidenses; el peso Español en América Latina es considerable (de hecho es la puerta de entrada para la Unión Europea) y los EU no pueden ignorar eso.
Otro tema relevante (y sólo es por citar dos o tres) es uno del que hablamos poco, incluso como latinoamericanos. Se trata del tristemente célebre "triángulo ingobernable" de la triple frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay. Desde hace décadas que el Departamento de Estado y muchos otros observadores insisten en que es una región explosiva en la que han brotado diversos grupos extremistas y en donde hay incluso organizaciones terroristas extranjeras que tienen bases de operación. No es inverosímil porque, de hecho, esa zona ha sido siempre baluarte del contrabando y la ilegalidad. Lo interesante, en concreto, es que, desde hace una década, se habla frecuentemente de que el partido político con brazo miliciano libanés, Hezbolá, tenga un campo de entrenamiento y de operaciones financieras, de narcotráfico y mercado de armas en la triple frontera. Los cables filtrados evidencian la preocupación estadunidense porque esa zona, posible polvorín, sea ignorada o menospreciada por los gobiernos de la región. De hecho, Brasil ha sido recurrente al insistir en que NO es una región ingobernable o que presente problemas serios de seguridad y violencia. Wikileaks, sin embargo, demostró que Estados Unidos siempre lleva su desconfianza un paso más lejos: ahora los cables del Departamento de Estado pusieron en tela de juicio el compromiso brasileño con la lucha contra el terrorismo porque, argumentan, Brasilia ha jugado un doble rol muy nocivo: por un lado niega rotundamente que haya problemas en la triple frontera --y por lo tanto no hace gran cosa al respecto--, y por el otro seduce a los EU prometiéndoles colaboración en la lucha contra el terrorismo en Medio Oriente. Vamos, la posición brasileña no es ajena a la de muchos otros países, pero lo interesante aquí es la forma en que Wikileaks logró desvelar ese juego de desconfianzas, dudas, miedos, incertidumbres y demás. Si EU es escéptico frente al compromiso brasileño para combatir el terrorismo en Sudamérica (asumiendo que lo haya, que yo no me lo creo), Brasil es incongruente y hasta cínico al colaborar, aún si es bajo el agua y en un secretismo bastate profundo, con las operaciones de inteligencia y contraterrorismo estadunidense en el Medio Oriente.
Un tercer ejemplo es el juego de lealtades y de imágenes a conveniencia que las figuras de la alta política árabe aplican respecto a Irán. Sí, la rivalidad entre Irán y los reinos suníes de la península no son novedad: sí, Arabia Saudita, Kuwait y otros apoyaron a Irak durante su larga guerra contra Irán. Hoy día hay una enorme desconfianza por parte de las realezas petroleras respecto al gobierno de Ahmadinejaad en Teherán. Temen, de verdad, que su política radicalmente antisionista y antiisraelita tenga consecuencias para sus cómodas posiciones políticas (de sumisión dirían algunos) respecto al gobierno hebreo. No es justo para Irán, por supuesto, pero en la diplomacia la justicia es francamente secundaria. La cosa es que los cables de Wikileaks hablan de muchísimos encuentros casi secretos y a título personal entre altos funcionarios saudíes, qataríes y kuwaitíes con diplomáticos estadunidenses en los que se pide una posición mucho más agresiva (léase violenta) contra las actitudes de Irán. Incluso el actual primer ministro libanés, que no es necesariamente amigo de Ahmadinejaad pero que logró ser bastante decente y amistoso cuando éste visitó Beirut, dijo a diplomáticos estadunidenses, ¡estando en una visita en Irán!, que quería ver a EU tomar acciones duras e inmediatas contra las intenciones iraníes de armarse nuclearmente (lo cual, insisto, es falso).

