miércoles, 30 de julio de 2014

Ataques a los 'Pasivos Laborales': de nuevo espadas desenvainadas contra el sindicalismo

El sector privado ha destrozado México de muchos modos. Ya, jóvenes. No me digan que ya estaba destruido, o que por destruir no quedaba mucho, o que no lo hizo solito. Esa discusión nos puede llevar días –aparte de que tendrán razón en algunas cosas. Pero este texto es una opinión con algunas reflexiones. Como sea, el sector privado es una nube de langostas al mejor estilo bíblico-postfaraónico. Una plaga. Tiene efectos variopintos, desde la agudización de las desigualdades hasta la entronización del consumo como pináculo de nuestras miserables vidas individualistas. Sí, también ha creado riqueza en momentos históricos particulares y, en algunas excepciones, ha logrado distribuirla (o por lo menos reducir la pobreza, que no es igual). Ha sido capaz de diseñar nuevas tecnologías y de expandir su uso. Pero la mayoría de las veces, sobre todo desde una perspectiva de justicia social y de progreso, cada arista positiva está empañada por una secuela de explotación, marginación y enriquecimiento de unos pocos a costa del no enriquecimiento de unos muchos. Podríamos crear un calendario de adviento para todo el año (o todo el cuaternario): cada día abriríamos la portezuela que toca y descubriríamos un papelito diciendo “razón 1,516,099: el sector privado apesta porque…”.
Hoy toca una. La manera en que el sector privado mexicano, a través de dinámicas de empleo y de socialización en torno a la propiedad privada de los medios de producción, creó la imagen del individuo que sólo cuenta consigo mismo y que desprecia cualquier institucionalización de la solidaridad social (históricamente lograda a través del Estado). Un ejemplo fantástico es el debate que hoy arrea a unos cuantos en México sobre los pasivos laborales. Corrijo; un ejemplo fantástico es el hecho que éstos se llamen pasivos laborales, y que la gente acepte con tanta tranquilidad la teoría de que son una inaceptable protuberancia de nuestro imperfecto sistema social.
¿Pasivos? Claro. Si al conjunto de pensiones, prestaciones, seguros médicos, garantías laborales y demás beneficios que han costado décadas de lucha sindical y obrera lo llamamos, ahora, un pasivo, inmediatamente le quitamos algo así como 99.96% de su relevancia social y política. Un pasivo suena a algo que siempre estuvo ahí, que no cambia y que, posiblemente, no sirve para un carajo. Si a un activista lo llamamos criminal, lo desprestigiamos de inmediato. Si a todo esto lo llamamos pasivo, lo estamos echando por el caño. El adjetivo ‘laboral’ no ayuda. La primera imagen que podría venirnos a la mente al escuchar “pasivo laboral” es la de un burócrata obeso e incapaz de hacer cualquier otra cosa que mandarnos a la ventanilla siguiente. “Pasivo laboral” suena a una combinación imposible entre flojera y trabajo, o un empleo que consiste en ser pasivo, al contrario de un empleo que necesite de cierta actividad.
Y aquí entran los individuos que –creen que– sólo cuentan con sí mismos. Basta leer a gente como Sergio Sarmiento en Reforma, o echarse las caricaturas de Calderón (caray, qué coincidencia, también en Reforma -y en esta entrada de bló) para comprender que existe un sector significativo de mexicanos que pretende que esos “pasivos laborales” son, a priori, un abuso hecho y derecho. Grandes elefantes, enormes cargas fiscales para los ciudadanos de a pie, y en un descuido hasta paraísos y cornucopias para astutos líderes sindicales. La gente nos dirá que los pasivos laborales, ahora que de pronto “los descubrimos”, son un enorme estorbo. Que nunca debieron existir. Que no sirven para nada excepto fomentar a los vividores del presupuesto. Obviamente, esos mismos son los que se consideran contribuyentes cautivos porque, visto que sus hijos van a escuelas privadas, no usan el metro y quizá rara vez visiten sitios arqueológicos del INAH, sienten que sus impuestos son demasiados y que no sirven para nada.  
Tienen algo de verdad: los contratos colectivos de grandes sindicatos como el de Pemex, el SNTE o la CFE ofrecen ejemplos de prestaciones y beneficios que podrían parecer aberrantes. Es cierto que miles de aviadores han succionado como viles sanguijuelas los fondos de pensiones y las arcas sindicales. No hay mentira si se afirma que, bajo las condiciones actuales, tales riquezas fueron directa o indirectamente extirpadas del contribuyente medio. Sin embargo, estos altos clasemedieros “anti-Estado” erran al pensar que tales beneficios laborales son aberrantes en relación a las prestaciones que sus abusivos empleadores privados les ofrecen a ellos. La realidad es que son aberrantes en comparación con lo que la mayoría de los mexicanos puede gozar (y la mayoría de estos mexicanos trabaja para el sector privado o para el sector informal, que en términos prácticos y teóricos es un sector privado todavía más ojete y explotador que el privado “formal”). En un contexto tantito más justo y parejo, las condiciones que los contratos colectivos garantizan a sus signatarios serían tan sólo normales comparadas con el resto del país, incluido el tacaño sector privado. Claramente, México no es aquel contexto más justo y parejo.
