miércoles, 22 de octubre de 2014
Narcoburguesía
miércoles, 30 de julio de 2014
Ataques a los 'Pasivos Laborales': de nuevo espadas desenvainadas contra el sindicalismo
miércoles, 20 de noviembre de 2013
De petróleo, privatización y movilización
lunes, 12 de agosto de 2013
El petróleo mexicano ya es privado. Pero siempre puede ser peor.
sábado, 1 de octubre de 2011
Vive cuando debas vivir; muere cuando debas morir (Parte I)
No es fácil, y aún así discutir el tema es de lo más relevante. Quisiera hacer algunos apuntes, en tres textos distintos, sobre tres temas que tienen que ver con la vida y la muerte, si bien no necesariamente están relacionados. Se trata del aborto, de la pena de muerte y del suicido. Apuntes breves y cargados de opinión y subjetividad, como me gusta. Eso sí, los tres están más que contextualizados en la sociedad y la política mexicana. Tienen que ver con percepciones y realidades, con leyes y con prácticas. Vámonos pues.
Aborto. En México es ilegal. No nos engañemos, pues no significa que no se practique ni que haya partes del país donde esté permitido. Pero a nivel nacional no existe una disposición clara al respecto. No es legal, pero su penalización no es evidente (como lo es en otros países). El carácter federal del Estado mexicano permite que se pueda legislar al respecto en los estados. Eso es bueno y malo. Bueno porque permite que subentidades políticas tomen decisiones trascendentales y malo porque no hay homogeneidad nacional. Subjetivamente, diré que es bueno porque en el DF es legal y malo porque hay estados que lo penalizan. Además de eso, el asunto es más profundo porque invita a pensar en:
- Cuándo inicia la vida y cuándo termina. La vida biológica, como división celular, empieza con la concepción. La vida humana (sensorial, motriz, afectiva) empieza varios meses después –quizá todavía en la panza materna. La vida social empieza con el nacimiento o, aunque podríamos discutir si el vínculo que se establece entre el feto y su madre o su entorno no es ya vida social. En cualquier caso, la vida humana y la vida social no empiezan antes del tercer mes de embarazo. La vida termina con la muerte, así de sencillo. Si no hay vida, no hay muerte, y entonces no se llama aborto sino interrupción del embarazo (es como que una enfermedad interrumpa tu proceso de división celular en el páncreas; no mueres por tanto).
- Si valen más los derechos de una mujer que los de un cigoto (porque todavía no es feto). No lo creo: los derechos de la mujer (reproductivos, afectivos y sexuales) se complementan con sus propios derechos sociales (derecho a la salud, a un entorno digno, a buenos servicios). Cualquiera de ellos supera los derechos de un cigoto. El grave error de las legislaturas locales que determinan que la vida inicia con la fecundación es que no acompañan esa decisión de derechos jurídicos, humanos y sociales efectivos para el cigoto o para el feto. No estoy cayendo en el absurdo de que se le dé derecho al voto o se le obligue a pagar impuestos; hablo de derechos como la protección jurídica (más allá del aborto como “asesinato”, ¿qué hay del maltrato, la irresponsabilidad en el cuidado o la mala alimentación, por ejemplo), derechos de salud y entornos adecuados… No, estas leyes totalmente sesgadas no contemplan nada de eso y prefieren limitarse, escandalosamente, a buscar la penalización del aborto y el reconocimiento casi religioso de la vida desde la concepción sin pensar en las implicaciones de ello.
Más allá de que haya enormes fallas constitucionales (que si es prerrogativa de los estados o del país; que si se puede realmente legislar respecto de la vida y la muerte en la Constitución), lo importante es lo que social y políticamente significa este circo. La derecha (porque sí es, por lo general, un debate izquierda-derecha), argumenta estúpidamente que las madres que abortan deben ser castigadas porque están “matando” a una persona. Dicen también que los que defienden el aborto prefieren cuidar ballenas y arbolitos que proteger a los de su propia especie. También creen que las autoridades que promueven la despenalización del aborto incitan a que se haga, por lo que están invitando al “genocidio”, al asesinato y a la desmoralización del individuo, la familia y la reproducción humana. Todos esos argumentos están rondando por ahí –y hay muchos más.
La izquierda debe ser muy cuidadosa. Hay quienes estúpidamente también suponen que, como “un niño pobre, no deseado y que vive en condiciones de miseria tiene 90% de posibilidades de convertirse en criminal, entonces hay que abortarlo”. No. El aborto no es ningún mecanismo preventivo de la defensa del crimen o la inseguridad. El aborto es tan importante y tan sentimentalmente complejo que no se puede tomar así a la ligera.
