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jueves, 19 de agosto de 2010

Desembolsar por bolsas


Solemos decir que un primer paso imprime una dirección y que, por lo tanto, el simple hecho de darlo garantiza o condiciona un seguimiento importante. En muchos casos eso resulta falso, y me parece que en el caso de la iniciativa ecológica en DF la desilusión será aún mayor.

Hace ya casi cuatro años que Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del DF, impulsa pequeñas ideas de corte ecologista en una ciudad tan caótica y maravillosa como es México. Qué duda cabe que las intenciones son honestas y prácticas, además de responder a una necesidad y a una prioridad ineludible: el medio ambiente corre innumerables riesgos. Cierto.

Así, Ebrard ha impulsado nuevos mecanismos de transporte público, promovido el uso de medios alternativos de transporte (léase bicicleta) y recreado ciertos espacios públicos para intentar conectar sociedad y medio ambiente. La tarea es titánica, aceptémoslo, pero en ocasiones los enfoques son errados. ¿No será a caso que las iniciativas “freso-ecológicas” buscan ganarse el apoyo de un sector medio-alto de la sociedad capitalina que no necesariamente vota por el PRD, como lo hacen las capas más humildes? Si las motivaciones son electoreras, ojalá vayan por buen camino.

Los resultados han sido claros. La Ciudad de México vive hoy sus mejores días en términos de polución del aire desde hace unos 25 años; los programas de hoy no circula, combinados con la posibilidad de invertir en mejores carros por parte de las clases mejor acomodadas, han dado resultados claros; jardines y parques públicos, aunque desafortunadamente siempre en los barrios más clasemedieros y altos, han vuelto a florecer. Y claro, hoy día se puede ya utilizar un sistema público de bicicletas (aunque todavía a riesgo de perecer bajo el capó de un cafre al volante).

Eso, sin embargo, no quita que falta mucho y el gobierno lo sabe. En aras de seguir en esa dinámica, el gobierno capitalino promulgó una ley que prohíbe a los grandes establecimientos comerciales regalar bolsas de plástico a sus clientes. Aun cuando suena muy bien, las limitaciones son enromes. En primer lugar, cuando un cliente quiera bolsa deberá pagar por ella. La culpa está entonces mal balanceada, pues no es sólo el cliente el que quiere bolsas de plástico, sino es el comerciante quien las ofrece. ¿Por qué no podrían ser gratis las bolsas biodegradables o de otro material que el plástico? ¿Podría ser un gasto en el que incurra el comerciante, bajo la estricta prohibición de no aumentar los precios de sus productos?

En segundo lugar, limitar las bolsas de plástico como medio de carga y almacenamiento de productos es un tanto supino: de todos modos los supermercados seguirán dando bolsas ligeras de plástico en frutas y verduras, pan dulce, quesos, carnes, pescados…En tercer lugar, si a gasto innecesario de plástico nos vamos, no son las bolsas del supermercado las más dañinas: envases no retornables (presumidos por su comodidad, carajo), plásticos y envoltorios, “bandejas protectoras”, triple forro, aluminio… Bajo una serie de reglamentaciones de lo más idiotas, los controles de calidad obligan a que los productos cuenten con todas esas enormes cantidades de plásticos y envolturas. Una barbarie.

¿Es de verdad mucho pedir que sean todas esas baratijas de plástico las que desaparezcan junto con las bolsas? Porque a mí me queda claro que el problema tiene que ver con el origen mismo de nuestro modo de consumo: empaques sellados y protegidos, envases no retornables por flojera y comodidad, bolsita para todo (como si no pudiéramos cargar con nuestras manos o en nuestras mochilas). Alguien decía que prohibir las bolsas no biodegradables no tendría efecto alguno si no se empezaba por separar efectivamente la basura. El punto es cierto. Y no podemos separar efectivamente la basura si, sencillamente, tenemos tanta basura.