Esta gente, que si pudiese abriría una sucursal del Tea Party en el país, tiene otro punto veraz: la corrupción que rodea todo esto. El abuso de poder, las ojetísimas malversaciones y un largo etcétera. El enorme problema es que, curiosamente, no se preguntan por qué ocurre u ocurrió todo eso. El hecho de que los consideren “pasivos” refleja justo eso, que para esta gente los fondos de pensiones nacieron así: corruptos y abusivos. Ni les pasa por la mente pensar en lo que implicó en términos de luchas sindicales (sindicatos que ellos, naturalmente, desprecian); no piensan en absoluto en las implicaciones positivas que aquella lucha sindical ha tenida para sus asfixiadas prestaciones laborales en el sector privado. Las leyes laborales que bien o mal aplican también para el sector privado no son resultado de graciosas concesiones de nuestras caritativas élites, sino el fruto de un buen número de plantones, marchas, huelgas (que, igual que a los sindicatos, esta gente desprecia) y demás movilizaciones con contenido de clase. Y, de alguna manera u otra, eso ha permeado. Aun así, parece que no es bueno. ¿Vacaciones? ¿Para qué, para parecernos a Francia? No, mi buen: fíjate en el gabacho, ahí descansan 7 días al año, por eso son potencia. ¿Educación pública? ¿Ésa en donde todos los profes son aviadores y ratas oaxaqueñas? Paso. ¿Salud gratis? Ni que fuéramos Cuba.
Porque así es, estimados. Los “pasivos laborales” han costado esfuerzo y lucha política. Las razones por las cuales muchos de ellos son, en efecto, una carga para el contribuyente y una pesadilla para los tecnócratas, están, de hecho, ligadas a las mismitas dinámicas socio-económicas que caracterizan las relaciones sociales en el sector privado. Las estrategias de acumulación aplicadas por las ratas sindicales para embolsarse millones de pesos no son muy distintas a las que han aplicado banqueros y empresarios en contextos diversos. Privatizar los fondos de un individuo, sea a través de un sindicato charro o de un banco, es eso: privatizar. La desigualdad creada entre un puñado de privilegiados trabajadores del petróleo y una masa de pequeños burócratas, profesores rurales y enfermeras del Seguro es la misma que existe entre los afortunados mandos de confianza de las grandes empresas y las masas de empleados aplastados y explotados en las compañías privadas, del tamaño que sean.
Por otro lado, y reconociendo y criticando profundamente la mediocridad y la corrupción en los liderazgos de estos sindicatos, debe quedarnos claro que los “pasivos laborales” de los que ahora se habla son, de hecho, los únicos que todavía existen más o menos en su forma original (PEMEX, CFE, etc). La abrumadora mayoría de los mexicanos perdió gran parte de sus privilegios (si los tenía) entre 1982 y 2007-8, cuando el gobierno de Calderón impulsó la reforma de pensiones del IMSS (una reforma privatizadora, claro está), o cuando LyFC fue desmantelada. ¿Posible conclusión? Me gustaría decir que los sindicatos más combativos son aquellos que conservan una serie de privilegios más o menos estable. Tristemente, la verdad es que, históricamente, los sindicatos mexicanos más combativos han sido pisoteados por el Estado y el sector privado, y son los más acomodaticios, más charros y más corruptos los que han mantenido estos privilegios para sus trabajadores. Es un tristísimo escenario para la lucha trabajadora de hoy, pero no es un tristísimo origen de los “pasivos laborales”.
El punto es que ninguna crítica a los “pasivos laborales” es válida si no se explica el proceso histórico que les dio origen y, sobre todo, si no se deja muy claro que la alternativa a ellos, según como la presentan las élites de hoy, es la privatización formal de los fondos. Éste sería un proceso que probaría el punto de los marxistas: la tarea del Estado y los intereses de la élite son lo mismo: mantener aceitada la maquinaria que garantiza la acumulación de capital a costa del trabajo de las mayorías. Mientras nuestros queridos compatriotas que presumen no deberle nada a “papá gobierno” (porque tienen changarro, trabajan para una empresa privada o se dedican al comercio) se rasgan las vestiduras cuando leen acerca de los “inaceptables beneficios laborales” que existen en el sector público (que no social), nosotros debemos explicarles con paciencia y garrote que se equivocan. Porque su discurso legitima, todavía más, dinámicas de despojo y desigualdad que se entronizan como la panacea del sector privado.   


miércoles, 4 de junio de 2014

Veloces apuntes sobre una Copa del Mundo que favorece la Financializacón Indiscriminada de Fantasías Arrebatadas (FIFA).

