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miércoles, 22 de octubre de 2014

Narcoburguesía

La detención de uno de los Beltrán Leyva, el “H”, marca nuevamente un hito en la intrincada y difícil lucha contra el narco. Me gustaría argumentar que no se trata necesariamente –o no únicamente–de una victoria más que algún funcionario federal pueda convertir en medalla para su solapa, si bien ése es precisamente el significado que se le da siempre desde las altas cornizas del poder político del Estado. Creo que algo muy revelador, que conecta con argumentos que muchos especialistas han estado diciendo desde hace años pero los medios convencionales suelen ignorar, es el vínculo directo que existe entre la élite del narcotráfico y la élite económica “legal” del país. Un puente entre ambas es el ahora infame Germán Goyeneche, quien siempre fue un “reconocido empresario queretano” y cuyo vínculo con las mafias más violentas del país tanto sorprende a las clases bien y a sus panfletos comunicativos.

Nada nuevo bajo el sol. La narrativa clásica acerca del narcotráfico insiste en que los grandes capos “infiltran” la economía “legal”. Se visten de traje y corrompen las dinámicas de los honrrados empresarios mexicanos. Habría, si seguimos este argumento, una diferencia clara entre la riqueza que han amasado los capos a través de asesinatos, sangre y sufrimiento, y el capital acumulado por los empresarios bien gracias al sudor de sus frentes, el esfuerzo de su visionaria perspectiva económica y los resultados de una atinada red de contactos. Por eso, cuando aparecen individuos-puente entre ambos mundos opuestos, éstos son considerados simples “errores del sistema”, individuos de una gran bajeza moral que engañaron a sus pares en el mundo de los negocios honestos y se dejaron seducir por el canto de las sirenas criminales.

Habrá algo de cierto en ello. Pero esa narrativa ha ignorado sistemáticamente una serie de análisis, tanto teóricos como prácticos que, con toda la autoridad profesional posible, llevan años sugiriendo cosas totalmente distintas. Se trata ahora de defendere ad nauseam la idea de que no hay tal diferencia entre ambas élites: en todo caso, habría una diferencia de grado, pero jamás de fondo. Parafraseando a Les Luthiers, las élites del narcotráfico se han servido de delitos, explotación, extorsión y abuso de poder para afianzar su riqueza y posición, mientras que las élites de la economía formal han consolidado su fortuna a través de… caray, ¡qué coincidencia!

La historia del capitalismo es multicolor y compleja. Al lado de ingenuos y quizá honestos emprendedores, conviven truhanes y farsantes de la más baja especie. La acumulación de capital en manos de grandes empresarios de renombre es, en 70% de los casos diría yo, el resultado de una larga historia de explotación, abuso, corrupción política, extorsión y, seguramente, violencia (en el 30% restante se trataría de lo mismo, sólo que sin la violencia directa y quizá sin corrupción). Los grandes empresarios enriquecidos gracias a guerras intestinas, conflictos armados de todo tipo, prohibiciones y redes de tráfico ilegal (armas, prostitución, lo que ustedes quieran), lavaron sus apellidos gracias a hijos que se inscribieron a Harvard, consiguieron un fascinante puesto en algún bufette de abogados o algún grupo directivo de alguna otra empresa, invirtieron en la bolsa, compraron propiedades y se dedican, ahora, a hacer negocios “de manera limpia”. E incluso los empresarios que no tienen pedigree abiertamente criminal son absurdamente ricos porque los engranes del capitalismo giran en su favor: explotación del trabajo, apropriación de la plusvalía y acumulación de capital.

La brutal violencia y el descaro desmesurado con los cuales los narcotraficantes de hoy obtienen y acumulan su riqueza se debe a una mezcla de condiciones estructurales, limitantes legales y conjuntos de valores socio-culturales que los ponen en una u otra posición (des)favorable. Pero, en escencia, las dinámicas de acumulación y los objetivos económicos de las élites del narcotráfico no difieren de las expectativas y los objetivos que las élites capitalistas se han propuesto durante siglos. Para muchos “empresarios bien” las cosas pintan ahora de manera positiva, a tal punto que ya no es necesario ser abiertamente cínico y decir que el fin justifica los medios. Pero para los predecesores de esos empresarios bien, así como para los narcos de hoy, esa máxima moral no se discute siquiera. Unos matan y trafican droga; otros mueven sus capitales hacia paraísos fiscales, evaden impuestos, cabildean por reformas neoliberales del trabajo, de hacienda, y destruyen a la competencia y al trabajo organizado con actitudes ilegales o, cuando ya cambiaron las lesyes a su gusto, inmorales. Hay, insisto, una diferencia de grado.

Ahora bien, no se trata de justificar las dinámicas de un grupo u otro pues ambas son deplorables. Se trata únicamente de reconocer que el narcotráfico, igual que cualquier otro tráfico ilegal, juega con las mismas reglas estructurales del capitalismo con las que juegan otros sectores de la economía “formal”. No significa que juegen (o que debieran dejar de jugar, más bien) con las mismas reglas legales e institucionales. Por supuesto que defiendo una legislación progresista que prohiba y castigue severamente la trata de personas o el tráfico de armas. Pero no me hago ilusiones respeceto de un modelo económico y de sociedad que por un lado se comprometa a perseguir la trata de personas y el narcotráfico, pero que por el otro cierre olímpicamente los ojos ante la rapacidad intrínseca con la que las élites de la burguesía acumulan riquezas a costa del trabajo de las mayorías. Y peor: no sólo cierra los ojos, sino que incluso favorece y premia tal conjunto de relaciones sociales como la cosa más eficaz y hasta justa.

En todo caso, la proximidad del naroctráfico con los grupos empresariales “legales” es un tema que debe ser estudiado con mucha mayor precisión. No sólo desde el punto de vista de las articulaciones o pivotes (individuos-puente, como Goyeneche), sino desde la perspectiva de las dinámicas estructurales de acuerdo a las cuáles operan todos los grupos cuyo objetivo último es la maximización de sus ganancias y la acumulación de capital para los fines que sea.  También hay espacio para un argumento acerca del comportamiento de esta ‘narcoburguesía’, de las relaciones sociales que construye y de la manera en la que éstas se asemejan o se distancian de los viejos patronalismos y clientelismos del capitalismo mexicano. No es extraño que un tradicionalista capo de la drogra haya construido su reputación con base en escuelas y hospitales apadrinados y financiados por él. Curiosamente, lo mismo ocurre con Teletones, becas Santander y cualquier otro ejemplo de “capitalismo responsable” con el que nos crucemos. Unos lavan dinero; otros eluden impuestos. Al final de cuentas, la filantropía es moneda de cambio para comprar conciencias, pero también un componente importante de este capitalismo global. Por otro lado, y como argumentaba The Observer recientemente en el Reino Unido, los nuevos cárteles y mini cárteles mexicanos (empezando por los Zetas y siguiendo hoy con los Guerreros Unidos) se ven obligados a recurrir a métodos de lo más sanguinarios en un mercado totalmente liberalizado, descontrolado e incierto. Suceden cosas similares con los hedge funds en las bolsas del mundo entero, con los combates subterráneos de las grandes cadenas de supermercados, con las guerras intestinas de las compañías de seguros… No hay decapitados, pero hay, sin duda, una manera mucho más violenta de hacer negocios que bajo las viejas cobijas del capitalismo paternalista de los años 70s. Y con las condiciones económicas cambian también las actitudes y las percepciones sociales.

miércoles, 30 de julio de 2014

Ataques a los 'Pasivos Laborales': de nuevo espadas desenvainadas contra el sindicalismo