Finalmente, la discusión sobre el aborto es totalmente idiota por una simple razón: los seres humanos vivimos en comunidades políticas que llamamos Estados y gobiernos. Éstos deben garantizar igualdad de derechos, oportunidades y condiciones materiales de vida a todos los ciudadanos, a la vez que todo se desarrolle en un ambiente de verdadera libertad. Por eso, el aborto, sencillamente, debe ser legal y todos los esfuerzos deben dirigirse a promover que las mujeres y sus parejas elijan LIBREMENTE si quieren abortar o no. La información debe ser abundante y la libertad total. De lo contrario, se pueden cometer muchos abusos. Pero lo importante es que esté permitido hacer una cosa o la otra. NO ES LO MISMO si hablamos de asesinato, robo o violación, precisamente porque es un hecho que los cigotos NO gozan de derechos políticos ni sociales y tampoco tienen, creo, condiciones humanas. No digo que sean monstruitos, o infrahumanos: sólo digo que pesan mucho más los derechos de las mujeres y las parejas, así como las consideraciones reales respecto de cómo será la vida del infante no deseado, con padres no preparados y en situaciones adversas y precarias.
No se trata, por lo tanto, de discutir públicamente si el aborto es moral o no –eso lo podremos discutir buena onda entre cuates, con familia y pareja, incluso en ciertos foros académicos y públicos, pero no desde el Estado. Es, al contrario, una práctica médica que debería ser totalmente legal, como cualquier otra. Y la decisión, que tomará en cuanta todas las consideraciones de las que ya hablé y muchas más, tendrá que ser respetada.
miércoles, 9 de marzo de 2011
CosmopoDeFe
Durante el siglo XIX no dejaron de llegar españoles, franceses, ingleses, dos o tres alemanes, italianos que no cabían en los barcos hacia Buenos Aires y hasta algunos polacos judíos a la tierra del camote y las tunas. De todos esos grupos estamos más o menos conscientes: Nueva Italia en Michoacán o Chipilo en Puebla nacieron cuando los italianos, arrogantes y observadores de sus propios ombligos como son, decidieron juntarse todos a vivir en su tradicional escándalo. Los grupos de menonitas son, básicamente, hijos de Fritz y Helga, ambos llegados de algún lugar de la Pomerania lluviosa buscando la sequía y el atroz calor del desierto mexicano.
Y luego ni hablar del exilio español, que vino a enseñarnos tantísimas cosas con esos chulos republicanos que huían del franquismo. Miles de mexicanos hoy día pueden reclamar su nacionalidad peninsular porque alguno de sus abuelos vino mentando ostias contra los fachas y fue recibido a brazos abiertos por mi general Cárdenas. En algún momento, todos los Kascinski Smolensko o Walesa (exagero –y miento– en los tres nombres, claro) que profesaban la religión de Anna Frank y que tenían antojos por una buen solecito cuernavaquense (o, más bien, que los estaban persiguiendo los nazis en Europa del Este), llegaron al país del mole para hacer carrera, tener hijos y poner tienda o banco. A muchos polacos les debemos, por ejemplo, la excelente calidad de nuestras orquestas sinfónicas, así como más de un buenísimo trabajo antropológico. Algo parecido sucedió con tantos chilenos, argentinos y uruguayos que, engañados por la imagen revolucionaria del PRI, vinieron a enriquecer nuestras universidades y equipos de fútbol cuando en sus países los militares se divertían tirando gente al mar desde avionetas en pleno vuelo.
Pero lo importante no es eso, porque bien que mal, sobre todo en la capital, conocemos ya esas historias a través de los nietos y bisnietos de quienes cruzaron fronteras para llegar aquí. Casi sin temor a equivocarme (pero sí sabiendo que generalizo), les puedo adelantar que prácticamente toda esta gente forma parte de las clases medias altas y altas de nuestra sociedad, participan activamente en todo tipo de manifestaciones culturales y académicas, son dueños de importantes empresas, negocios y demás sueños capitalistas y viven cómodamente integrados a la socialité mexicana, sin por ello descuidar el contacto con los suyos: uno puede todavía darse una vuelta por el Club Gallego a escuchar… pues gallego; o pasearse por la Condesa para ver viejitos parloteando en el idioma de Serrat; o perderse una tarde de viernes en Polanco y ver a los chilpayates con kipá que confundidos asisten a leer la Torá. Muchos de nosotros tenemos algún amigo o conocido que sea producto de una bonita mezcla entre el pueblo del maíz y algún hijo de anarquistas vascos, de judíos de Cracovia o de porteños montoneros.