"El mundo se paralizará durante un mes"; "medio planeta respirará fútbol"; "el deporte rey regresa, como cada cuatro años, para embriagarnos con toda la pasión y adrenalina".
¿Cuántas frases vacías, aberrantes y desprovistas de toda lógica y sentido común hemos escuchado y leído durante décadas? ¿Por qué insisten en humillar a los apasionados de fútbol con disparates así? La última vez que revisé, mis amigos fanáticos de fútbol no eran fanáticos de fútbol que casualmente se convertían en otra cosa; eran personas del todo comunes que tangencialmente son apasionados de fútbol. Es decir, se trata de gente que no necesita de ningún aparato mediático de proporciones hercúleas para gozarse una Copa del Mundo. Somos personas completamente cuerdas que nos dedicamos a las cosas más variopintas todo el año, incluso durante el Mundial, y que damos un tiempo extra para seguirlo con interés, pero nada más.

Pongo la mano en el fuego por los cientos de millones de futboleros que siguen este deporte no porque se los sugiere el Kraken mediático, sino porque les gusta y punto. ¿O acaso es tan difícil de creer? Es incluso un insulto y una burla a la racionalidad pública sugerir, con estruendo y platillo, que los políticos mexicanos, en su interminable hijez de puta, han decidido discutir pedazos de ley fundamentales precisamente durante los juegos de México durante el Mundial con el objetivo de aprovechar la distracción y embrutecimiento colectivo, y así evitar potenciales movilizaciones, periodicazos, disturbios callejeros y cuanta amenaza a su proyecto político pueda haber por parte del aguerrido pero apendejado pueblo mexicano. 

Y por eso ni me interesa emprender este viaje en esa dirección. Es como pelearse a ciegas con los gigantes conspiracionistas que llenan la opinología mexicana con fantásticos complots (cortinas de humo, siempre las malditas cortinas de humo), apoyando con sus disparates el mismo proceso de descomplejización que tanto ayuda a los intereses de las clases dominantes. Porque si el debate público se descomplejiza, tanto mejor para quienes tienen las riendas: se agranda el vacío entre el pueblo llano, de todos modos incapaz de comprender los difíciles procesos políticos, económicos y sociales, y la pequeña pero poderosa élite, representada como la única capaz de comprender lo que pasa. 

¿Y qué tiene que ver todo eso con el Mundial? 
Poco, pero lo poco que tiene que ver, es que a los seguidores del fútbol nos consideran, siempre, como idiotas faltos de una buena dosis de televisión y publicidad. Y que todo eso alimenta la gran rueda capitalista. Por eso es relevante lo que sigue sobre Brasil.

Veloces apuntes sobre una Copa del Mundo que favorece la Financializacón Indiscriminada de Fantasías Arrebatadas (FIFA). 

“Para ser congruentes con la realidad del país, la Copa del Mundo en Brasil debería jugarse en las favelas, no en los estadios de 8mil millones de Reais”.

Cabe la posibilidad que esta cita sea de hecho cierta, sólo que yo no la he encontrado todavía por ninguna parte. No me extrañaría, sin embargo, que fuese un reclamo generalizado (aceptando, claro está, que la idealización de las favelas es exagerada, y  que en su lugar podría hablarse simplemente de campos urbanos de fútbol, cualesquiera que sean sus condiciones -hasta podrían tener pasto y luces).