2) Este punto es mucho más breve. Seamos claros: el objetivo de Assange y de Wikileaks es, en el discurso, facilitar la difusión de las opiniones que finalmente influyen en la toma de decisiones respecto a los grandes temas de actualidad internacional. Esto es, democracia, transparencia y rendición de cuentas de la actividad diplomática en el globo. La petición es más que legítima y justa: es imperativa. El gran riesgo (y eso no es culpa de Wikileaks) es que pidiendo una mayor apertura y comunicación del quehacer político entre los Estados, éstos respondan, contrariamente, con mayor cerrazón, secretismo, represión, intolerancia y violencia. No bien fueron publicados los primeros cientos de cables que el Departamento de Estado se pronunció a favor de la aplicación más radical de la ley de espionaje internacional (tan utilizada durante el gobierno de Bush) que "permite" a EU hacerse de información por medios muy poco ortodoxos en cualquier parte del mundo. Argumentado, con entera falsedad a mi juicio, que miles de vidas están en riesgo a causa de la filtración de los cables (porque, se supone, servirán de información a grupos terroristas y demás enemigos del mundo libre), Hillary Clinton llamó abiertamente a la persecución cibernética y física de los implicados en las filtraciones (hoy mismo, martes 7 de diciembre, Julian Assange fue arrestado cerca de Londres donde se escondía, pese a que el gobierno ecuatoriano de Correa le había ofrecido asilo incondicional) y al castigo "con todo el peso de la ley" por desvelar secretos de Estado que son fundamentales para la seguridad de EU y del mundo entero. El cambio de actitudes por parte de la diplomacia estadunidense podrá ser terriblemente negativo: recurrir a mayor violencia y opacidad es una afrenta clara al multilateralismo y a los esfuerzos conjuntos por establecer ciertos mecanismos comunes de solución de conflictos en el mundo.

3) Creo que las filtraciones no tendrán ningún efecto a largo plazo. No van a cambiar la forma en que se hace la diplomacia o el "espionaje legal" que las embajadas en todo el mundo practican. Lo único que quizá sucederá será un cambio en la forma en que los países interesados (sobre todo EU, pero también el Reino Unido, Rusia, China o Francia) transmitan a sus capitales la información recabada. Ahora aplica perfectamente el clásico "cuando veas las barbas de tu vecino cortar...". Nadie puede luchar con éxito contra el espacio cibernético. Sin embargo, sí habrá intentos por bloquear y rastrear con mayor empeño este tipo de sitios (de hecho, Wikileaks estuvo bloqueado el domingo 28 de noviembre). Insisto en que la diplomacia no se volverá más transparente ni más democrática: será siempre un mundo de élites y de secretos, de desconfianzas, melodramas, infiltraciones y traiciones. Habrá quizá algún ingenuo que querrá hacer público todo lo que haga, y será un buen gesto, pero no tendrá eco y quizá quede en el desprestigio.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Ideología como división Izquierda-Derecha (parte 2 y última)

Uno de los mayores debates en la parafernalia cotidiana que es la política mexicana es el de las alianzas políticas para fines electorales. ¿Tiene sentido unir fuerzas para derrotar a un enemigo común? Si la política es un cálculo realista puro, ¿puedo decir que el enemigo de mi enemigo es mi mejor amigo? ¿Qué implicaciones tienen las alianzas electorales en México -si alguna tienen- con el debate más amplio de las ideologías?
Quiero notar, primero, que hay una distinción crucial. Una alianza electoral es eso, una alianza de campaña. Es muy fácil que una alianza así se resquebraje después del voto. Algo muy distinto es una alianza de gobierno que se hace DESPUÉS de las elecciones (cosa común a los regímenes parlamentarios multipartidistas). En México y pese a lo que se diga, las alianzas que están en mente de algunos políticos son electorales. Con enorme dificultad encontraremos discursos y propuestas de gobiernos conjuntos (aunque eso no significa que no los haya).
En 2009 el PRI fue una aplanadora. Con un elevado porcentaje de la votación se hizo de una indiscutible mayoría simple en el legislativo y, con el apoyo de los incongruentes del partido Verde, ganó la mayoría absoluta. La disciplina legislativa no es comparable con la de otros países, pero no porque no la haya, sino porque es distinta. Me explico: en el Congreso de la Unión el PRI (o cualquier otro partido) suele votar como bloque. Pero no hace eso en relación a un proyecto claro de gobierno o de oposición. Tampoco lo hace refiriéndose abiertamente a una potencial alianza con otros partidos (se habla mucho de PRIAN, pero en ocasiones es difícil encontrarlo en los registros de votación, aunque muchas veces sí). Así como el PRI apoyó al PAN al momento de incrementar el IVA, un año después decidió que daría un paso atrás en su decisión y votaría en contra.
Esa incoherencia política no es exclusiva del PRI. En general, los partidos políticos mexicanos votan así porque no están acostumbrados a (o no quieren) encontrar compromisos con sus semejantes. No es indispensable en un sistema presidencialista bipartidista, pero sí lo es cuando hay al menos tres fuerzas políticas más o menos parejas porque hay que lograr mayorías convincentes (y legítimas). Así, una alianza postelectoral (al estilo parlamentario) obliga a los partidos involucrados a cuadrarse ante un proyecto que emana directamente del acuerdo previo a la toma de protesta del nuevo gobierno pero posterior al día de las elecciones. En el modelo mexicano, las alianzas legislativas serían mucho más eficientes si se hicieran después de los comicios y en función de acuerdos comunes de oposición o de gobierno. No es todavía el caso.