A mí lo que hoy me llama más la atención es la migración más reciente… si es que de verdad lo es (y, si no, yo recién me estoy dando cuenta). Tengo la impresión de que México, o al menos la ciudad de México, sí se está convirtiendo poco a poco en una ciudad cosmopolita más allá de los colegios de paga (el alemán, el franco-mexicano o el angloamericano), más allá de los bares de la condesa y los talleres artísticos de Coyoacán. Creo que, desde hace unos veinte años pero hoy día con mayor intensidad, nuevos grupos de inmigrantes mucho más pobres y, sobre todo, mucho menos bienvenidos por la sociedad y el gobierno mexicano de lo que fueron aquellos de los que ya escribí, están llegando al país de los baleros y capiruchos.
Primer dato. Hace unos años leía, sorprendido, que los congoleños (de la RDC) conforman 48% de los inmigrantes que en México solicitan (y eventualmente obtienen) el estatus de refugiados. Una cuarta parte son colombianos y los demás son un verdadero tutti-fruti (hay desde chilenos hasta afganos, pasando por marfileños y hasta bosnios). Dudo mucho (y me encantaría equivocarme) que esos refugiados y sus familias vivan cómodamente en un departamento de la Del Valle, vayan a la escuela en Coyoacán y hagan su súper en el Superama. Dudo que los mexicanos a su alrededor seamos tan incluyentes y amables como lo somos con los 100 mil europeos (bueno, de la UE) que viven en el país de los tamales o con el millón de estadunidenses que vive tranquilamente acá.
Por mi casa, un poco más al Este (es decir, la sección Noreste de la colonia Narvarte, la Álamos y de ahí hacia Tlalpan), veo cada vez más árabes y turcos, caribeños y africanos. Desde hace algunos años se habla de la porosidad de nuestra frontera sur y de cómo entran por ahí inmigrantes de los cuatro rincones del mundo cuyo destino final es EU. Pero, en este caso, creo que se trata de gente que viene directamente a instalarse a México. Ya Eddie, un eterno alumno-profesor-investigador del Colmex nos invitó, alguna vez, a una fiesta que su comunidad haitiana en México organizaba. Por cualquier estupidez yo no fui a esa fiesta, pero me platicaron mis cuates, que fue impresionante. Era de verdad como pasearse por Puerto Príncipe escuchando a todo mundo hablar en creole, bailando algo entre reggae, Calipso y cualquier otra cosa y, en un descuido, practicando santería.
Como la haitiana, no dudo que muchas otras comunidades caribeñas y africanas estén creciendo en el DF. Es cada vez más común ver negros en el metro y en cualquier espacio público. Alguna vez, David Recondo, profesor francés que está de sabático en el Colegio, nos platicaba que su hijo pequeño, al ver un negro en la calle aquí en el DF, le dijo “mira papá, un negro, ¡como en Francia!”. La anécdota, que si se le atribuye a cualquier adulto podría sonar racista, evidencia, según yo, una realidad que está ganando terreno en México. No somos todavía la banlieue parisina ni el East London o el Harlem. No hablamos todavía de guetos de inmigrantes (bastante tenemos con nuestros numerosos compatriotas “del interior”, muchos de ellos de origen indígena, que se hacinan en las horribles colonias periféricas de nuestra metrópoli). No tenemos todavía un ejército de inmigrantes trabajando en las fábricas, en obras públicas o vendiendo piratería (nosotros tenemos ya bastante pobreza).
Pero sí comienza a verse que en el DF los patrones migratorios se están actualizando y que, por lo menos, México es reconocido como un país más o menos rico (o más o menos pobre) que está mejor posicionado que Haití, Jamaica o El Salvador y que puede ofrecer ciertas oportunidades a quienes, como todos los migrantes del mundo, se aventuran a lo desconocido. Por que las historias de la inmigración no son siempre alegres. Mucho se habla de la zona al Este de Circunvalación, en el centro, donde, cerca de la Merced, uno puede encontrarse a las mafias rusas y a la prostitución de mujeres de Europa del Este. Ciudades sureñas como Tapachula son claros ejemplos de la segregación, la humillación y la violencia que los inmigrantes en México deben soportar, ya sea para después llegar a EU (un inmigrante “de tránsito” tarda, en promedio ¡27 días en llegar a la otra frontera!) o para instalarse amablemente en México.
¿Que si podemos compararnos con algún país en situación similar? No lo sé. Quizá algún otro latinoamericano, como Colombia, que en algún momento recibió una gran oleada de inmigrantes árabes, o Ecuador que, al parecer, alberga cada vez más grupos africanos. Brasil es un ejemplo que corresponde a otra división, pues la historia de inmigraciones es quizá tan variada como la de EU y las comunidades afrobrasileñas, libanobrasileñas, italobrasileñas o loqueseabrasileñas son muy numerosas. Además, el caso mexicano sigue siendo muy particular debido a que miles y miles de compatriotas siguen yéndose a EU cada año: México difícilmente será un receptor neto de inmigrantes (quise decir imposiblemente).