Pongámoslo en claro. Tal reclamo sería ligeramente anacrónico, y no porque ésa no sea en efecto la realidad brasileña, sino porque, simplemente, ninguno de los escenarios usados para Copas del Mundo en los últimos 84 años ha reflejado la verdadera realidad del país anfitrión. Algunos países más y otros menos, dirán algunos. Cierto pero irrelevante. El punto no es si la Copa del Mundo debe costar menos y si ese dinero deba ir a otros rubros (al final de cuentas, el gasto público brasileño para el Mundial de 2010 a la fecha[8 mil millones de Reais], equivale a 1% del gasto hecho en salud y educación durante el mismo periodo [825 mil millones de Reais]; no es ese 1% extra lo que transformará radicalmente la situación). El punto tampoco es uno de paridad intercontinental, o como quieran llamarle al principio de rotación de mundiales entre continentes (falta Oceanía, por cierto. Aussies, estén atentos a la posible pero improbable revocación de Qatar como organizador).
Tampoco es, como sugieren los realistas autodefinidos, un punto acerca de la inutilidad de permitir a países no tan ricos organizar un evento de tal calibre. No creo que Rusia esté en mejores condiciones socioeconómicas que Brasil, y sin embargo nadie ha dicho nada sobre 2018 (excepto, claro, que Rusia es menos desigual, y que quizá el embrutecimiento político colectivo que permite a Putin reelegirse ad nauseam atemperará los ánimos oposicionistas). México era más pobre en 1970 y en 1986 que el Brasil de ahora, y aparentemente nadie estaba en contra del Mundial (o quizá la amnesia colectiva sea eficaz en esta cosa y ahora a nadie le convenga recordar si en México había oposición mundialera). Cierto: hace 30 o 45 años organizar una Copa del Mundo no costaba lo mismo. Pero las implicaciones son similares en cualquier caso.

Como en los exámenes de la UNAM, no creo que la respuesta sea alguna de las anteriores (ni las tantas hipótesis más que corretean por la triple dobleú).
Creo que debamos explorar por otros senderos. Fundamentalmente, hay una racionalidad detrás de todo esto que parece escapar a la abrumadora mayoría de opinólogos. Hay un imperativo de generación y acumulación de riqueza que se traduce en todos los bodrios políticos a los que estamos asistiendo (incluyendo, insisto, lo que pudiera pasar con Qatar 22). Esa acumulación de riqueza es, casi por definición, sinónimo de concentración, y cuando es así, suele ser resultado de desposesión. No digo que haya individuos brasileños que hayan perdido “algo” material (una casa, tierra, un negocio) para efectos del Mundial (aunque algo de expropiación seguro que hubo); digo que las dinámicas económicas básicas para prepararse a un Mundial, desde la construcción de estadios hasta la parafernalia publicitaria, descansan sobre la explotación del trabajo y la extracción y acumulación de la plusvalía que éste produce, la exageración de las desigualdades socioeconómicas y el enriquecimiento de un puñado de emprendedores, contratistas e inversionistas (aka burgueses), pagadores de impuestos o no.

Es un lugar común decir que el fútbol es negocio, y que los Mundiales son el jackpot de algunos. Lo que es menos común es encontrarse con explicaciones lógicas de por qué es así. Siento que se tiende a simplificar la respuesta, sobre todo aduciendo que se trata de un evento de magnitudes épicas que necesita de toda una red de logística e infraestructura para ser exitoso. Eso es cierto, pero no por ser complejo o masivo debe necesariamente ser una mina de oro para una minoría, y un pein in di as para los muchos.  En ese sentido, claro que es cierto que los Mundiales cuestan mucho, pero no porque valgan mucho, al menos no en términos de su valor de uso. No es necesario construir estadios de punta con reglamentaciones de tecnología, higiene y confort más exageradas que los de una base espacial; tampoco es necesario gastar millones en publicidad (¿quién carajos no sabe que hay Mundial, contra quién juega su equipo o si lo pasan en el Cinco? ¿Lo demás es superfluo, y si realmente interesa, es fácil enterarse); y definitivamente es inútil gastar tantos millones en estratosféricos sueldos para una burocracia futbolera que, desde Ginebra, parece controlar las pasiones, calendarios y presupuestos de media humanidad.

Pero no es sólo por el precio final: es por la cosificación del fútbol, las playeras de mil pesos, los sueldos estelares, la despopularización del deporte como punto de encuentro (intenten pagar un boleto en algún estadio inglés y entiendan por qué “súbita e inesperadamente” ya no hay hooligans) y la cotización en bolsa de los equipos y jugadores como si fueran hedge funds (¿o ya lo son?). La cosificación del fútbol no es simplemente la avalancha de mercancías relacionadas al Mundial; es la manera en la que el deporte, y lo que le rodea, se ha insertado fabulosamente en las relaciones sociales de producción y consumo capitalistas. Y por eso no basta con sugerir con la tibieza de siempre que el fútbol podría volver a ser lo que fue una vez, es decir, no un negocio millonario. Esa es una ilusión reformista del mismo tamaño que pretender que dejar de consumir en Starbucks resolverá los problemas de millones de campesinos explotados. 
Por lo tanto, no es cierto que un Mundial sólo trae problemas al país que lo organiza. Depende desde qué perspectiva se mira. Pero lo importante es ser capaces de ver al menos dos cosas. 1) Que las cosas que estamos viendo hoy en Brasil no reflejan la manera en que se preparó este país para el Mundial, sino lo que significa el fútbol en la economía global hoy día. Y entenderlo es crucial para saber que, 2) las dinámicas económicas del capitalismo futbolero son exactamente las mismas que las de cualquier otro sector de la economía capitalista, y por lo tanto no nos desharemos de unas sin eliminar también las otras. Así como no existe un capitalismo humano, ya no existirá un fútbol de dimensiones mundiales con rostro humano, con ese carácter de fraternidad y colectividad que tiene, todavía, en micro espacios a lo largo y ancho del planeta. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