El sector privado ha destrozado México de muchos modos. Ya, jóvenes. No me digan que ya estaba destruido, o que por destruir no quedaba mucho, o que no lo hizo solito. Esa discusión nos puede llevar días –aparte de que tendrán razón en algunas cosas. Pero este texto es una opinión con algunas reflexiones. Como sea, el sector privado es una nube de langostas al mejor estilo bíblico-postfaraónico. Una plaga. Tiene efectos variopintos, desde la agudización de las desigualdades hasta la entronización del consumo como pináculo de nuestras miserables vidas individualistas. Sí, también ha creado riqueza en momentos históricos particulares y, en algunas excepciones, ha logrado distribuirla (o por lo menos reducir la pobreza, que no es igual). Ha sido capaz de diseñar nuevas tecnologías y de expandir su uso. Pero la mayoría de las veces, sobre todo desde una perspectiva de justicia social y de progreso, cada arista positiva está empañada por una secuela de explotación, marginación y enriquecimiento de unos pocos a costa del no enriquecimiento de unos muchos. Podríamos crear un calendario de adviento para todo el año (o todo el cuaternario): cada día abriríamos la portezuela que toca y descubriríamos un papelito diciendo “razón 1,516,099: el sector privado apesta porque…”.
Hoy toca una. La manera en que el sector privado mexicano, a través de dinámicas de empleo y de socialización en torno a la propiedad privada de los medios de producción, creó la imagen del individuo que sólo cuenta consigo mismo y que desprecia cualquier institucionalización de la solidaridad social (históricamente lograda a través del Estado). Un ejemplo fantástico es el debate que hoy arrea a unos cuantos en México sobre los pasivos laborales. Corrijo; un ejemplo fantástico es el hecho que éstos se llamen pasivos laborales, y que la gente acepte con tanta tranquilidad la teoría de que son una inaceptable protuberancia de nuestro imperfecto sistema social.
¿Pasivos? Claro. Si al conjunto de pensiones, prestaciones, seguros médicos, garantías laborales y demás beneficios que han costado décadas de lucha sindical y obrera lo llamamos, ahora, un pasivo, inmediatamente le quitamos algo así como 99.96% de su relevancia social y política. Un pasivo suena a algo que siempre estuvo ahí, que no cambia y que, posiblemente, no sirve para un carajo. Si a un activista lo llamamos criminal, lo desprestigiamos de inmediato. Si a todo esto lo llamamos pasivo, lo estamos echando por el caño. El adjetivo ‘laboral’ no ayuda. La primera imagen que podría venirnos a la mente al escuchar “pasivo laboral” es la de un burócrata obeso e incapaz de hacer cualquier otra cosa que mandarnos a la ventanilla siguiente. “Pasivo laboral” suena a una combinación imposible entre flojera y trabajo, o un empleo que consiste en ser pasivo, al contrario de un empleo que necesite de cierta actividad.
Y aquí entran los individuos que –creen que– sólo cuentan con sí mismos. Basta leer a gente como Sergio Sarmiento en Reforma, o echarse las caricaturas de Calderón (caray, qué coincidencia, también en Reforma -y en esta entrada de bló) para comprender que existe un sector significativo de mexicanos que pretende que esos “pasivos laborales” son, a priori, un abuso hecho y derecho. Grandes elefantes, enormes cargas fiscales para los ciudadanos de a pie, y en un descuido hasta paraísos y cornucopias para astutos líderes sindicales. La gente nos dirá que los pasivos laborales, ahora que de pronto “los descubrimos”, son un enorme estorbo. Que nunca debieron existir. Que no sirven para nada excepto fomentar a los vividores del presupuesto. Obviamente, esos mismos son los que se consideran contribuyentes cautivos porque, visto que sus hijos van a escuelas privadas, no usan el metro y quizá rara vez visiten sitios arqueológicos del INAH, sienten que sus impuestos son demasiados y que no sirven para nada.  
Tienen algo de verdad: los contratos colectivos de grandes sindicatos como el de Pemex, el SNTE o la CFE ofrecen ejemplos de prestaciones y beneficios que podrían parecer aberrantes. Es cierto que miles de aviadores han succionado como viles sanguijuelas los fondos de pensiones y las arcas sindicales. No hay mentira si se afirma que, bajo las condiciones actuales, tales riquezas fueron directa o indirectamente extirpadas del contribuyente medio. Sin embargo, estos altos clasemedieros “anti-Estado” erran al pensar que tales beneficios laborales son aberrantes en relación a las prestaciones que sus abusivos empleadores privados les ofrecen a ellos. La realidad es que son aberrantes en comparación con lo que la mayoría de los mexicanos puede gozar (y la mayoría de estos mexicanos trabaja para el sector privado o para el sector informal, que en términos prácticos y teóricos es un sector privado todavía más ojete y explotador que el privado “formal”). En un contexto tantito más justo y parejo, las condiciones que los contratos colectivos garantizan a sus signatarios serían tan sólo normales comparadas con el resto del país, incluido el tacaño sector privado. Claramente, México no es aquel contexto más justo y parejo.
Esta gente, que si pudiese abriría una sucursal del Tea Party en el país, tiene otro punto veraz: la corrupción que rodea todo esto. El abuso de poder, las ojetísimas malversaciones y un largo etcétera. El enorme problema es que, curiosamente, no se preguntan por qué ocurre u ocurrió todo eso. El hecho de que los consideren “pasivos” refleja justo eso, que para esta gente los fondos de pensiones nacieron así: corruptos y abusivos. Ni les pasa por la mente pensar en lo que implicó en términos de luchas sindicales (sindicatos que ellos, naturalmente, desprecian); no piensan en absoluto en las implicaciones positivas que aquella lucha sindical ha tenida para sus asfixiadas prestaciones laborales en el sector privado. Las leyes laborales que bien o mal aplican también para el sector privado no son resultado de graciosas concesiones de nuestras caritativas élites, sino el fruto de un buen número de plantones, marchas, huelgas (que, igual que a los sindicatos, esta gente desprecia) y demás movilizaciones con contenido de clase. Y, de alguna manera u otra, eso ha permeado. Aun así, parece que no es bueno. ¿Vacaciones? ¿Para qué, para parecernos a Francia? No, mi buen: fíjate en el gabacho, ahí descansan 7 días al año, por eso son potencia. ¿Educación pública? ¿Ésa en donde todos los profes son aviadores y ratas oaxaqueñas? Paso. ¿Salud gratis? Ni que fuéramos Cuba.
Porque así es, estimados. Los “pasivos laborales” han costado esfuerzo y lucha política. Las razones por las cuales muchos de ellos son, en efecto, una carga para el contribuyente y una pesadilla para los tecnócratas, están, de hecho, ligadas a las mismitas dinámicas socio-económicas que caracterizan las relaciones sociales en el sector privado. Las estrategias de acumulación aplicadas por las ratas sindicales para embolsarse millones de pesos no son muy distintas a las que han aplicado banqueros y empresarios en contextos diversos. Privatizar los fondos de un individuo, sea a través de un sindicato charro o de un banco, es eso: privatizar. La desigualdad creada entre un puñado de privilegiados trabajadores del petróleo y una masa de pequeños burócratas, profesores rurales y enfermeras del Seguro es la misma que existe entre los afortunados mandos de confianza de las grandes empresas y las masas de empleados aplastados y explotados en las compañías privadas, del tamaño que sean.
Por otro lado, y reconociendo y criticando profundamente la mediocridad y la corrupción en los liderazgos de estos sindicatos, debe quedarnos claro que los “pasivos laborales” de los que ahora se habla son, de hecho, los únicos que todavía existen más o menos en su forma original (PEMEX, CFE, etc). La abrumadora mayoría de los mexicanos perdió gran parte de sus privilegios (si los tenía) entre 1982 y 2007-8, cuando el gobierno de Calderón impulsó la reforma de pensiones del IMSS (una reforma privatizadora, claro está), o cuando LyFC fue desmantelada. ¿Posible conclusión? Me gustaría decir que los sindicatos más combativos son aquellos que conservan una serie de privilegios más o menos estable. Tristemente, la verdad es que, históricamente, los sindicatos mexicanos más combativos han sido pisoteados por el Estado y el sector privado, y son los más acomodaticios, más charros y más corruptos los que han mantenido estos privilegios para sus trabajadores. Es un tristísimo escenario para la lucha trabajadora de hoy, pero no es un tristísimo origen de los “pasivos laborales”.
El punto es que ninguna crítica a los “pasivos laborales” es válida si no se explica el proceso histórico que les dio origen y, sobre todo, si no se deja muy claro que la alternativa a ellos, según como la presentan las élites de hoy, es la privatización formal de los fondos. Éste sería un proceso que probaría el punto de los marxistas: la tarea del Estado y los intereses de la élite son lo mismo: mantener aceitada la maquinaria que garantiza la acumulación de capital a costa del trabajo de las mayorías. Mientras nuestros queridos compatriotas que presumen no deberle nada a “papá gobierno” (porque tienen changarro, trabajan para una empresa privada o se dedican al comercio) se rasgan las vestiduras cuando leen acerca de los “inaceptables beneficios laborales” que existen en el sector público (que no social), nosotros debemos explicarles con paciencia y garrote que se equivocan. Porque su discurso legitima, todavía más, dinámicas de despojo y desigualdad que se entronizan como la panacea del sector privado.   


miércoles, 20 de noviembre de 2013

De petróleo, privatización y movilización

En el colmo de la ironía, la estrategia política y discursiva de la izquierda mexicana es una de conservación de lo existente (conservadora?), y esto es muy evidente en la discusión en torno al petróleo. Ni en la práctica ni en el discurso se habla ni se hace nada al respecto de la evidente privatización del petróleo que ocurre desde hace décadas. En primer lugar, la política cardenista del 38 no rompió con las estructuras capitalistas de la producción y la comercialización del petróleo en México: dio un giro estatista, de centroizquierda, que mantuvo vivo un aparato discursivo progresista. Pero estatizar o nacionalizar no es sinónimo de socializar, y los recursos naturales en México, ni legal ni prácticamente, jamás han sido socializados. En segundo lugar, el esquema bajo el que funciona la producción petrolera en el país, y las condiciones con las cuales se crea, acumula y distribuye la ganancia, tiene, desde hace varias décadas, más elementos privados que públicos, y prácticamente ningún elemento social.

a)      Un sindicato corrupto y desligado de cualquier proyecto productivo en donde el control efectivo de la producción y la ganancia resida en los trabajadores de PEMEX –ni se diga en “el pueblo” mexicano. Con el liderazgo más opaco y despolitizado –que no desligado del aparato político- de la historia de la galaxia, el sindicato de petroleros actúa bajo esquemas de privatización de las ganancias derivadas de la producción, y esto es indefendible.

b)      Una burocracia nacional tecnócrata e igualmente desvinculada de los procesos productivos, que ha succionado sistemáticamente la plusvalía petrolera y, bajo el cada vez más falso argumento de distribuirla, se ha enriquecido, lo cual es otro elemento del carácter privado de la PEMEX de las últimas décadas.  

c)       La privatización ‘formal’ de apéndices de PEMEX, como MEXLUB en los 90s.

d)      La participación de PEMEX como “empresa pública” en un mercado internacional que nadie dudaría en adjetivarlo de capitalista. La compleja forma en que operan estos mercados mundiales me es casi desconocida, pero sé lo suficiente para sugerir que las ganancias que se generan mediante los diversos intercambios financieros, tecnológicos y productivos terminan frecuentemente en manos privadas (incluso en fondos de inversión gestionados directamente por PEMEX, pero cuyos réditos jamás serán distribuidos).

e)      Obviamente, como punto a resaltar, el hecho de que las gasolineras operan de jure y de facto como órganos privados de la comercialización y distribución de la gasolina. Todos queremos defender al petróleo del pueblo mexicano con la vida, pero no nos detenemos a pensar que cada vez que compramos gasolina enriquecemos directamente a algún inversionista privado.

f)       Todo tipo de contratos (de riesgo o como quieran llamarlos) que han existido desde el inicio de la historia de PEMEX. Nos cortamos las venas porque estos contratos existirán ahora en la parte del proceso productivo, pero ni nos inmutamos por el hecho de que existen desde hace tiempo en otros sectores de la empresa. Y todo eso es, en efecto, privado.