Lo relevante, a final de cuentas, es la disposición que, como mexicanos (o como capitalinos) tendremos para socializar, en el sentido más sociológico del término, con estos inmigrantes. Porque es muy diferente ser inmigrante del primer mundo (algo así como inmigrante “por ocio” o por alguna otra condición mucho más placentera –diplomacia, trabajo en una universidad o empresa transnacional, etc) que inmigrante de un país pobre que viene a México a ganarse el pan. La integración de los primeros es relativamente sencilla, sobre todo porque su autoexclusión (o aislamiento) les es incluso benéfico (pienso, por ejemplo, en las colonias británicas a principios de siglo en México: bien podían vivir juntos jugando tenis y golf en las Lomas y no toparse con otro mexicano además del que les boleaba los zapatos). También porque se integran con otras herramientas muy apreciadas, ya sean artísticas, intelectuales o, aceptémoslo, financieras.
En cambio, la integración (y digo integración pero podría ser cualquier otra palabra; sé muy bien que es un término espinoso, sobre todo si analizamos todas las demás experiencias de migración en el mundo) de los inmigrante de países más bien pobres es quizá más complicada. Me ha tocado ver a varios negros (disculpen la imprecisión, pero no sé si son caribeños o africanos) que volantean o venden baratijas en las calles; no he visto un solo inmigrante europeo hacerlo (a menos, claro, que use rastas y venda pulseras en Masunte). Los inmigrantes de estos países no vienen a impresionar a nadie con sus multilingüismos, sus diplomas universitarios o sus requintos en el banjo; vienen a buscar trabajo y se acabó; algunos incluso vienen escapando de alguna guerra fuerte en casa. Si somos cínicos podemos pensar que, al venir así, ellos mismos no esperan “integrarse” a la sociedad mexicana. Pero no es cierto. En el fondo, sucede que la sociedad mexicana está todavía sorprendida de que empiecen a llegar estos inmigrantes. Es el momento a aprovechar, el de la sorpresa que permite, en teoría, un trato amable, incluyente y feliz hacia los inmigrantes. Cuando la sorpresa deja lugar a la incomodidad, la crítica o algo peor, entonces sí que se está en graves problemas.
Yo sólo diría que todos ellos son más que bienvenidos (conocen ya mi animadversión hacia las fronteras, los visados, los controles, las cuotas de inmigración y demás tarugadas), que si vamos a jugar a la globalización debemos jugarla completita y no a medias tintas. Y que si un par de jamaiquinos me enseña más y mejor reggae, ¡yo encantado!
miércoles, 27 de octubre de 2010
Ideología como división Izquierda-Derecha (parte 2 y última)
sábado, 25 de septiembre de 2010
Nacionalismos septembrinos
Y dale con el Bicentenario. ¿Qué interés guardan las representaciones de la nación, de su glorificada historia y sus inescrutables héroes para el ciudadano común? ¿Qué relación tiene la idea misma de "festejar" (insisto en que el término es el correcto) el Bicentenario con la de la nación?
Los grandes espectáculos y la bonita parafernalia no son exclusivas de la Nación en abstracto. Creo que a casi todos nos encantan las inauguraciones de los juegos olímpicos o el festival de Cannes o qué sé yo; cosas que no obedecen necesariamente al orgullo nacional (aunque podría darse el caso).
Vamos a poner algunas cosas sobre la mesa. Pareciera que los nacionalismos decimonónicos, que suponen ser tan claros para cualquiera de nosotros, mantienen su vigor en muchísimos aspectos de la vida cotidiana en pleno siglo XXI. Por otro lado, desde hace varias décadas que algunos patrones nacionalistas van cambiando a marchas forzadas y que hacer coincidir ambos modelos es dificilísimo. Antes de seguir, déjenme decirles que pienso en el nacionalismo oficial y, hasta cierto punto, tradicional de la sociedad mexicana como uno de carácter decimonónico (y de mediados del siglo XX). A esa estática se le agregan elementos muy nuevos que no son fáciles de asimilar pero que si no se hace la idea misma de la nación "moderna" pierde sustento. Veré si logro aclarar este debralle.
El nacionalismo "común", "tradicional", "oficial" y, sobre todo, público nace por ahí del siglo XIX, a finales, acompañado del proceso de creación y consolidación del Estado mexicano. Las primeras décadas de vida independiente, fatídicas en diversos sentidos, no lograron cuajar en la formación de una nación porque tal cosa es un proceso arduo, una tarea titánica. Los políticos de la época no podían siquiera ponerse de acuerdo en el tipo de gobierno que necesitaba el país; pedirles tiempo y dedicación a la tarea de formar una nación habría sido demasiado. Además, las élites criollas (porque eso eran, básicamente) no tenían mayor interés en buscar continuidades y cosas en común con los millones de mestizos e indígenas que ni por error iban a participar en la vida política y económica del joven país.