De petróleo, privatización y movilización

En el colmo de la ironía, la estrategia política y discursiva de la izquierda mexicana es una de conservación de lo existente (conservadora?), y esto es muy evidente en la discusión en torno al petróleo. Ni en la práctica ni en el discurso se habla ni se hace nada al respecto de la evidente privatización del petróleo que ocurre desde hace décadas. En primer lugar, la política cardenista del 38 no rompió con las estructuras capitalistas de la producción y la comercialización del petróleo en México: dio un giro estatista, de centroizquierda, que mantuvo vivo un aparato discursivo progresista. Pero estatizar o nacionalizar no es sinónimo de socializar, y los recursos naturales en México, ni legal ni prácticamente, jamás han sido socializados. En segundo lugar, el esquema bajo el que funciona la producción petrolera en el país, y las condiciones con las cuales se crea, acumula y distribuye la ganancia, tiene, desde hace varias décadas, más elementos privados que públicos, y prácticamente ningún elemento social.

a)      Un sindicato corrupto y desligado de cualquier proyecto productivo en donde el control efectivo de la producción y la ganancia resida en los trabajadores de PEMEX –ni se diga en “el pueblo” mexicano. Con el liderazgo más opaco y despolitizado –que no desligado del aparato político- de la historia de la galaxia, el sindicato de petroleros actúa bajo esquemas de privatización de las ganancias derivadas de la producción, y esto es indefendible.

b)      Una burocracia nacional tecnócrata e igualmente desvinculada de los procesos productivos, que ha succionado sistemáticamente la plusvalía petrolera y, bajo el cada vez más falso argumento de distribuirla, se ha enriquecido, lo cual es otro elemento del carácter privado de la PEMEX de las últimas décadas.  

c)       La privatización ‘formal’ de apéndices de PEMEX, como MEXLUB en los 90s.

d)      La participación de PEMEX como “empresa pública” en un mercado internacional que nadie dudaría en adjetivarlo de capitalista. La compleja forma en que operan estos mercados mundiales me es casi desconocida, pero sé lo suficiente para sugerir que las ganancias que se generan mediante los diversos intercambios financieros, tecnológicos y productivos terminan frecuentemente en manos privadas (incluso en fondos de inversión gestionados directamente por PEMEX, pero cuyos réditos jamás serán distribuidos).

e)      Obviamente, como punto a resaltar, el hecho de que las gasolineras operan de jure y de facto como órganos privados de la comercialización y distribución de la gasolina. Todos queremos defender al petróleo del pueblo mexicano con la vida, pero no nos detenemos a pensar que cada vez que compramos gasolina enriquecemos directamente a algún inversionista privado.

f)       Todo tipo de contratos (de riesgo o como quieran llamarlos) que han existido desde el inicio de la historia de PEMEX. Nos cortamos las venas porque estos contratos existirán ahora en la parte del proceso productivo, pero ni nos inmutamos por el hecho de que existen desde hace tiempo en otros sectores de la empresa. Y todo eso es, en efecto, privado.

Faltan seguramente varios elementos. Mi punto es el siguiente. Defender al petróleo como símbolo de las reliquias estatistas del pasado mexicano es irónico porque ni discute el hecho de que la mayor parte de las dinámicas productivas en torno a PEMEX son ya privadas, pero sobre todo, porque NO DISCUTE DE FONDO el argumento central que debería resultar de este proceso: la propiedad privada de los medios de producción y de los instrumentos generadores de riqueza es el enemigo a vencer. Mientras aquellos patrióticos defensores del petróleo sigan ignorando olímpicamente la necesidad de hablar de socialismo, de analizar desde una perspectiva materialista y de clase la realidad económica del país, no tendrá ningún caso exigir un no a la reforma energética cuando, aún si ésta no se realizara, tenemos ya una PEMEX privada casi en su totalidad.