Faltan seguramente varios elementos. Mi punto es el siguiente. Defender al petróleo como símbolo de las reliquias estatistas del pasado mexicano es irónico porque ni discute el hecho de que la mayor parte de las dinámicas productivas en torno a PEMEX son ya privadas, pero sobre todo, porque NO DISCUTE DE FONDO el argumento central que debería resultar de este proceso: la propiedad privada de los medios de producción y de los instrumentos generadores de riqueza es el enemigo a vencer. Mientras aquellos patrióticos defensores del petróleo sigan ignorando olímpicamente la necesidad de hablar de socialismo, de analizar desde una perspectiva materialista y de clase la realidad económica del país, no tendrá ningún caso exigir un no a la reforma energética cuando, aún si ésta no se realizara, tenemos ya una PEMEX privada casi en su totalidad.

Ahora bien, unirse a la movilización es fundamental. Les parece contradictorio que lo diga ahora? No lo es. La movilización que existe desde hace varios veranos en torno a la defensa del petróleo es la mejor plataforma para difundir análisis y reflexiones de este tipo. Si el liderazgo de esta movilización no lo hace (porque no le pasa siquiera por la mente), nosotros sí que deberíamos hacerlo.  Además, la movilización es el proceso ideal por el cual se crean los vínculos de solidaridad y conciencia que son fundamentales para cualquier tipo de sólida organización con objetivos revolucionarios. Es fundamental entrar al juego desde esta perspectiva y no tener un comportamiento sectario bajo el argumento de que el Peje y sus seguidores no son socialistas (porque evidentemente no lo son), y que por lo tanto cualquier apoyo a sus movilizaciones es una claudicación ante la causa. No. El día que ellos tengan mucho menor poder de movilización, porque la gente habrá descubierto que, en el fondo, defienden también un modelo capitalista de sociedad,  entonces habrá otros liderazgos a la cabeza de la movilización –y ésta, en su carácter socialista, será mucho más democrática.


lunes, 12 de agosto de 2013

El petróleo mexicano ya es privado. Pero siempre puede ser peor.

Se ha escrito y dicho demasiado sobre el petróleo mexicano en las últimas semanas. No he leído, en justa proporción, nada (o casi nada). Pero basta con echar un vistazo a los títulos de los artículos, de las columnas y de los análisis para darse cuenta que prácticamente nadie llegó al debate con un "El Capital" bajo el brazo. Eso sí, todos han leído los modelos noruegos, brasileños, británicos y quizá hasta qataríes... pero me sorprendería ver que, en algún periódico de talla y calidad mediana, apareciese un artículo con dimensiones más bien político económicas (o marxistas).

En el fondo, PEMEX por sí misma no me importa porque desde siempre ha funcionado como empresa capitalista. El problema es la lógica a la que se quiere someter toda la producción petrolera y lo que eso refleja de las dinámicas económicas en México y en el mundo, además de la argumentación falaz detrás de todas las propuestas de reforma. ¿Cómo explican PRI y PAN que "la participación del sector privado en exploración y extracción del petróleo" no significará "privatización de la paraestatal"? 
Es evidente su mentalidad supina. Si las dinámicas productivas dan lugar a la participación del capital, entonces hay un proceso de privatización. Punto. No tenemos que llegar al extremo en el que PEMEX "pertenezca" a Slim o a Chevron-Texaco (de todos modos, por las distintas relaciones mercantiles en las que está metida la empresa, su plusvalía ya pertenece más a capitales privados y burocracias inútiles que al pueblo de México -sea lo que sea que eso sea-): la privatización ocurre y ha ocurrido desde que aspectos claves de exploración, producción y comercialización están ligados a dinámicas capitalistas, nacionales o globales. 
¿Por qué? Básicamente por la inserción de una unidad productiva como PEMEX en las complejas redes de la economía capitalista. No diré aquí si eso es bueno o malo, sólo diré que así es. Esto es, la manera en la que PEMEX obtiene tecnología (aunque mala y vieja), insumos para sus procesos de exploración y perforación y demás actividades; la manera en que comercializa lo obtenido del subsuelo; la forma en que negocia, pacta, compra-vende y subasta acciones de empresas de todo tipo, acuerdos con filiales o con pequeños peces de talla insignificante; los métodos por los cuales la gasolina es refinada (muchas veces en refinerías privadas de los EU) y vendida en México.... todas esas dinámicas obedecen a lógicas capitalistas, a procesos productivos cuya finalidad es la acumulación de capital. 
Como todo proceso productivo, hay clases sociales y grupúsculos dentro de éstas que salen más beneficiados que otras. En este caso, hay un sector particular de la élite sindical y burocrática que gana. La burguesía industrial gana, ya sea a través de sus contratos con PEMEX, de sus vínculos con empresas extranjeras que refinan y distribuyen hidrocarburos, o simplemente debido al subsidio que PEMEX y sus derivados obtienen del Estado, que a su vez se convierten en subsidios a la producción para las empresas de la burguesía industrial mexicana. La élite política gana, quién sabe si directamente a través de grandes sumas de dinero (como piensa AMLO), pero seguramente sí a través del prestigio político que está cosechando con los grandes capitales nacionales y extranjeros.

PEMEX ya es privada, no por el argumento simplista del sindicato parasitario que se enriquece con su producto, sino por la red de capitales que de manera directa o indirecta se benefician de su posición en las cadenas productivas. PEMEX podría ser todavía más privada (siguiendo la lógica del continuo cualitativo, y no de dos opuestos absolutos entre los cuales se transitaría inmediatamente), pero también podría serlo menos. Y para eso no hay que volver al statu quo (o a las erróneas interpretaciones que el PRI hace de lo que Lázaro Cárdenas decía): hay que pensar en cómo podría PEMEX convertirse en un ejemplo, en una punta de lanza de restructuraciones profundas de las dinámicas productivas, de tal suerte que no sea una lógica capitalista la que guíe su acción, sino una lógica socialista.

El modelo Amlista de defensa del petróleo no cambiaría mucho las cosas: un Estado rentista, con un claro interés de clase (que, déjenme decirlo señoras y señores, no se trataría de la clase obrera) y una burocracia sobredimensionada, seguiría administrando la plusvalía petrolera, redirigiéndola, a veces, a proyectos reformistas de carácter social. Es decir, más o menos como en los años cincuenta. No se escuchan elementos como propiedad colectiva en manos de los trabajadores, planificación central y democrática, acceso a insumos y distribución del producto por vías distintas a las de los mercados actuales... Lo mejor que se puede leer es la idea de la autonomía de gestión, en donde sigue habiendo lagunas y que define la autonomía únicamente en oposición a la injerencia del Estado, pero no en cuanto a su necesaria independencia de las lógicas capitalistas. 

Ahora bien, ¿puede crearse una empresa que no opere en una lógica capitalista cuando toda la economía al rededor suyo lo hace? No. Punto. No se puede aspirar a vivir en un oasis de producción colectiva si tu desierto está repleto de dunas que operan según la lógica de la obtención de plusvalía y la competencia. Es como el sueño autonomista de las comunas hippies. No se puede. Pero, obviamente, eso no debe convertirse en canto a la derrota y el pesimismo. Las estructuras quebrarán por su propio peso (y espero estar vivo para entonces), pero incluso si no lo hacen, las contradicciones serán tan abrumadoras y evidentes que algo tendrá que pasar. La pregunta, como siempre, es si el capitalismo será capaz de reinventarse a sí mismo para salir del paso. Por lo pronto parece que se ha quedado corto de ideas, pero todavía tiene muchísimo ímpetu que aprovechar.

Quizá PEMEX no sea todavía privada en cuanto al estatus legal que ocupa, pero para fines prácticos (productivos, y por lo tanto complejos), ya lo es. Cuando un servicio público beneficia más a la minoría que a la mayoría, ya es privado. Claro que lo que quieren hacer nuestros queridos partidos políticos es facilitar el proceso de privatización para acelerar la acumulación de capital. Lo mismo pasaría con el potencial desarrollo tecnológico y los niveles productivos. Pero eso no cambiará las contradicciones elementales de la existencia de PEMEX, híbrido moribundo entre las dinámicas capitalistas a su alrededor, y su posición clave en un aparato rentista y corporativista que, esquizofrénicamente, quiere deshacerse de ella pero no puede dejarla ir. 

sábado, 1 de octubre de 2011

Vive cuando debas vivir; muere cuando debas morir (Parte I)

No es fácil, y aún así discutir el tema es de lo más relevante. Quisiera hacer algunos apuntes, en tres textos distintos, sobre tres temas que tienen que ver con la vida y la muerte, si bien no necesariamente están relacionados. Se trata del aborto, de la pena de muerte y del suicido. Apuntes breves y cargados de opinión y subjetividad, como me gusta. Eso sí, los tres están más que contextualizados en la sociedad y la política mexicana. Tienen que ver con percepciones y realidades, con leyes y con prácticas. Vámonos pues.

Aborto. En México es ilegal. No nos engañemos, pues no significa que no se practique ni que haya partes del país donde esté permitido. Pero a nivel nacional no existe una disposición clara al respecto. No es legal, pero su penalización no es evidente (como lo es en otros países). El carácter federal del Estado mexicano permite que se pueda legislar al respecto en los estados. Eso es bueno y malo. Bueno porque permite que subentidades políticas tomen decisiones trascendentales y malo porque no hay homogeneidad nacional. Subjetivamente, diré que es bueno porque en el DF es legal y malo porque hay estados que lo penalizan. Además de eso, el asunto es más profundo porque invita a pensar en:

- Cuándo inicia la vida y cuándo termina. La vida biológica, como división celular, empieza con la concepción. La vida humana (sensorial, motriz, afectiva) empieza varios meses después –quizá todavía en la panza materna. La vida social empieza con el nacimiento o, aunque podríamos discutir si el vínculo que se establece entre el feto y su madre o su entorno no es ya vida social. En cualquier caso, la vida humana y la vida social no empiezan antes del tercer mes de embarazo. La vida termina con la muerte, así de sencillo. Si no hay vida, no hay muerte, y entonces no se llama aborto sino interrupción del embarazo (es como que una enfermedad interrumpa tu proceso de división celular en el páncreas; no mueres por tanto).