Pero el punto esencial de las alianzas electorales es, hoy día, por puestos del ejecutivo, ya sea municipal, estatal o incluso federal. Ahí la puerca tuerce el rabo. ¿Cómo es posible que un mismo individuo pueda comulgar con dos ideologías distintas, en el supuesto de que cada partido defienda una en particular? Si el candidato de dos o más partidos gana, ¿cómo configurará su gabinete?, ¿cómo ordenará sus preferencias?, ¿cuál será su relación con la oposción? Los partidos a los que representa, ¿se comportarán ambos como gobierno en el legislativo o no? ¿Serán acaso oposición?
Hay un par de argumentos convincentes para justificar las alianzas electorales para el ejecutivo. Uno es pragmático y poquitero y el otro es idealista pero profundo.
El primero es muy claro. Si hay un partido político o un sujeto que ocupa un cargo X y que se comporta como una verdadera bestia en el poder, ¿qué opciones reales existen para quitar al político/partido en cuestión? Muy sencillo: se espera a las próximas elecciones y se busca una candidatura común. Es un poco el argumento contra Ulises Ruiz. Si un cerdo despiadado, asesino, ladrón y comeniños como él gobierna en Oaxaca, qué mejor que sacar al PRI (su partido y su gente) con una alianza entre PAN y PRD. Es, a mi juicio, un argumento válido para situaciones muy precisas (Ulises Ruiz asesino, sí), pero completamente vacío si se empuja la función política de la democracia a un nivel que sobrepase lo momentáneo y lo individualista.
El segundo es un poco más complejo. Se trata de la convicción de que sólo mediante acuerdos, pactos y negociaciones la cultura democrática en México prosperará realmente en lugar de quedarse estancada. Si los partidos, sin importar sus banderas ideológicas, son capaces de negociar acuerdos a corto, mediano y largo plazo, entonces está bien que hagan alianzas, pues eso sería un reflejo de la colindancia de proyectos o la coincidencia de objetivos y metas políticas. Insisito en lo complejo del argumento, pues, aunque reconozco la importancia de mejorar los esquemas democráticos y de consenso en todos los niveles políticos de la vida mexicana, no puedo quedarme con una visión tan simplista de la política como consenso eterno y la democracia como el consenso final. No. Hay que aceptar que la disputa es parte esencial de la oposición de intereses y, por lo tanto, de ideologías. Si dos partidos políticos pueden aliarse, entonces ¿por qué no se convierten en uno mismo? Ahh, no, porque mantienen sus visiones distintas acerca de otros temas, sólo que para uno en particular lograron un acuerdo. Difícil de creer.
Pero más allá de ese par de argumentos, me inclino más por pensar que en el contexto mexicano las alianzas electorales para puestos ejecutivos son (y serán) una farsa.
En primer lugar, son el producto de una intención coyuntural e inmediata: obtener el poder a costa de casi cualquier cosa. En segundo lugar, son un engaño profundo al elecotrado, pues así como pueden presentarse como antagónicos en algunos puntos, ahora insisten en dar la imagen de comunicación y acuerdo para un tema preciso. Y en tercer lugar, desdibujan sistemáticamente sus bases ideológicas. Ese es el meollo que sigue.
Yo sí pienso que los partidos mexianos siguen un cuerpo de principios, valores y metas que podemos intentar llamar ideología. Sí creo que el PAN en todos sus sectores manifiesta una ideología de derecha, conservadora en lo social y liberal en lo económico. Claro que hay sectores laicos y otros muy religiosos; unos más tolerantes que otros. Pero es, básicamente, un partido que manifiesta los puntos centrales de la derecha: desigualdad, democracia representativa y parcial, consenso como la meta última (a costa de muchísima violencia y explotación), favoritismo a los grandes capitales...El PRI, aunque no lo parezca, también defiende una línea ideológica de derecha, sólo que ésta es matizada por un contexto histórico que proveyó de discursos populares y hasta izquierdistas al partido. ¿De dónde creen que salieron los primeros tecnócratas neoliberales? del PRI. Por supuesto, esos individuos ya no llevan la voz cantante en el partido, pero no por ello la inclinación económica de sus postulados ha transitado al socialismo. Tampoco son los grandes impulsores de políticas sociales verdaderamente redistributivas (i.e, no capitalistas), y, cuando lo hacen tímidamente, es siempre dentro del sueño corporativista politizado, acarreador y desigual. El PRD, a pesar de sus malestares intestinales, mantiene posturas más o menos claras respecto a su idea de sociedad más equitativa. Pero a nivel económico sus inclinaciones no son muy claras, y mucho menos homogéneas. ¿Redistribución total? ¿Socialismo? ¿Fin de los grandes capitales? Tal parece que no.