Así que ya saben. La próxima vez que compren algo, no sólo no pidan bolsa (que si no se las cobrarán), sino que de plano eviten los productos en embalajes tan complicados.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Tómatelo con filosofía

"Tómatelo con filosofía" es una versión más refinada e intelectualoide de los más comunes "ya ni pedo" o "vele el lado bueno". Dicen que en México siempre nos tomamos las cosas por el lado bueno, con filosofía, y hacemos chistes del terremoto del 85 que catorce segundos después ya van de boca en boca por toda la ciudad. Quisiera contribuir a esa buena costumbre mexicana siguiendo tal cual la ya mencionada frase.
En febrero me asaltaron. Ya pasó un buen rato y no es de extrañarse que desde hace varios meses haya pensado en formas amenas y divertidas de ver lo sucedido. Algunas de ellas aparecieron de nuevo hoy en mi mente, así que decidí plasmarlas en este mísero blog.

La Ontología y el Existencialismo Cuando el sujeto, gordo, mamado y chaparro (un vil tapón de alberca) te sorprende con una frase de lo más rebuscada: "Somos la rata". ¡Ay guey! El trasfondo de esa reflexión existencial es impresionante: hay un considerable grupo de bípedos chimpanzóicos que tienen dos opciones en su mísera existencia. Pasar la mañana rascándose las hinchadas verijas o salir a la calle a asaltar, extorsionar, golpear o apuñalar al primer despistado (claro que cualquier bípedo no chimpanzóico consideraría muchas opciones más, como salir a echar la cáscara, buscar chamba, ir a la escuela o barrer la azotea). Ese grupo multiplica su propia fuerza e influencia con la creación de esa imagen en el otro. "Somos la rata" implica que el que te asalta no está solo; muy al contrario, forma parte de toda una hermandad roedora y sobrereproducida que te atormentará durante días. Te observan, te siguen, te molestan... en el fondo sí son como pinches ratas.

La Epistemología puesta a prueba (experimentación)
Resulta que otra reflexión sesuda e indigestible sirve como carta de presentación. "Tengo una pistola, ¿la quieres ver?" (Albureros abstenerse). Dejando muy claro que PUEDE haber una pistola, el individuo quiere que creas que HAY una pistola. La pregunta que sigue es meramente una hipérbola más: "¿La quieres ver?" no sólo reafirma la existencia de la mentada pistola, sino que pone a la víctima en una tesitura científica muy concreta: "¿Tengo interés en comprobar, mediante falsación popperiana y reformulación hipotética, que el sujeto gorilezco frente a mí porta un arma?" La respuesta más obvia, o en todo caso aquélla de supervivencia elemental es "no, paso".

La Axiología pisoteada.
El marco valorativo se desploma. En términos de estética general, el reloj usado, feo, de cápsula rayada, casi sin pila y con la correa más rijosa y apestosa de la ciudad pasa a cobrar enorme importancia para el orangután que te amedrenta, aunque su mísero botín de guerra valdrá menos de siete chicles en la Buenos Aires. Tu discman cuasi noventero es una mina de oro para el musélido de dos toneladas que tienes enfrente aún cuando gran parte de la poblaciónqueescuchamúsicaeneltransportepúblico ya usa su celular (más caro que el maldito discman), un reproductor mp3 de República de El Salvador y Eje Central o, si estás en la línea 3 entre universidad y centro médico o en la naranja por Polanco, un iPod.

Positivismo como último recurso Confío en el potencial educador de nuestra gran sociedad para erradicar de las mentes de los pobres chavos de la doctores la idea de asaltar al primer despistado. Confío en el progreso de la ciencia y la tecnología que abaratarán absurdamente mi próximo reproductor de música, mi nuevo celular y mi reloj sin pila. Confío en el individuo babuínico que desarrollará un verdadero sentimiento de amor y respeto de lo más profundo hacia sus responsabilidades contractuales para con la sociedad que le rodea. Bla bla bla bla.


Me tomé el asalto con filosofía