- Si valen más los derechos de una mujer que los de un cigoto (porque todavía no es feto). No lo creo: los derechos de la mujer (reproductivos, afectivos y sexuales) se complementan con sus propios derechos sociales (derecho a la salud, a un entorno digno, a buenos servicios). Cualquiera de ellos supera los derechos de un cigoto. El grave error de las legislaturas locales que determinan que la vida inicia con la fecundación es que no acompañan esa decisión de derechos jurídicos, humanos y sociales efectivos para el cigoto o para el feto. No estoy cayendo en el absurdo de que se le dé derecho al voto o se le obligue a pagar impuestos; hablo de derechos como la protección jurídica (más allá del aborto como “asesinato”, ¿qué hay del maltrato, la irresponsabilidad en el cuidado o la mala alimentación, por ejemplo), derechos de salud y entornos adecuados… No, estas leyes totalmente sesgadas no contemplan nada de eso y prefieren limitarse, escandalosamente, a buscar la penalización del aborto y el reconocimiento casi religioso de la vida desde la concepción sin pensar en las implicaciones de ello.

Más allá de que haya enormes fallas constitucionales (que si es prerrogativa de los estados o del país; que si se puede realmente legislar respecto de la vida y la muerte en la Constitución), lo importante es lo que social y políticamente significa este circo. La derecha (porque sí es, por lo general, un debate izquierda-derecha), argumenta estúpidamente que las madres que abortan deben ser castigadas porque están “matando” a una persona. Dicen también que los que defienden el aborto prefieren cuidar ballenas y arbolitos que proteger a los de su propia especie. También creen que las autoridades que promueven la despenalización del aborto incitan a que se haga, por lo que están invitando al “genocidio”, al asesinato y a la desmoralización del individuo, la familia y la reproducción humana. Todos esos argumentos están rondando por ahí –y hay muchos más.

La izquierda debe ser muy cuidadosa. Hay quienes estúpidamente también suponen que, como “un niño pobre, no deseado y que vive en condiciones de miseria tiene 90% de posibilidades de convertirse en criminal, entonces hay que abortarlo”. No. El aborto no es ningún mecanismo preventivo de la defensa del crimen o la inseguridad. El aborto es tan importante y tan sentimentalmente complejo que no se puede tomar así a la ligera.

Finalmente, la discusión sobre el aborto es totalmente idiota por una simple razón: los seres humanos vivimos en comunidades políticas que llamamos Estados y gobiernos. Éstos deben garantizar igualdad de derechos, oportunidades y condiciones materiales de vida a todos los ciudadanos, a la vez que todo se desarrolle en un ambiente de verdadera libertad. Por eso, el aborto, sencillamente, debe ser legal y todos los esfuerzos deben dirigirse a promover que las mujeres y sus parejas elijan LIBREMENTE si quieren abortar o no. La información debe ser abundante y la libertad total. De lo contrario, se pueden cometer muchos abusos. Pero lo importante es que esté permitido hacer una cosa o la otra. NO ES LO MISMO si hablamos de asesinato, robo o violación, precisamente porque es un hecho que los cigotos NO gozan de derechos políticos ni sociales y tampoco tienen, creo, condiciones humanas. No digo que sean monstruitos, o infrahumanos: sólo digo que pesan mucho más los derechos de las mujeres y las parejas, así como las consideraciones reales respecto de cómo será la vida del infante no deseado, con padres no preparados y en situaciones adversas y precarias.

No se trata, por lo tanto, de discutir públicamente si el aborto es moral o no –eso lo podremos discutir buena onda entre cuates, con familia y pareja, incluso en ciertos foros académicos y públicos, pero no desde el Estado. Es, al contrario, una práctica médica que debería ser totalmente legal, como cualquier otra. Y la decisión, que tomará en cuanta todas las consideraciones de las que ya hablé y muchas más, tendrá que ser respetada.

miércoles, 9 de marzo de 2011

CosmopoDeFe

Estamos tan absortos en la emigración de mexicanos hacia los Estados Unidos y en el paso de migrantes centroamericanos (aunque, cada vez más, de todos los rincones del mundo), que pocas veces nos sentamos a pensar en las migraciones que tienen por destino final (y no azaroso) a nuestro bonito país. Sí, ya sé qué están pensado, que México no es el “melting pot” ni el “salad bowl” que son los EU o Francia. Y tienen toda la razón. Pero a lo largo de los siglos este país ha crecido demográfica y culturalmente gracias a la llegada de distintas comunidades extranjeras que, por alguna razón u la otra, decidieron, un buen día, que el país del frutsi y el huachinango no era, en el fondo, tan mala opción.

Durante el siglo XIX no dejaron de llegar españoles, franceses, ingleses, dos o tres alemanes, italianos que no cabían en los barcos hacia Buenos Aires y hasta algunos polacos judíos a la tierra del camote y las tunas. De todos esos grupos estamos más o menos conscientes: Nueva Italia en Michoacán o Chipilo en Puebla nacieron cuando los italianos, arrogantes y observadores de sus propios ombligos como son, decidieron juntarse todos a vivir en su tradicional escándalo. Los grupos de menonitas son, básicamente, hijos de Fritz y Helga, ambos llegados de algún lugar de la Pomerania lluviosa buscando la sequía y el atroz calor del desierto mexicano.

Y luego ni hablar del exilio español, que vino a enseñarnos tantísimas cosas con esos chulos republicanos que huían del franquismo. Miles de mexicanos hoy día pueden reclamar su nacionalidad peninsular porque alguno de sus abuelos vino mentando ostias contra los fachas y fue recibido a brazos abiertos por mi general Cárdenas. En algún momento, todos los Kascinski Smolensko o Walesa (exagero –y miento– en los tres nombres, claro) que profesaban la religión de Anna Frank y que tenían antojos por una buen solecito cuernavaquense (o, más bien, que los estaban persiguiendo los nazis en Europa del Este), llegaron al país del mole para hacer carrera, tener hijos y poner tienda o banco. A muchos polacos les debemos, por ejemplo, la excelente calidad de nuestras orquestas sinfónicas, así como más de un buenísimo trabajo antropológico. Algo parecido sucedió con tantos chilenos, argentinos y uruguayos que, engañados por la imagen revolucionaria del PRI, vinieron a enriquecer nuestras universidades y equipos de fútbol cuando en sus países los militares se divertían tirando gente al mar desde avionetas en pleno vuelo.

Pero lo importante no es eso, porque bien que mal, sobre todo en la capital, conocemos ya esas historias a través de los nietos y bisnietos de quienes cruzaron fronteras para llegar aquí. Casi sin temor a equivocarme (pero sí sabiendo que generalizo), les puedo adelantar que prácticamente toda esta gente forma parte de las clases medias altas y altas de nuestra sociedad, participan activamente en todo tipo de manifestaciones culturales y académicas, son dueños de importantes empresas, negocios y demás sueños capitalistas y viven cómodamente integrados a la socialité mexicana, sin por ello descuidar el contacto con los suyos: uno puede todavía darse una vuelta por el Club Gallego a escuchar… pues gallego; o pasearse por la Condesa para ver viejitos parloteando en el idioma de Serrat; o perderse una tarde de viernes en Polanco y ver a los chilpayates con kipá que confundidos asisten a leer la Torá. Muchos de nosotros tenemos algún amigo o conocido que sea producto de una bonita mezcla entre el pueblo del maíz y algún hijo de anarquistas vascos, de judíos de Cracovia o de porteños montoneros.

A mí lo que hoy me llama más la atención es la migración más reciente… si es que de verdad lo es (y, si no, yo recién me estoy dando cuenta). Tengo la impresión de que México, o al menos la ciudad de México, sí se está convirtiendo poco a poco en una ciudad cosmopolita más allá de los colegios de paga (el alemán, el franco-mexicano o el angloamericano), más allá de los bares de la condesa y los talleres artísticos de Coyoacán. Creo que, desde hace unos veinte años pero hoy día con mayor intensidad, nuevos grupos de inmigrantes mucho más pobres y, sobre todo, mucho menos bienvenidos por la sociedad y el gobierno mexicano de lo que fueron aquellos de los que ya escribí, están llegando al país de los baleros y capiruchos.

Primer dato. Hace unos años leía, sorprendido, que los congoleños (de la RDC) conforman 48% de los inmigrantes que en México solicitan (y eventualmente obtienen) el estatus de refugiados. Una cuarta parte son colombianos y los demás son un verdadero tutti-fruti (hay desde chilenos hasta afganos, pasando por marfileños y hasta bosnios). Dudo mucho (y me encantaría equivocarme) que esos refugiados y sus familias vivan cómodamente en un departamento de la Del Valle, vayan a la escuela en Coyoacán y hagan su súper en el Superama. Dudo que los mexicanos a su alrededor seamos tan incluyentes y amables como lo somos con los 100 mil europeos (bueno, de la UE) que viven en el país de los tamales o con el millón de estadunidenses que vive tranquilamente acá.

Por mi casa, un poco más al Este (es decir, la sección Noreste de la colonia Narvarte, la Álamos y de ahí hacia Tlalpan), veo cada vez más árabes y turcos, caribeños y africanos. Desde hace algunos años se habla de la porosidad de nuestra frontera sur y de cómo entran por ahí inmigrantes de los cuatro rincones del mundo cuyo destino final es EU. Pero, en este caso, creo que se trata de gente que viene directamente a instalarse a México. Ya Eddie, un eterno alumno-profesor-investigador del Colmex nos invitó, alguna vez, a una fiesta que su comunidad haitiana en México organizaba. Por cualquier estupidez yo no fui a esa fiesta, pero me platicaron mis cuates, que fue impresionante. Era de verdad como pasearse por Puerto Príncipe escuchando a todo mundo hablar en creole, bailando algo entre reggae, Calipso y cualquier otra cosa y, en un descuido, practicando santería.