Ahora bien, unirse a la movilización es fundamental. Les parece contradictorio que lo diga ahora? No lo es. La movilización que existe desde hace varios veranos en torno a la defensa del petróleo es la mejor plataforma para difundir análisis y reflexiones de este tipo. Si el liderazgo de esta movilización no lo hace (porque no le pasa siquiera por la mente), nosotros sí que deberíamos hacerlo.  Además, la movilización es el proceso ideal por el cual se crean los vínculos de solidaridad y conciencia que son fundamentales para cualquier tipo de sólida organización con objetivos revolucionarios. Es fundamental entrar al juego desde esta perspectiva y no tener un comportamiento sectario bajo el argumento de que el Peje y sus seguidores no son socialistas (porque evidentemente no lo son), y que por lo tanto cualquier apoyo a sus movilizaciones es una claudicación ante la causa. No. El día que ellos tengan mucho menor poder de movilización, porque la gente habrá descubierto que, en el fondo, defienden también un modelo capitalista de sociedad,  entonces habrá otros liderazgos a la cabeza de la movilización –y ésta, en su carácter socialista, será mucho más democrática.


lunes, 12 de agosto de 2013

El petróleo mexicano ya es privado. Pero siempre puede ser peor.

Se ha escrito y dicho demasiado sobre el petróleo mexicano en las últimas semanas. No he leído, en justa proporción, nada (o casi nada). Pero basta con echar un vistazo a los títulos de los artículos, de las columnas y de los análisis para darse cuenta que prácticamente nadie llegó al debate con un "El Capital" bajo el brazo. Eso sí, todos han leído los modelos noruegos, brasileños, británicos y quizá hasta qataríes... pero me sorprendería ver que, en algún periódico de talla y calidad mediana, apareciese un artículo con dimensiones más bien político económicas (o marxistas).

En el fondo, PEMEX por sí misma no me importa porque desde siempre ha funcionado como empresa capitalista. El problema es la lógica a la que se quiere someter toda la producción petrolera y lo que eso refleja de las dinámicas económicas en México y en el mundo, además de la argumentación falaz detrás de todas las propuestas de reforma. ¿Cómo explican PRI y PAN que "la participación del sector privado en exploración y extracción del petróleo" no significará "privatización de la paraestatal"? 
Es evidente su mentalidad supina. Si las dinámicas productivas dan lugar a la participación del capital, entonces hay un proceso de privatización. Punto. No tenemos que llegar al extremo en el que PEMEX "pertenezca" a Slim o a Chevron-Texaco (de todos modos, por las distintas relaciones mercantiles en las que está metida la empresa, su plusvalía ya pertenece más a capitales privados y burocracias inútiles que al pueblo de México -sea lo que sea que eso sea-): la privatización ocurre y ha ocurrido desde que aspectos claves de exploración, producción y comercialización están ligados a dinámicas capitalistas, nacionales o globales. 
¿Por qué? Básicamente por la inserción de una unidad productiva como PEMEX en las complejas redes de la economía capitalista. No diré aquí si eso es bueno o malo, sólo diré que así es. Esto es, la manera en la que PEMEX obtiene tecnología (aunque mala y vieja), insumos para sus procesos de exploración y perforación y demás actividades; la manera en que comercializa lo obtenido del subsuelo; la forma en que negocia, pacta, compra-vende y subasta acciones de empresas de todo tipo, acuerdos con filiales o con pequeños peces de talla insignificante; los métodos por los cuales la gasolina es refinada (muchas veces en refinerías privadas de los EU) y vendida en México.... todas esas dinámicas obedecen a lógicas capitalistas, a procesos productivos cuya finalidad es la acumulación de capital. 
Como todo proceso productivo, hay clases sociales y grupúsculos dentro de éstas que salen más beneficiados que otras. En este caso, hay un sector particular de la élite sindical y burocrática que gana. La burguesía industrial gana, ya sea a través de sus contratos con PEMEX, de sus vínculos con empresas extranjeras que refinan y distribuyen hidrocarburos, o simplemente debido al subsidio que PEMEX y sus derivados obtienen del Estado, que a su vez se convierten en subsidios a la producción para las empresas de la burguesía industrial mexicana. La élite política gana, quién sabe si directamente a través de grandes sumas de dinero (como piensa AMLO), pero seguramente sí a través del prestigio político que está cosechando con los grandes capitales nacionales y extranjeros.