Pero cuando la necesidad de afianzar un Estado-nación fue evidente (intervención francesa, imposición de un emperador extranjero), la guerra intestina se desató. No fue un conflicto entre nacionalistas y no nacionalistas como le encanta presentarlo a la historia oficial. No, no es que los conservadores, por ser monárquicos, fueran anti mexicanos o anti nacionalistas. Tampoco es que los liberales, por republicanos, encarnaran a la nación mexicana en sus proyectos políticos. Lo importante, creo yo, es aceptar que ambos grupos querían consolidar su poder político sobre la base de una idea de lo que era y debía ser México. Claro que uno puede (y quizá debe) estar más de acuerdo con una de las posiciones, pero no puede sugerir, arbitrariamente, que la propuesta de los contrarios era antinacional o vendepatrias. El punto, sin embargo, no es ese. Cuando la guerra contra Francia, los republicanos ganaron muchísimo vigor porque, justamente, lograron apelar a una situación ya común pero no por ello menos denigrante: la potencia externa que quiere intervenir en México y arreglarlo todo a su modo. Claro, los indígenas y mestizos (en general) no tuvieron nunca voz y voto en el proceso de decisión política y económica del Estado. Muy poco peso tendrían, después, a lo largo de la II República. Pero el nacionalismo liberal-republicano no era un llamado a la democracia (“¿¡A la qué!?): era un llamado a conservar una integridad territorial y política que se había visto muchas veces amenazada.
Los conservadores, por su lado, no lo veían igual. Para ellos la nación debía ser un cuerpo social más o menos claro y, sobre todo, disciplinado: bajo un rey, un emperador o alguna otra figura no republicana, valores “colectivos” como la religión y la fe católica, el respeto por la autoridad tanto divina como terrenal/imperial... había mucho de pretensiones muy elitístas: México una monarquía, una nación tradicional que se codeara con las grandes realezas europeas... y para los liberales era igual: México, nación moderna, republicana, igual que la estadunidense.
Ganó el nacionalismo liberal con su entonación reformista (sobre todo en lo que a la iglesia respecta), positivista, modernista (anti-indígena y en contra de -ciertas- tradiciones) y, según, progresista. “México nace en la Reforma, en la defensa contra el II Imperio o en los aplausos a Juárez y a la II República”. Tales comentarios son comunes y, a la vez, muy bien fundamentados: claro que el juarismo trajo a México una disciplina laica importantísima; un modelo de educación que rompería con esquemas semi oscurantistas; una valoración positivista de lo que había sido el proceso de construcción nacional y sobre cuáles debían ser los próximos pasos a seguir.
Defiendo esos importantes logros del juarismo a la vez que critico su antiindigenismo, su pretensión por lograr una sociedad liberal que parecía todavía de inicios del siglo XIX (en un mundo donde se leía a Marx desde hacía más de un cuarto de siglo el poco progresismo intelectual, político y social de los juaristas era evidente) o su amistad con lo que empezaba a ser el Imperialismo estadunidense. Pienso que si Juárez construyó la nación y al Estado mexicano entonces debemos aplaudirle. Pero reconozcamos que tales estructuras se fisuraron muy pronto, primero por negligencia y “traición” porfirista y luego, simplemente, porque ya no daban el ancho con los nuevos tiempos.
Y creo que, en términos generales, es el nacionalismo que nace con el juarismo el que mantuvo su fuerza durante muchas décadas y que incluso fue rescatado por los hábiles políticos de la “dictadura” priísta. La historia de bronce, de la que no hablaré por ser tema muy trillado, es uno de los referentes obligatorios de la mexicanidad en los términos más estrictos: educación pública, instituciones, política, fútbol... qué sé yo, tantos aspectos impregnados de ese nacionalismo oficial y orquestado desde arriba en donde todos los movimientos sociales del pasado que podían adaptarse, aunque fuera sólo poquito, a los pilares priístas estarían presentes. Así, el magonismo y el zapatismo se codean con el maderismo, con el juarismo y hasta con el hidalguismo, como si nada.
Pero luego están las partículas contemporáneas de los nacionalismos que no hemos logrado agregar de forma coherente a la idea de nación mexicana. ¿Quiénes son los indígenas y las minorías étnicas (“propias” o inmigrantes) y qué rol pueden desempeñar en la construcción cotidiana de la nación mexicana? ¿Por qué a muchos mexicanos les cuesta tanto aceptar que hay muchísimos elementos externos que influyen en el refrendo diario de lo que es la nación? ¿ Somos acaso incapaces de reconocer que la “mexicanidad” pura no existe y que, como todas las naciones modernas, somos un híbrido?