Como la haitiana, no dudo que muchas otras comunidades caribeñas y africanas estén creciendo en el DF. Es cada vez más común ver negros en el metro y en cualquier espacio público. Alguna vez, David Recondo, profesor francés que está de sabático en el Colegio, nos platicaba que su hijo pequeño, al ver un negro en la calle aquí en el DF, le dijo “mira papá, un negro, ¡como en Francia!”. La anécdota, que si se le atribuye a cualquier adulto podría sonar racista, evidencia, según yo, una realidad que está ganando terreno en México. No somos todavía la banlieue parisina ni el East London o el Harlem. No hablamos todavía de guetos de inmigrantes (bastante tenemos con nuestros numerosos compatriotas “del interior”, muchos de ellos de origen indígena, que se hacinan en las horribles colonias periféricas de nuestra metrópoli). No tenemos todavía un ejército de inmigrantes trabajando en las fábricas, en obras públicas o vendiendo piratería (nosotros tenemos ya bastante pobreza).

Pero sí comienza a verse que en el DF los patrones migratorios se están actualizando y que, por lo menos, México es reconocido como un país más o menos rico (o más o menos pobre) que está mejor posicionado que Haití, Jamaica o El Salvador y que puede ofrecer ciertas oportunidades a quienes, como todos los migrantes del mundo, se aventuran a lo desconocido. Por que las historias de la inmigración no son siempre alegres. Mucho se habla de la zona al Este de Circunvalación, en el centro, donde, cerca de la Merced, uno puede encontrarse a las mafias rusas y a la prostitución de mujeres de Europa del Este. Ciudades sureñas como Tapachula son claros ejemplos de la segregación, la humillación y la violencia que los inmigrantes en México deben soportar, ya sea para después llegar a EU (un inmigrante “de tránsito” tarda, en promedio ¡27 días en llegar a la otra frontera!) o para instalarse amablemente en México.

¿Que si podemos compararnos con algún país en situación similar? No lo sé. Quizá algún otro latinoamericano, como Colombia, que en algún momento recibió una gran oleada de inmigrantes árabes, o Ecuador que, al parecer, alberga cada vez más grupos africanos. Brasil es un ejemplo que corresponde a otra división, pues la historia de inmigraciones es quizá tan variada como la de EU y las comunidades afrobrasileñas, libanobrasileñas, italobrasileñas o loqueseabrasileñas son muy numerosas. Además, el caso mexicano sigue siendo muy particular debido a que miles y miles de compatriotas siguen yéndose a EU cada año: México difícilmente será un receptor neto de inmigrantes (quise decir imposiblemente).

Lo relevante, a final de cuentas, es la disposición que, como mexicanos (o como capitalinos) tendremos para socializar, en el sentido más sociológico del término, con estos inmigrantes. Porque es muy diferente ser inmigrante del primer mundo (algo así como inmigrante “por ocio” o por alguna otra condición mucho más placentera –diplomacia, trabajo en una universidad o empresa transnacional, etc) que inmigrante de un país pobre que viene a México a ganarse el pan. La integración de los primeros es relativamente sencilla, sobre todo porque su autoexclusión (o aislamiento) les es incluso benéfico (pienso, por ejemplo, en las colonias británicas a principios de siglo en México: bien podían vivir juntos jugando tenis y golf en las Lomas y no toparse con otro mexicano además del que les boleaba los zapatos). También porque se integran con otras herramientas muy apreciadas, ya sean artísticas, intelectuales o, aceptémoslo, financieras.

En cambio, la integración (y digo integración pero podría ser cualquier otra palabra; sé muy bien que es un término espinoso, sobre todo si analizamos todas las demás experiencias de migración en el mundo) de los inmigrante de países más bien pobres es quizá más complicada. Me ha tocado ver a varios negros (disculpen la imprecisión, pero no sé si son caribeños o africanos) que volantean o venden baratijas en las calles; no he visto un solo inmigrante europeo hacerlo (a menos, claro, que use rastas y venda pulseras en Masunte). Los inmigrantes de estos países no vienen a impresionar a nadie con sus multilingüismos, sus diplomas universitarios o sus requintos en el banjo; vienen a buscar trabajo y se acabó; algunos incluso vienen escapando de alguna guerra fuerte en casa. Si somos cínicos podemos pensar que, al venir así, ellos mismos no esperan “integrarse” a la sociedad mexicana. Pero no es cierto. En el fondo, sucede que la sociedad mexicana está todavía sorprendida de que empiecen a llegar estos inmigrantes. Es el momento a aprovechar, el de la sorpresa que permite, en teoría, un trato amable, incluyente y feliz hacia los inmigrantes. Cuando la sorpresa deja lugar a la incomodidad, la crítica o algo peor, entonces sí que se está en graves problemas.

Yo sólo diría que todos ellos son más que bienvenidos (conocen ya mi animadversión hacia las fronteras, los visados, los controles, las cuotas de inmigración y demás tarugadas), que si vamos a jugar a la globalización debemos jugarla completita y no a medias tintas. Y que si un par de jamaiquinos me enseña más y mejor reggae, ¡yo encantado!

miércoles, 27 de octubre de 2010

Ideología como división Izquierda-Derecha (parte 2 y última)