PEMEX ya es privada, no por el argumento simplista del sindicato parasitario que se enriquece con su producto, sino por la red de capitales que de manera directa o indirecta se benefician de su posición en las cadenas productivas. PEMEX podría ser todavía más privada (siguiendo la lógica del continuo cualitativo, y no de dos opuestos absolutos entre los cuales se transitaría inmediatamente), pero también podría serlo menos. Y para eso no hay que volver al statu quo (o a las erróneas interpretaciones que el PRI hace de lo que Lázaro Cárdenas decía): hay que pensar en cómo podría PEMEX convertirse en un ejemplo, en una punta de lanza de restructuraciones profundas de las dinámicas productivas, de tal suerte que no sea una lógica capitalista la que guíe su acción, sino una lógica socialista.

El modelo Amlista de defensa del petróleo no cambiaría mucho las cosas: un Estado rentista, con un claro interés de clase (que, déjenme decirlo señoras y señores, no se trataría de la clase obrera) y una burocracia sobredimensionada, seguiría administrando la plusvalía petrolera, redirigiéndola, a veces, a proyectos reformistas de carácter social. Es decir, más o menos como en los años cincuenta. No se escuchan elementos como propiedad colectiva en manos de los trabajadores, planificación central y democrática, acceso a insumos y distribución del producto por vías distintas a las de los mercados actuales... Lo mejor que se puede leer es la idea de la autonomía de gestión, en donde sigue habiendo lagunas y que define la autonomía únicamente en oposición a la injerencia del Estado, pero no en cuanto a su necesaria independencia de las lógicas capitalistas. 

Ahora bien, ¿puede crearse una empresa que no opere en una lógica capitalista cuando toda la economía al rededor suyo lo hace? No. Punto. No se puede aspirar a vivir en un oasis de producción colectiva si tu desierto está repleto de dunas que operan según la lógica de la obtención de plusvalía y la competencia. Es como el sueño autonomista de las comunas hippies. No se puede. Pero, obviamente, eso no debe convertirse en canto a la derrota y el pesimismo. Las estructuras quebrarán por su propio peso (y espero estar vivo para entonces), pero incluso si no lo hacen, las contradicciones serán tan abrumadoras y evidentes que algo tendrá que pasar. La pregunta, como siempre, es si el capitalismo será capaz de reinventarse a sí mismo para salir del paso. Por lo pronto parece que se ha quedado corto de ideas, pero todavía tiene muchísimo ímpetu que aprovechar.

Quizá PEMEX no sea todavía privada en cuanto al estatus legal que ocupa, pero para fines prácticos (productivos, y por lo tanto complejos), ya lo es. Cuando un servicio público beneficia más a la minoría que a la mayoría, ya es privado. Claro que lo que quieren hacer nuestros queridos partidos políticos es facilitar el proceso de privatización para acelerar la acumulación de capital. Lo mismo pasaría con el potencial desarrollo tecnológico y los niveles productivos. Pero eso no cambiará las contradicciones elementales de la existencia de PEMEX, híbrido moribundo entre las dinámicas capitalistas a su alrededor, y su posición clave en un aparato rentista y corporativista que, esquizofrénicamente, quiere deshacerse de ella pero no puede dejarla ir. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Empezó la cosecha pero no hay granos

(Perdón la efusividad del título, pero creo que es totalmente justificable)

Sí, todos sabemos que Grecia lleva meses (años) metida en un pantano económico y político de gravísimas consecuencias sociales y humanas. Todos sabemos también que la manera en la que esa crisis se ha manejado provoca que sólo sea relevante para los altos financieros, los mandamás de la economía bursátil especulativa y los dirigentes de la Unión Europea y sus Estados (que, al parecer, trabajan para los primeros). Todos sabemos también que este problema, muy mediatizado, es por mucho menos importante que cosas que realmente deberían preocupar a la humanidad: terribles hambrunas, escasez de alimentos y encarecimiento de ellos, destrozos a la productividad agrícola de infinidad de países e inminente malestar generalizado que empezará en el campo, entre los verdaderamente hambrientos, y no con blackberries en Cannes, Coyoacán o Seattle.

El asunto griego es trágico porque quienes han tomado decisiones al respecto (Merkel, Sarkozy y la UE) se han pasado olímpicamente por los gumaros a la población en general. Si se trata de elevar impuestos recortando pensiones, asistencia social, seguridad social y demás beneficios, que así sea; al fin y al cabo, los que mandan son los especuladores financieros, que ponen el grito en el cielo si la putrefacta bolsa de Frankfurt o de Nueva York perdió 4 puntos un día, aún cuando ellos seguirán ganando cientos de miles de dólares al mes.
El asunto es griego porque, como lo demuestra este artículo, la democracia, como sea que la quieran entender, fue pisoteada, violada, ultrajada y luego quemada al momento de tomar decisiones de orden más bien inhumano.