La historia oficial hizo al mexicano y lo pintó de moreno claro; no de moreno oscuro color del barro, porque así son los indígenas. Tampoco de un pálido blanco, porque así son los europeos. Se suponía entonces que el mexicano, mestizo, era el resultado idóneo de la cruza de “dos razas”. ¡Excelente! El mestizaje fortaleció al mexicano y lo hizo una superrázacósmicadestruyeninjas. Esa imagen oficialista de lo mexicano y de los mexicanos excluyó terriblemente a los “no mestizos”. Claro que, como en todo, los grados de exclusión eran distintos. Los indígenas, pobres y desposeídos, eran los más excluidos. Los blancos podían no serlo y aproevchaban su enorme relevancia política y económica para seguir siendo, en muchos aspectos, la clase privilegiada del país. El discurso excluyente de la nación mexicana como una moderna “olbigaba” a los indígenas a mexicanizarse, a a abandonar la tradición y abrazar la modernidad. Somos un país racista y excluyente porque, entre otros motivos, así mismo construimos la nación.
Con los cantos al multiculturalismo, al respeto a las culturas autóctonas y la democracia de las minorías, algunos sectores de la sociedad han cambiado sus enfoques y han propuesto visiones de la nación mucho más incluyentes, tolerantes y pintorescos. Aceptar que físicamente los mexicanos somos tan distintos no ha sido cosa fácil y los prejuicios siguen presentes. Sociedades como la brasileña o la estadunidense, mucho más “tutti-frutti” que la mexicana, han tenido enormes problemas de itegración, tolerancia y respeto entre sus comunidades porque, desafortunadamente, el racismo impera. Pero en fin, poco a poco algunos prejuicios se van desgastando y poco a poco podemos cambiar nuestras impresiones sociales. Eso mismo nos obliga a repensar qué significa la nación mexicana, pero no ha sido sencillo.
Respecto a la idea de los elementos que vienen de fuera, ¿qué se puede decir de nuevo? En vez de hablar de el consumo de productos extranjeros, la adopción de fiestas y costumbres de fuera, la acogida que hacemos a la cultura de otros países y de otros fenómenos que hacemos cotidianamente pero que negamos que forme parte de mexicanidad, pondré mi propio ejemplo. Como hijo de un matrimonio internacional (suena sangrómn pero eso es, entre naciones) crecí, aunque suene inverosímil, con dos nacionalidades. Aprendí desde chiquito que eso era compatible y que era una gran ventaja. Muchísimas veces me han preguntado si me siento “más belga que mexicano”, si no me siento “mitad y mitad”. La pregunta siempre fue traicionera e imposible de responder con coherencia. Decidí que la mejor respuesta era decir: “soy 100% mexicano... y también 100% belga, ¿cómo la ven?”. Claro que al momento de definir en qué aspectos me desenvolvía mejor (lengua, “conocimiento” de las costumbres, las dinámicas sociales, la política, la literatura...) la respuesta era muy clara: soy más mexicano. Pero esa no era la respuesta que la gente quería escuchar: creo que, aunque no fuera con mala leche, la gente prefería escuchar que me sentía muy extranjero y que, en el fondo, no podía ser 1000% mexicano.
Puede ser cierto. En casa, por ejemplo, nunca había nada picante a la hora de comer (excepto una esporádica salsa verde que sólo mi papá comía) o no íbamos al panteón cada día de muertos. Sí, el ejemplo de la comida picante es pésimo, pero aceptemos que es uno de los clichés de lo que significa ser mexicano. El caso es que, admitámoslo, muchos aspectos de mi vida cotidiana en familia no eran los típicos de una familia mexicana. ¿Cómo iban a serlo si al mismo tiempo debía sentirme orgulloso de mi país natal y del otro, del de la cerveza, Tintin y los wafles?
Pero, admitámoslo nuevamente, ¿qué familia mexicana es típicamente mexicana? Ninguna. En mi casa no había chile, va. Pero tenía amigos que, en su laicidad, no ponían nacimiento en navidad; otros no hacían celebraciones al día de muertos, pero salían a pedir dulces el 31 de octubre; algunos nuca compraban comida en las fruterías o en los mercados; otros más preferían escuchar música extranjera y renegaban del mariachi o las rancheras; muchos recibían regalos de Santa Claus y no del niño dios (aunque eso es también un fenómeno de clase muy cabrón); otros bebían más coca cola que aguas frescas... Vamos, a lo que voy es que es injusto (y hasta iluso) pensar que los mexicanos son unos entes cuya nacionalidad está aislada de y es inmune a tantas influencias externas. Reconstruir una nacionalidad mexicana implica reconocer esos sincretismos que van más allá del encuentro de culturas de 1492 y que tienen que ver con el encuentro de culturas que sucede todos los días en la calle.