Uno de los mayores debates en la parafernalia cotidiana que es la política mexicana es el de las alianzas políticas para fines electorales. ¿Tiene sentido unir fuerzas para derrotar a un enemigo común? Si la política es un cálculo realista puro, ¿puedo decir que el enemigo de mi enemigo es mi mejor amigo? ¿Qué implicaciones tienen las alianzas electorales en México -si alguna tienen- con el debate más amplio de las ideologías?
Quiero notar, primero, que hay una distinción crucial. Una alianza electoral es eso, una alianza de campaña. Es muy fácil que una alianza así se resquebraje después del voto. Algo muy distinto es una alianza de gobierno que se hace DESPUÉS de las elecciones (cosa común a los regímenes parlamentarios multipartidistas). En México y pese a lo que se diga, las alianzas que están en mente de algunos políticos son electorales. Con enorme dificultad encontraremos discursos y propuestas de gobiernos conjuntos (aunque eso no significa que no los haya).
En 2009 el PRI fue una aplanadora. Con un elevado porcentaje de la votación se hizo de una indiscutible mayoría simple en el legislativo y, con el apoyo de los incongruentes del partido Verde, ganó la mayoría absoluta. La disciplina legislativa no es comparable con la de otros países, pero no porque no la haya, sino porque es distinta. Me explico: en el Congreso de la Unión el PRI (o cualquier otro partido) suele votar como bloque. Pero no hace eso en relación a un proyecto claro de gobierno o de oposición. Tampoco lo hace refiriéndose abiertamente a una potencial alianza con otros partidos (se habla mucho de PRIAN, pero en ocasiones es difícil encontrarlo en los registros de votación, aunque muchas veces sí). Así como el PRI apoyó al PAN al momento de incrementar el IVA, un año después decidió que daría un paso atrás en su decisión y votaría en contra.
Esa incoherencia política no es exclusiva del PRI. En general, los partidos políticos mexicanos votan así porque no están acostumbrados a (o no quieren) encontrar compromisos con sus semejantes. No es indispensable en un sistema presidencialista bipartidista, pero sí lo es cuando hay al menos tres fuerzas políticas más o menos parejas porque hay que lograr mayorías convincentes (y legítimas). Así, una alianza postelectoral (al estilo parlamentario) obliga a los partidos involucrados a cuadrarse ante un proyecto que emana directamente del acuerdo previo a la toma de protesta del nuevo gobierno pero posterior al día de las elecciones. En el modelo mexicano, las alianzas legislativas serían mucho más eficientes si se hicieran después de los comicios y en función de acuerdos comunes de oposición o de gobierno. No es todavía el caso.
Pero el punto esencial de las alianzas electorales es, hoy día, por puestos del ejecutivo, ya sea municipal, estatal o incluso federal. Ahí la puerca tuerce el rabo. ¿Cómo es posible que un mismo individuo pueda comulgar con dos ideologías distintas, en el supuesto de que cada partido defienda una en particular? Si el candidato de dos o más partidos gana, ¿cómo configurará su gabinete?, ¿cómo ordenará sus preferencias?, ¿cuál será su relación con la oposción? Los partidos a los que representa, ¿se comportarán ambos como gobierno en el legislativo o no? ¿Serán acaso oposición?
Hay un par de argumentos convincentes para justificar las alianzas electorales para el ejecutivo. Uno es pragmático y poquitero y el otro es idealista pero profundo.
El primero es muy claro. Si hay un partido político o un sujeto que ocupa un cargo X y que se comporta como una verdadera bestia en el poder, ¿qué opciones reales existen para quitar al político/partido en cuestión? Muy sencillo: se espera a las próximas elecciones y se busca una candidatura común. Es un poco el argumento contra Ulises Ruiz. Si un cerdo despiadado, asesino, ladrón y comeniños como él gobierna en Oaxaca, qué mejor que sacar al PRI (su partido y su gente) con una alianza entre PAN y PRD. Es, a mi juicio, un argumento válido para situaciones muy precisas (Ulises Ruiz asesino, sí), pero completamente vacío si se empuja la función política de la democracia a un nivel que sobrepase lo momentáneo y lo individualista.
El segundo es un poco más complejo. Se trata de la convicción de que sólo mediante acuerdos, pactos y negociaciones la cultura democrática en México prosperará realmente en lugar de quedarse estancada. Si los partidos, sin importar sus banderas ideológicas, son capaces de negociar acuerdos a corto, mediano y largo plazo, entonces está bien que hagan alianzas, pues eso sería un reflejo de la colindancia de proyectos o la coincidencia de objetivos y metas políticas. Insisito en lo complejo del argumento, pues, aunque reconozco la importancia de mejorar los esquemas democráticos y de consenso en todos los niveles políticos de la vida mexicana, no puedo quedarme con una visión tan simplista de la política como consenso eterno y la democracia como el consenso final. No. Hay que aceptar que la disputa es parte esencial de la oposición de intereses y, por lo tanto, de ideologías. Si dos partidos políticos pueden aliarse, entonces ¿por qué no se convierten en uno mismo? Ahh, no, porque mantienen sus visiones distintas acerca de otros temas, sólo que para uno en particular lograron un acuerdo. Difícil de creer.
Pero más allá de ese par de argumentos, me inclino más por pensar que en el contexto mexicano las alianzas electorales para puestos ejecutivos son (y serán) una farsa.
En primer lugar, son el producto de una intención coyuntural e inmediata: obtener el poder a costa de casi cualquier cosa. En segundo lugar, son un engaño profundo al elecotrado, pues así como pueden presentarse como antagónicos en algunos puntos, ahora insisten en dar la imagen de comunicación y acuerdo para un tema preciso. Y en tercer lugar, desdibujan sistemáticamente sus bases ideológicas. Ese es el meollo que sigue.
Yo sí pienso que los partidos mexianos siguen un cuerpo de principios, valores y metas que podemos intentar llamar ideología. Sí creo que el PAN en todos sus sectores manifiesta una ideología de derecha, conservadora en lo social y liberal en lo económico. Claro que hay sectores laicos y otros muy religiosos; unos más tolerantes que otros. Pero es, básicamente, un partido que manifiesta los puntos centrales de la derecha: desigualdad, democracia representativa y parcial, consenso como la meta última (a costa de muchísima violencia y explotación), favoritismo a los grandes capitales...El PRI, aunque no lo parezca, también defiende una línea ideológica de derecha, sólo que ésta es matizada por un contexto histórico que proveyó de discursos populares y hasta izquierdistas al partido. ¿De dónde creen que salieron los primeros tecnócratas neoliberales? del PRI. Por supuesto, esos individuos ya no llevan la voz cantante en el partido, pero no por ello la inclinación económica de sus postulados ha transitado al socialismo. Tampoco son los grandes impulsores de políticas sociales verdaderamente redistributivas (i.e, no capitalistas), y, cuando lo hacen tímidamente, es siempre dentro del sueño corporativista politizado, acarreador y desigual. El PRD, a pesar de sus malestares intestinales, mantiene posturas más o menos claras respecto a su idea de sociedad más equitativa. Pero a nivel económico sus inclinaciones no son muy claras, y mucho menos homogéneas. ¿Redistribución total? ¿Socialismo? ¿Fin de los grandes capitales? Tal parece que no.
Pero aunque a mí no me convenzan las propuestas ideológicas generales, no significa que no las tengan. Y es precisamente por ello que resulta difícil aceptar que las alianzas electorales pueden desdibujar tan sencillamente los postulados políticos de origen. ¿Cómo puede convivir el impulso perredista capitalino de la liberalización social -aborto, matrimonio homosexual, seguro de desempleo...- con un conservadurismo panista muy arraigado y una expectativa económica muy liberal y basada en los mercados internacionales y la acumulación de capital? Difícil, ¿cierto?
Pongámonos en contexto.
En 2010 hubo, si no me equivoco, once elecciones gubernamentales en el país. Se temió que las once las ganara el PRI. Cuando sólo ganó ocho, muchos saltaron de júbilo. Bien, el PRI ganó sólo ocho, pero, siendo estrictos, ningún otro partido ganó alguna de las tres restantes. Fueron las alianzas entre PAN y PRD que se llevaron Sinaloa, Puebla y Oaxaca. La defensa incondicional fue que por fin salieron los MariosMarines, los UlisesRuices y sus huestes. Bien, punto a favor. ¿Y qué sigue? ¿Habrá gobiernos de gabinete mixto? ¿Habrá balance entre políticas de izquierda y de derecha? Difícil de preveer, pero el perfil político de las alianzas, hechas con el beneplácito del sector más conservador del PRD, nos sugiere que no. Quizá sea más acertado pensar que a nivel municipal, en los cabildos, las alianzas políticas tienen más futuro, pues en concreto la experiencia democrática es mayor ahí. Pero los gabinetes estatales y federales están pensados según el modelo británico de "el vencedor se lleva todo". ¿Qué ajustes habrá? Digo, porque en eso no pensaron cuando se fueron juntos a la campaña, agarraditos de la mano.
En 2011 el cuento posiblemente se repetirá en el Estado de México y, si todo les sale bien a los "aliancistas", también en 2012 para la fiesta grande. Desde la derecha priísta (Peña Nieto) y desde el amlismo (corriente de izquierda que no es, definitivamente, la izquierda de la izquierda) se critica y jitomatea a las alianzas. Los más cínicos (sobre todo panistas y chuchos), dicen que AMLO le está haciendo el juego a Peña Nieto (claro, la derecha sí puede defender alianzas, pero si hay comunidad de intereses entre sus enemigos, entonces es chacoteo político), pero lo cierto es que él sólo refleja un miedo que muchos mexicanos tenemos: ¿qué coños significará una alianza entre PAN y PRD? ¿Por qué no mejor se unen en el congreso para sacar adelante reformas políticas -a ver si se ponen de acuerdo- en vez de comprometer el panorama ideológico de los candidatos y confundir más al electorado?
Las alianzas electorales son, pues, una farsa mexicana. Si las ideologías de los partidos políticos no están definidas entonces la solución es definirlas mejor; no colgarse de ese chafa argumento para buscar alianzas "contranatura". Si en países como Suecia (donde cuatro partidos de centro y de derecha gobiernan juntos) o Alemania (donde incluso hubo una alianza nacional entre socialdemócratas y cristianodemócratas de derechas) --y no digamos nada de Líbano, ahí es un relajo-- las alianzas postvoto "funcionan" (en Alemania no), eso es resultado de una serie de condiciones locales que acá no tenemos, pero, sobre todo, es resultado de un mecanismo distinto de alianzas: Angela Merkel no se lanzó al ruedo diciendo que era candidata del SPD y del CDU al mismo tiempo. Para ella -y para los electores- estuvo siempre muy claro que era del CDU. La alianza se hace a posteriori para dar lugar en el gabinete a los partidos políticos que representan el voto popular en el parlamento.
Pero si en México decidimos, por ejemplo, que Alonso Lujambio defenderá al sol azteca junto con el panismo, bien podemos pensar que es el acábose. ¿Qué significará eso? ¿Estarán en el mismo gabinete progresistas de la talla de Ebrard o Andres Manuel (muuuuy hipotéticamente) junto con conservadores como Lozano, Horcacitas y Vázquez Mota? Admitámoslo: esos escenarios ni siquiera están en la mente de los políticos aliancistas. Ellos piensan, por ahora, en el resultado inmediato.
Y quizá por eso las ideologías están valiendo queso: porque lo inmediato se come lo trascendental.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Nacionalismos septembrinos

Y dale con el Bicentenario. ¿Qué interés guardan las representaciones de la nación, de su glorificada historia y sus inescrutables héroes para el ciudadano común? ¿Qué relación tiene la idea misma de "festejar" (insisto en que el término es el correcto) el Bicentenario con la de la nación?
Los grandes espectáculos y la bonita parafernalia no son exclusivas de la Nación en abstracto. Creo que a casi todos nos encantan las inauguraciones de los juegos olímpicos o el festival de Cannes o qué sé yo; cosas que no obedecen necesariamente al orgullo nacional (aunque podría darse el caso).



Vamos a poner algunas cosas sobre la mesa. Pareciera que los nacionalismos decimonónicos, que suponen ser tan claros para cualquiera de nosotros, mantienen su vigor en muchísimos aspectos de la vida cotidiana en pleno siglo XXI. Por otro lado, desde hace varias décadas que algunos patrones nacionalistas van cambiando a marchas forzadas y que hacer coincidir ambos modelos es dificilísimo. Antes de seguir, déjenme decirles que pienso en el nacionalismo oficial y, hasta cierto punto, tradicional de la sociedad mexicana como uno de carácter decimonónico (y de mediados del siglo XX). A esa estática se le agregan elementos muy nuevos que no son fáciles de asimilar pero que si no se hace la idea misma de la nación "moderna" pierde sustento. Veré si logro aclarar este debralle.



El nacionalismo "común", "tradicional", "oficial" y, sobre todo, público nace por ahí del siglo XIX, a finales, acompañado del proceso de creación y consolidación del Estado mexicano. Las primeras décadas de vida independiente, fatídicas en diversos sentidos, no lograron cuajar en la formación de una nación porque tal cosa es un proceso arduo, una tarea titánica. Los políticos de la época no podían siquiera ponerse de acuerdo en el tipo de gobierno que necesitaba el país; pedirles tiempo y dedicación a la tarea de formar una nación habría sido demasiado. Además, las élites criollas (porque eso eran, básicamente) no tenían mayor interés en buscar continuidades y cosas en común con los millones de mestizos e indígenas que ni por error iban a participar en la vida política y económica del joven país.

Pero cuando la necesidad de afianzar un Estado-nación fue evidente (intervención francesa, imposición de un emperador extranjero), la guerra intestina se desató. No fue un conflicto entre nacionalistas y no nacionalistas como le encanta presentarlo a la historia oficial. No, no es que los conservadores, por ser monárquicos, fueran anti mexicanos o anti nacionalistas. Tampoco es que los liberales, por republicanos, encarnaran a la nación mexicana en sus proyectos políticos. Lo importante, creo yo, es aceptar que ambos grupos querían consolidar su poder político sobre la base de una idea de lo que era y debía ser México. Claro que uno puede (y quizá debe) estar más de acuerdo con una de las posiciones, pero no puede sugerir, arbitrariamente, que la propuesta de los contrarios era antinacional o vendepatrias. El punto, sin embargo, no es ese. Cuando la guerra contra Francia, los republicanos ganaron muchísimo vigor porque, justamente, lograron apelar a una situación ya común pero no por ello menos denigrante: la potencia externa que quiere intervenir en México y arreglarlo todo a su modo. Claro, los indígenas y mestizos (en general) no tuvieron nunca voz y voto en el proceso de decisión política y económica del Estado. Muy poco peso tendrían, después, a lo largo de la II República. Pero el nacionalismo liberal-republicano no era un llamado a la democracia (“¿¡A la qué!?): era un llamado a conservar una integridad territorial y política que se había visto muchas veces amenazada.