Pero aunque a mí no me convenzan las propuestas ideológicas generales, no significa que no las tengan. Y es precisamente por ello que resulta difícil aceptar que las alianzas electorales pueden desdibujar tan sencillamente los postulados políticos de origen. ¿Cómo puede convivir el impulso perredista capitalino de la liberalización social -aborto, matrimonio homosexual, seguro de desempleo...- con un conservadurismo panista muy arraigado y una expectativa económica muy liberal y basada en los mercados internacionales y la acumulación de capital? Difícil, ¿cierto?
Pongámonos en contexto.
En 2010 hubo, si no me equivoco, once elecciones gubernamentales en el país. Se temió que las once las ganara el PRI. Cuando sólo ganó ocho, muchos saltaron de júbilo. Bien, el PRI ganó sólo ocho, pero, siendo estrictos, ningún otro partido ganó alguna de las tres restantes. Fueron las alianzas entre PAN y PRD que se llevaron Sinaloa, Puebla y Oaxaca. La defensa incondicional fue que por fin salieron los MariosMarines, los UlisesRuices y sus huestes. Bien, punto a favor. ¿Y qué sigue? ¿Habrá gobiernos de gabinete mixto? ¿Habrá balance entre políticas de izquierda y de derecha? Difícil de preveer, pero el perfil político de las alianzas, hechas con el beneplácito del sector más conservador del PRD, nos sugiere que no. Quizá sea más acertado pensar que a nivel municipal, en los cabildos, las alianzas políticas tienen más futuro, pues en concreto la experiencia democrática es mayor ahí. Pero los gabinetes estatales y federales están pensados según el modelo británico de "el vencedor se lleva todo". ¿Qué ajustes habrá? Digo, porque en eso no pensaron cuando se fueron juntos a la campaña, agarraditos de la mano.
En 2011 el cuento posiblemente se repetirá en el Estado de México y, si todo les sale bien a los "aliancistas", también en 2012 para la fiesta grande. Desde la derecha priísta (Peña Nieto) y desde el amlismo (corriente de izquierda que no es, definitivamente, la izquierda de la izquierda) se critica y jitomatea a las alianzas. Los más cínicos (sobre todo panistas y chuchos), dicen que AMLO le está haciendo el juego a Peña Nieto (claro, la derecha sí puede defender alianzas, pero si hay comunidad de intereses entre sus enemigos, entonces es chacoteo político), pero lo cierto es que él sólo refleja un miedo que muchos mexicanos tenemos: ¿qué coños significará una alianza entre PAN y PRD? ¿Por qué no mejor se unen en el congreso para sacar adelante reformas políticas -a ver si se ponen de acuerdo- en vez de comprometer el panorama ideológico de los candidatos y confundir más al electorado?
Las alianzas electorales son, pues, una farsa mexicana. Si las ideologías de los partidos políticos no están definidas entonces la solución es definirlas mejor; no colgarse de ese chafa argumento para buscar alianzas "contranatura". Si en países como Suecia (donde cuatro partidos de centro y de derecha gobiernan juntos) o Alemania (donde incluso hubo una alianza nacional entre socialdemócratas y cristianodemócratas de derechas) --y no digamos nada de Líbano, ahí es un relajo-- las alianzas postvoto "funcionan" (en Alemania no), eso es resultado de una serie de condiciones locales que acá no tenemos, pero, sobre todo, es resultado de un mecanismo distinto de alianzas: Angela Merkel no se lanzó al ruedo diciendo que era candidata del SPD y del CDU al mismo tiempo. Para ella -y para los electores- estuvo siempre muy claro que era del CDU. La alianza se hace a posteriori para dar lugar en el gabinete a los partidos políticos que representan el voto popular en el parlamento.
Pero si en México decidimos, por ejemplo, que Alonso Lujambio defenderá al sol azteca junto con el panismo, bien podemos pensar que es el acábose. ¿Qué significará eso? ¿Estarán en el mismo gabinete progresistas de la talla de Ebrard o Andres Manuel (muuuuy hipotéticamente) junto con conservadores como Lozano, Horcacitas y Vázquez Mota? Admitámoslo: esos escenarios ni siquiera están en la mente de los políticos aliancistas. Ellos piensan, por ahora, en el resultado inmediato.
Y quizá por eso las ideologías están valiendo queso: porque lo inmediato se come lo trascendental.