Y eso me permite concluir. Un nacionalismo como el mexicano, que todavía no se entiende como híbrido en su cabalidad, es uno destinado al fracaso. En cambio, aceptar que somos un chistoso cuerpo social que se reafirma cotidianamente con elementos externos es mucho más provechoso.
El desfile del Bicentenario de la semana pasada tocó, en ocasiones, ese punto: De la Parra dirigió una orquesta que tocó “música clásica mexicana”: si siguiéramos una concepción estricta de la nación mexicana, eso sería una aberración. En el desfile también se reconoció la forma en que México ha acoplado para sí la música cubana y colombiana. Un excelente elemento de la riqueza cultural mexicana de hoy.
jueves, 2 de septiembre de 2010
Deshonestidad patriótica
Del festejo a la revolución sí tengo mis dudas. En ese sentido, comparto más las ideas de Adolfo Gilly de una revolución interrumpida, no porque crea yo un poco como hace él que en México existían las bases para realizar una gran revolución de carácter socialista-proletaria, sino porque las simples demandas democráticas de los grupos más coherentes (la reforma agraria, el rescate de las Leyes de Reforma, la repartición de cierta riqueza nacional y la expropiación de enormes haciendas de corte casi feudal) en muchas ocasiones fueron tiradas al caño en las décadas que siguieron, especialmente en esta última década. Insisto en que esas fueron demandas totalmente democráticas y hasta liberales. Hay quienes las llaman socialistas o revolucionarias. Si eso son, entonces yo soy mitad maorí.
Pero hoy el tema que nos ocupa es más de carácter colectivo y, si me permiten, psicosocial. Soy malo como un calcetín en esos temas, pero me gusta improvisar.
Verán, creo que en México tenemos un grave problema de autoengaño. Conforme siga con el texto quizá logre explicar a qué me refiero. Por lo pronto, les adelanto que NO me referiré a esas ideas que circulan con cierta frecuencia acerca de la "cultura" del mexicano como una de flojera, falta de interés, gandallismo, miopía, futbol y guadalupanismo. No me trago el cuento de que el mexicano es abusado pero abusivo; extremadamente creativo para resolver ciertos problemas pero casi siempre un güevón. Sin embargo, sí creo que tendemos al autoengaño, a la ilusión y la falta de memoria, al "le tiro a todo cuando sueño" pero, sobre todo, a la falta general de confianza realista en el país (y precisamente por eso es que surgen todas esas ideas de flojera, gandallismo, creatividad pero güeva). ¿Sale? Pues me lanzo al ruedo.
Cuando era niño y me gustaba asistir pasivamente a las pláticas que mis padres solían tener en la sobremesa con sus amigos, había siempre tres palabras de mi papá que me encantaban. Él solía comenzar muchas frases con un contundente "en este país", e inmediatamente dejaba pasar un microsegundo, suficiente para enfatizar que lo que seguiría sería una reflexión crítica acerca de alguna situación cualquiera. Así, moviendo la mano derecha de arriba hacia abajo y pegando el pulgar con su índice (y eso que no es italiano), mi papá conseguía para sí la atención de los demás. A mí siempre me provocó un no sé qué. Aprendí desde chiquito que vivía en un país en el que las cosas siempre salían mal y en el que, sin embargo, hablar mucho de esas cosas era bueno. Era una especie de contradicción natural, una lógica implacable por incuestionable. Si la gente podía decir siempre que las cosas estaban mal y se le escuchaba, entonces no sólo era porque las cosas estaban mal, sino incluso porque estaba bien que las cosas fueran mal.
Vista desde ahora, la reflexión era una aberración. Pero en esos momentos me daba cierto gusto pensar así porque era como predecir algo, o mejor dicho, porque al decir las cosas malas del país uno prácticamente no podía equivocarse. Muy pronto, sin embargo, esa idea que yo mismo me había construido comenzó a confundirme. Recuerdo que una vez, viendo un partido de fútbol entre México y Brasil (era la final de la Copa Confederaciones de 1999), mi papá hacía alusión a los distintos errores del fútbol mexicano: el "pasesito marica", "los tiritos desgüevados", "las nenas teatreras"... todo eso me hacía pensar que no sólo México iba a perder (porque con tiritos desgüevados nadie podía ganarle a Brasil), sino, peor aún, que México debía perder. Y debía perder porque eso se merecía: porque todo lo hacía mal. Pasé el resto del partido en una angustia interna terrible porque claro que quería que México ganara, pero a la vez me tragaba el cuento de que no se lo merecía... por el otro lado, México sí que jugó bien y mi papá se emocionó terriblemente con la victoria. Yo estaba definitivamente confundido.