Los conservadores, por su lado, no lo veían igual. Para ellos la nación debía ser un cuerpo social más o menos claro y, sobre todo, disciplinado: bajo un rey, un emperador o alguna otra figura no republicana, valores “colectivos” como la religión y la fe católica, el respeto por la autoridad tanto divina como terrenal/imperial... había mucho de pretensiones muy elitístas: México una monarquía, una nación tradicional que se codeara con las grandes realezas europeas... y para los liberales era igual: México, nación moderna, republicana, igual que la estadunidense.


Ganó el nacionalismo liberal con su entonación reformista (sobre todo en lo que a la iglesia respecta), positivista, modernista (anti-indígena y en contra de -ciertas- tradiciones) y, según, progresista. “México nace en la Reforma, en la defensa contra el II Imperio o en los aplausos a Juárez y a la II República”. Tales comentarios son comunes y, a la vez, muy bien fundamentados: claro que el juarismo trajo a México una disciplina laica importantísima; un modelo de educación que rompería con esquemas semi oscurantistas; una valoración positivista de lo que había sido el proceso de construcción nacional y sobre cuáles debían ser los próximos pasos a seguir.


Defiendo esos importantes logros del juarismo a la vez que critico su antiindigenismo, su pretensión por lograr una sociedad liberal que parecía todavía de inicios del siglo XIX (en un mundo donde se leía a Marx desde hacía más de un cuarto de siglo el poco progresismo intelectual, político y social de los juaristas era evidente) o su amistad con lo que empezaba a ser el Imperialismo estadunidense. Pienso que si Juárez construyó la nación y al Estado mexicano entonces debemos aplaudirle. Pero reconozcamos que tales estructuras se fisuraron muy pronto, primero por negligencia y “traición” porfirista y luego, simplemente, porque ya no daban el ancho con los nuevos tiempos.


Y creo que, en términos generales, es el nacionalismo que nace con el juarismo el que mantuvo su fuerza durante muchas décadas y que incluso fue rescatado por los hábiles políticos de la “dictadura” priísta. La historia de bronce, de la que no hablaré por ser tema muy trillado, es uno de los referentes obligatorios de la mexicanidad en los términos más estrictos: educación pública, instituciones, política, fútbol... qué sé yo, tantos aspectos impregnados de ese nacionalismo oficial y orquestado desde arriba en donde todos los movimientos sociales del pasado que podían adaptarse, aunque fuera sólo poquito, a los pilares priístas estarían presentes. Así, el magonismo y el zapatismo se codean con el maderismo, con el juarismo y hasta con el hidalguismo, como si nada.

Pero luego están las partículas contemporáneas de los nacionalismos que no hemos logrado agregar de forma coherente a la idea de nación mexicana. ¿Quiénes son los indígenas y las minorías étnicas (“propias” o inmigrantes) y qué rol pueden desempeñar en la construcción cotidiana de la nación mexicana? ¿Por qué a muchos mexicanos les cuesta tanto aceptar que hay muchísimos elementos externos que influyen en el refrendo diario de lo que es la nación? ¿ Somos acaso incapaces de reconocer que la “mexicanidad” pura no existe y que, como todas las naciones modernas, somos un híbrido?


La historia oficial hizo al mexicano y lo pintó de moreno claro; no de moreno oscuro color del barro, porque así son los indígenas. Tampoco de un pálido blanco, porque así son los europeos. Se suponía entonces que el mexicano, mestizo, era el resultado idóneo de la cruza de “dos razas”. ¡Excelente! El mestizaje fortaleció al mexicano y lo hizo una superrázacósmicadestruyeninjas. Esa imagen oficialista de lo mexicano y de los mexicanos excluyó terriblemente a los “no mestizos”. Claro que, como en todo, los grados de exclusión eran distintos. Los indígenas, pobres y desposeídos, eran los más excluidos. Los blancos podían no serlo y aproevchaban su enorme relevancia política y económica para seguir siendo, en muchos aspectos, la clase privilegiada del país. El discurso excluyente de la nación mexicana como una moderna “olbigaba” a los indígenas a mexicanizarse, a a abandonar la tradición y abrazar la modernidad. Somos un país racista y excluyente porque, entre otros motivos, así mismo construimos la nación.


Con los cantos al multiculturalismo, al respeto a las culturas autóctonas y la democracia de las minorías, algunos sectores de la sociedad han cambiado sus enfoques y han propuesto visiones de la nación mucho más incluyentes, tolerantes y pintorescos. Aceptar que físicamente los mexicanos somos tan distintos no ha sido cosa fácil y los prejuicios siguen presentes. Sociedades como la brasileña o la estadunidense, mucho más “tutti-frutti” que la mexicana, han tenido enormes problemas de itegración, tolerancia y respeto entre sus comunidades porque, desafortunadamente, el racismo impera. Pero en fin, poco a poco algunos prejuicios se van desgastando y poco a poco podemos cambiar nuestras impresiones sociales. Eso mismo nos obliga a repensar qué significa la nación mexicana, pero no ha sido sencillo.


Respecto a la idea de los elementos que vienen de fuera, ¿qué se puede decir de nuevo? En vez de hablar de el consumo de productos extranjeros, la adopción de fiestas y costumbres de fuera, la acogida que hacemos a la cultura de otros países y de otros fenómenos que hacemos cotidianamente pero que negamos que forme parte de mexicanidad, pondré mi propio ejemplo. Como hijo de un matrimonio internacional (suena sangrómn pero eso es, entre naciones) crecí, aunque suene inverosímil, con dos nacionalidades. Aprendí desde chiquito que eso era compatible y que era una gran ventaja. Muchísimas veces me han preguntado si me siento “más belga que mexicano”, si no me siento “mitad y mitad”. La pregunta siempre fue traicionera e imposible de responder con coherencia. Decidí que la mejor respuesta era decir: “soy 100% mexicano... y también 100% belga, ¿cómo la ven?”. Claro que al momento de definir en qué aspectos me desenvolvía mejor (lengua, “conocimiento” de las costumbres, las dinámicas sociales, la política, la literatura...) la respuesta era muy clara: soy más mexicano. Pero esa no era la respuesta que la gente quería escuchar: creo que, aunque no fuera con mala leche, la gente prefería escuchar que me sentía muy extranjero y que, en el fondo, no podía ser 1000% mexicano.


Puede ser cierto. En casa, por ejemplo, nunca había nada picante a la hora de comer (excepto una esporádica salsa verde que sólo mi papá comía) o no íbamos al panteón cada día de muertos. Sí, el ejemplo de la comida picante es pésimo, pero aceptemos que es uno de los clichés de lo que significa ser mexicano. El caso es que, admitámoslo, muchos aspectos de mi vida cotidiana en familia no eran los típicos de una familia mexicana. ¿Cómo iban a serlo si al mismo tiempo debía sentirme orgulloso de mi país natal y del otro, del de la cerveza, Tintin y los wafles?

Pero, admitámoslo nuevamente, ¿qué familia mexicana es típicamente mexicana? Ninguna. En mi casa no había chile, va. Pero tenía amigos que, en su laicidad, no ponían nacimiento en navidad; otros no hacían celebraciones al día de muertos, pero salían a pedir dulces el 31 de octubre; algunos nuca compraban comida en las fruterías o en los mercados; otros más preferían escuchar música extranjera y renegaban del mariachi o las rancheras; muchos recibían regalos de Santa Claus y no del niño dios (aunque eso es también un fenómeno de clase muy cabrón); otros bebían más coca cola que aguas frescas... Vamos, a lo que voy es que es injusto (y hasta iluso) pensar que los mexicanos son unos entes cuya nacionalidad está aislada de y es inmune a tantas influencias externas. Reconstruir una nacionalidad mexicana implica reconocer esos sincretismos que van más allá del encuentro de culturas de 1492 y que tienen que ver con el encuentro de culturas que sucede todos los días en la calle.


Y eso me permite concluir. Un nacionalismo como el mexicano, que todavía no se entiende como híbrido en su cabalidad, es uno destinado al fracaso. En cambio, aceptar que somos un chistoso cuerpo social que se reafirma cotidianamente con elementos externos es mucho más provechoso.

El desfile del Bicentenario de la semana pasada tocó, en ocasiones, ese punto: De la Parra dirigió una orquesta que tocó “música clásica mexicana”: si siguiéramos una concepción estricta de la nación mexicana, eso sería una aberración. En el desfile también se reconoció la forma en que México ha acoplado para sí la música cubana y colombiana. Un excelente elemento de la riqueza cultural mexicana de hoy.


jueves, 2 de septiembre de 2010

Deshonestidad patriótica

Se acercan bicentenario y centenario y este blog dedicará mínimo dos textos al respecto a lo largo del mes. No les será quizá ajena mi postura inicial, el escepticismo. ¿Qué festejamos? Sí sí, la respuesta es clara: independencia y revolución. La primera la conseguimos mucho antes que decenas de países que yacen todavía en el extremo subdesarrollo. La segunda, por su parte, la enarbolamos (y la enaltecieron otros también) como una de las primeras grandes revoluciones sociales de la historia contemporánea y la pionera del siglo XX. Eso no está en duda. Tampoco seré de los derrotistas que pongan en entredicho la independencia actual, pues no soy de la idea de que el país esté completamente a merced del Imperio o del Capital y, sobre todo, que sea el único. Muchos otros países están sojuzgados por esos dos poderes y aquí en casa tenemos nuestros propios imperios y nuestros propios capitales que, con frecuencia, son todavía más inhumanos que los de fuera. Así que tampoco va por ahí.
Del festejo a la revolución sí tengo mis dudas. En ese sentido, comparto más las ideas de Adolfo Gilly de una revolución interrumpida, no porque crea yo un poco como hace él que en México existían las bases para realizar una gran revolución de carácter socialista-proletaria, sino porque las simples demandas democráticas de los grupos más coherentes (la reforma agraria, el rescate de las Leyes de Reforma, la repartición de cierta riqueza nacional y la expropiación de enormes haciendas de corte casi feudal) en muchas ocasiones fueron tiradas al caño en las décadas que siguieron, especialmente en esta última década. Insisto en que esas fueron demandas totalmente democráticas y hasta liberales. Hay quienes las llaman socialistas o revolucionarias. Si eso son, entonces yo soy mitad maorí.

Pero hoy el tema que nos ocupa es más de carácter colectivo y, si me permiten, psicosocial. Soy malo como un calcetín en esos temas, pero me gusta improvisar.
Verán, creo que en México tenemos un grave problema de autoengaño. Conforme siga con el texto quizá logre explicar a qué me refiero. Por lo pronto, les adelanto que NO me referiré a esas ideas que circulan con cierta frecuencia acerca de la "cultura" del mexicano como una de flojera, falta de interés, gandallismo, miopía, futbol y guadalupanismo. No me trago el cuento de que el mexicano es abusado pero abusivo; extremadamente creativo para resolver ciertos problemas pero casi siempre un güevón. Sin embargo, sí creo que tendemos al autoengaño, a la ilusión y la falta de memoria, al "le tiro a todo cuando sueño" pero, sobre todo, a la falta general de confianza realista en el país (y precisamente por eso es que surgen todas esas ideas de flojera, gandallismo, creatividad pero güeva). ¿Sale? Pues me lanzo al ruedo.

Cuando era niño y me gustaba asistir pasivamente a las pláticas que mis padres solían tener en la sobremesa con sus amigos, había siempre tres palabras de mi papá que me encantaban. Él solía comenzar muchas frases con un contundente "en este país", e inmediatamente dejaba pasar un microsegundo, suficiente para enfatizar que lo que seguiría sería una reflexión crítica acerca de alguna situación cualquiera. Así, moviendo la mano derecha de arriba hacia abajo y pegando el pulgar con su índice (y eso que no es italiano), mi papá conseguía para sí la atención de los demás. A mí siempre me provocó un no sé qué. Aprendí desde chiquito que vivía en un país en el que las cosas siempre salían mal y en el que, sin embargo, hablar mucho de esas cosas era bueno. Era una especie de contradicción natural, una lógica implacable por incuestionable. Si la gente podía decir siempre que las cosas estaban mal y se le escuchaba, entonces no sólo era porque las cosas estaban mal, sino incluso porque estaba bien que las cosas fueran mal.

Vista desde ahora, la reflexión era una aberración. Pero en esos momentos me daba cierto gusto pensar así porque era como predecir algo, o mejor dicho, porque al decir las cosas malas del país uno prácticamente no podía equivocarse. Muy pronto, sin embargo, esa idea que yo mismo me había construido comenzó a confundirme. Recuerdo que una vez, viendo un partido de fútbol entre México y Brasil (era la final de la Copa Confederaciones de 1999), mi papá hacía alusión a los distintos errores del fútbol mexicano: el "pasesito marica", "los tiritos desgüevados", "las nenas teatreras"... todo eso me hacía pensar que no sólo México iba a perder (porque con tiritos desgüevados nadie podía ganarle a Brasil), sino, peor aún, que México debía perder. Y debía perder porque eso se merecía: porque todo lo hacía mal. Pasé el resto del partido en una angustia interna terrible porque claro que quería que México ganara, pero a la vez me tragaba el cuento de que no se lo merecía... por el otro lado, México sí que jugó bien y mi papá se emocionó terriblemente con la victoria. Yo estaba definitivamente confundido.

Creo que con ese ejemplo va tomando forma la idea del autoengaño. Si me siguen -si yo mismo me sigo-, me parece que el autoengaño mexicano es doblemente cruel porque es, al menos, bifacético: hay ocasiones en las que nos engañamos acerca de lo malísimo que es el país que cuando las cosas salen medianamente bien somos incapaces de apuntar correctamente los logros y los méritos. Por el otro lado, hay veces que nos autoengañamos con lo excelentes que podemos ser, que cuando las cosas salen medianamente mal tenemos siempre una buena coartada, un chivo expiatorio, y somos incapaces de reconocer objetivamente nuestros errores y nuestras miopías. Cuando yo era chamaco y disfrutaba que mi papá criticara al país, me autoengañaba terriblemente porque, maniqueo como todo niño, pensaba que no había forma de que México hiciera algo bien en esos temas que tanto se criticaban en casa. Por eso sigo siendo tan escéptico con las estadísticas oficiales, con los informes de gobierno y con el optimismo de ciertos medios monopólicos. Por eso quizá disfruto más de leer los periódicos que dicen que todo está mal y que apuntan directamente a ciertos responsables.

Entonces por ahí va la cosa. Ahora, ¿qué pasa más seguido? ¿el autoengaño positivo o el negativo? Creo que es difícil determinar, porque generalmente para un tema dado hay siempre gente que creerá incondicionalmente en las extraordinarias capacidades del país, y habrá quien crea incondicionalmente en las extraordinarias incapacidades de México. Pero hay algo más, y me parece que es incluso más complejo: los mismos individuos, las mismas clases sociales y los mismos gobiernos son capaces de autoengañarse de dos formas distintas respecto a un mismo tema en dos momentos diferentes.
Una vez más, el fútbol es un ejemplo idóneo. Recientemente, antes de cada Mundial el país no deja de berrear que la selección llegará a cuartos de final. Siempre tenemos a la mejor escuadra de la historia y, a la vez, siempre nos toca jugar contra los mejores (que nos ganan). El autoengaño ahí es clarísimo. Sin embargo, en cuanto nos sacan del Mundial, la opinión se voltea drásticamente. "Se los dije, valemos para pura má". "Ese técnico güey, siempre pensé que había que sacarlo desde antes". "No me engañan, siempre supe que México no pasaría de octavos". Autoengaño puro, hipocresía individual. El ojete que ahora dice que la selección mexicana fracasó por mediocre es el mismo cabrón que coreó todas las cancioncitas publicitarias de ánimo al equipo nacional, el mismo que se vino cada vez que México anotó y el mismísimo que apostó hasta la abuela porque México llegaba a semifinales. Doble autoengaño porque, además, ese sujeto lo negará siempre todo.

Y entonces se cruzan los demás problemas.
Tenemos una pésima memoria histórico-colectiva pues nunca nos interesa recordar qué hicimos bien ni qué hicimos mal. Eso sí, cuando esporádicamente recordamos algo que hicimos bien, entonces es insuperable, decisivo, extraordinario, mágico (la quema de la puerta de la Alhóndiga; la Revolución de 1910 o la defensa de Chapultepec si te llamas Niño Héroe). Cuando por casualidad recordamos algo que hicimos mal, entonces nos marcó para siempre, nos condenó al fracaso, destruyó nuestro potencial y quemó nuestras esperanzas (la decisión del Fobaproa; dormirte bajo un árbol en una expedición hacia Texas si te llamas Santa Anna). Pero sucede que cuando México recuerda algo, decide recordar un episodio muy preciso, incluso casi insignificante en sí mismo. Lo que el país de plano no recuerda es el proceso que envuelve a cada uno de esos episodios; no recordamos los contextos históricos; las ideologías dominantes; los problemas estructurales del país; los individuos que nosotros mismos ponemos en el poder (en las raras ocasiones en que podemos hacerlo). Vamos, nuestra pésima memoria colectiva no sólo es "autoengañista", sino que también es simplista, de kinder y autocomplaciente.

Y, para acabar de amolar la cosa, solemos ser siempre pesimistas a futuro. Eso sí: podemos ser de lo más optimistas y añorar el pasado o conformarnos con el presente. Pero el futuro es siempre turbio, "mejor que no llegue". Eso sí es trágico. Y no es trágico porque debamos hacer todo lo contrario y ser optimistas (en el rumbo actual, difícilmente el futuro inmediato será mejor, aunque ya Fidel Castro dijo que pronto habrá cambios importantes en México), sino porque es una escapatoria sencillísima a cualquier tipo de contacto con las responsabilidades o la reflexión un poco más sesuda. Por eso este bicentenario, aun cuando esté inundado por la sangre del narco o por la inmensa pobreza que crece día con día, será extraordinario, será un festejo imponente, impecable, magnífico. Y será así porque desde ahorita se convierte en una excelente escapatoria. "Festeja ahora el bicentenario para recordar todo lo que el país hizo de extraordinario -autoengaño- y para no pensar, aunque sea por unos momentos, en el apestosísimo futuro -autoengaño 2-".

Enrique Serna dice en "Nexos" de este mes que tenemos la mala costumbre como mexicanos de dejar todas las cosas a medias, sobre todo nuestras grandes gestas históricas, por lo cual no debiéramos exaltarlas tanto como hacemos. A eso yo simplemente agregaría que en la medida en que nos sigamos autoengañando sobre esas grandes gestas históricas nunca podremos concluir alguna de ellas. Para cerrar con esa idea (que quizá dé vuelo a la entrada siguiente), debemos ser sinceros y aceptar, con relación a la Revolución Mexicana -por poner un ejemplo, que si de verdad queríamos una revolución debimos hacerla permanentemente, à la Trotsky. Ahora es muy tarde porque no sólo no la hicimos permanente, sino que la frenamos, en muchos casos la rebobinamos y, para joder, la enterramos.