Creo que con ese ejemplo va tomando forma la idea del autoengaño. Si me siguen -si yo mismo me sigo-, me parece que el autoengaño mexicano es doblemente cruel porque es, al menos, bifacético: hay ocasiones en las que nos engañamos acerca de lo malísimo que es el país que cuando las cosas salen medianamente bien somos incapaces de apuntar correctamente los logros y los méritos. Por el otro lado, hay veces que nos autoengañamos con lo excelentes que podemos ser, que cuando las cosas salen medianamente mal tenemos siempre una buena coartada, un chivo expiatorio, y somos incapaces de reconocer objetivamente nuestros errores y nuestras miopías. Cuando yo era chamaco y disfrutaba que mi papá criticara al país, me autoengañaba terriblemente porque, maniqueo como todo niño, pensaba que no había forma de que México hiciera algo bien en esos temas que tanto se criticaban en casa. Por eso sigo siendo tan escéptico con las estadísticas oficiales, con los informes de gobierno y con el optimismo de ciertos medios monopólicos. Por eso quizá disfruto más de leer los periódicos que dicen que todo está mal y que apuntan directamente a ciertos responsables.
Entonces por ahí va la cosa. Ahora, ¿qué pasa más seguido? ¿el autoengaño positivo o el negativo? Creo que es difícil determinar, porque generalmente para un tema dado hay siempre gente que creerá incondicionalmente en las extraordinarias capacidades del país, y habrá quien crea incondicionalmente en las extraordinarias incapacidades de México. Pero hay algo más, y me parece que es incluso más complejo: los mismos individuos, las mismas clases sociales y los mismos gobiernos son capaces de autoengañarse de dos formas distintas respecto a un mismo tema en dos momentos diferentes.
Una vez más, el fútbol es un ejemplo idóneo. Recientemente, antes de cada Mundial el país no deja de berrear que la selección llegará a cuartos de final. Siempre tenemos a la mejor escuadra de la historia y, a la vez, siempre nos toca jugar contra los mejores (que nos ganan). El autoengaño ahí es clarísimo. Sin embargo, en cuanto nos sacan del Mundial, la opinión se voltea drásticamente. "Se los dije, valemos para pura má". "Ese técnico güey, siempre pensé que había que sacarlo desde antes". "No me engañan, siempre supe que México no pasaría de octavos". Autoengaño puro, hipocresía individual. El ojete que ahora dice que la selección mexicana fracasó por mediocre es el mismo cabrón que coreó todas las cancioncitas publicitarias de ánimo al equipo nacional, el mismo que se vino cada vez que México anotó y el mismísimo que apostó hasta la abuela porque México llegaba a semifinales. Doble autoengaño porque, además, ese sujeto lo negará siempre todo.
Y entonces se cruzan los demás problemas.
Tenemos una pésima memoria histórico-colectiva pues nunca nos interesa recordar qué hicimos bien ni qué hicimos mal. Eso sí, cuando esporádicamente recordamos algo que hicimos bien, entonces es insuperable, decisivo, extraordinario, mágico (la quema de la puerta de la Alhóndiga; la Revolución de 1910 o la defensa de Chapultepec si te llamas Niño Héroe). Cuando por casualidad recordamos algo que hicimos mal, entonces nos marcó para siempre, nos condenó al fracaso, destruyó nuestro potencial y quemó nuestras esperanzas (la decisión del Fobaproa; dormirte bajo un árbol en una expedición hacia Texas si te llamas Santa Anna). Pero sucede que cuando México recuerda algo, decide recordar un episodio muy preciso, incluso casi insignificante en sí mismo. Lo que el país de plano no recuerda es el proceso que envuelve a cada uno de esos episodios; no recordamos los contextos históricos; las ideologías dominantes; los problemas estructurales del país; los individuos que nosotros mismos ponemos en el poder (en las raras ocasiones en que podemos hacerlo). Vamos, nuestra pésima memoria colectiva no sólo es "autoengañista", sino que también es simplista, de kinder y autocomplaciente.
Enrique Serna dice en "Nexos" de este mes que tenemos la mala costumbre como mexicanos de dejar todas las cosas a medias, sobre todo nuestras grandes gestas históricas, por lo cual no debiéramos exaltarlas tanto como hacemos. A eso yo simplemente agregaría que en la medida en que nos sigamos autoengañando sobre esas grandes gestas históricas nunca podremos concluir alguna de ellas. Para cerrar con esa idea (que quizá dé vuelo a la entrada siguiente), debemos ser sinceros y aceptar, con relación a la Revolución Mexicana -por poner un ejemplo, que si de verdad queríamos una revolución debimos hacerla permanentemente, à la Trotsky. Ahora es muy tarde porque no sólo no la hicimos permanente, sino que la frenamos, en muchos casos la rebobinamos y, para joder, la enterramos.