Pero lo de Grecia, que sí es horrible para los 11 millones de griegos en Grecia, es una pequeña cortina de humo para lo que está realmente ocurriendo... y que lleva AÑOS ocurriendo.

En el último año, en México perdimos 8.5% de nuestra capacidad productiva en granos, según indicó la FAO. Sólo Etiopía --que sufre una grave sequía-- y Sudáfrica --que no sé qué chingados le pasa-- perdieron más que nosotros. Nos convertimos en el país que más granos importa en toda América Latina. ¡Granos! No hay nada más elemental que los granos. Vamos, hasta para la cerveza se necesitan granos (y vaya que ésta es elemental). ¿Cómo podemos asumir aquí y allá que ¨la economía va bien¨, que los bolsillos se llenan porque aumenta el gasto y el consumo cuando lo que está pasando es que somos incapaces de producir alimentos?

Importamos alimentos (caros) y producimos algunos alimentos (malos). Esa es la nueva lógica nacional. Y el problema de la soberanía alimenticia se evidencia como uno realmente grave e indecente, y no como una simple retórica de izquierdas (como la gran mayoría de los librecambistas irresponsables quiere creer). Tenemos que cobrar consciencia de lo siguiente: la especulación que se ha hecho en los últimos años respecto de los alimentos ha sido letal; la acaparación de granos y de otros alimentos es mortal para las mayorías, aunque enriquezca a ínfimas minorías; la compra de enormes extensiones de tierra totalmente malbaratadas en algunos países africanos por parte de las ricas monarquías árabes o de China NO está favoreciendo la producción integral de alimentos que puedan, después, ser consumidos por quienes más los necesitan: al contrario, está destruyendo poco a poco el potencial productivo de esas tierras con cultivos muy redituables pero no nutritivos (y sí antiecológicos). Lo mismo pasa en Brasil con el etanol y demás biocombustibles que se comen, literalmente, cientos de miles de hectáreas. Nadie come biocombustible y su producción y procesamiento acaba con muchísimos recursos, uno de ellos esencial, que es la vitalidad del suelo.

La gran indignación en los medios de comunicación aparece en las ciudades (y es realmente justa y loable su causa. Todos somos indignados). Pero la indignación realmente acompañada de hambre y de carencia está sucediendo en el campo y no le estamos prestando atención. Soy un inexperto en la materia, pero definitivamente quisiera aprender mucho más.
http://www.jornada.unam.mx/2011/10/28/politica/025a2pol


sábado, 1 de octubre de 2011

Vive cuando debas vivir; muere cuando debas morir (Parte I)

No es fácil, y aún así discutir el tema es de lo más relevante. Quisiera hacer algunos apuntes, en tres textos distintos, sobre tres temas que tienen que ver con la vida y la muerte, si bien no necesariamente están relacionados. Se trata del aborto, de la pena de muerte y del suicido. Apuntes breves y cargados de opinión y subjetividad, como me gusta. Eso sí, los tres están más que contextualizados en la sociedad y la política mexicana. Tienen que ver con percepciones y realidades, con leyes y con prácticas. Vámonos pues.

Aborto. En México es ilegal. No nos engañemos, pues no significa que no se practique ni que haya partes del país donde esté permitido. Pero a nivel nacional no existe una disposición clara al respecto. No es legal, pero su penalización no es evidente (como lo es en otros países). El carácter federal del Estado mexicano permite que se pueda legislar al respecto en los estados. Eso es bueno y malo. Bueno porque permite que subentidades políticas tomen decisiones trascendentales y malo porque no hay homogeneidad nacional. Subjetivamente, diré que es bueno porque en el DF es legal y malo porque hay estados que lo penalizan. Además de eso, el asunto es más profundo porque invita a pensar en:

- Cuándo inicia la vida y cuándo termina. La vida biológica, como división celular, empieza con la concepción. La vida humana (sensorial, motriz, afectiva) empieza varios meses después –quizá todavía en la panza materna. La vida social empieza con el nacimiento o, aunque podríamos discutir si el vínculo que se establece entre el feto y su madre o su entorno no es ya vida social. En cualquier caso, la vida humana y la vida social no empiezan antes del tercer mes de embarazo. La vida termina con la muerte, así de sencillo. Si no hay vida, no hay muerte, y entonces no se llama aborto sino interrupción del embarazo (es como que una enfermedad interrumpa tu proceso de división celular en el páncreas; no mueres por tanto).

- Si valen más los derechos de una mujer que los de un cigoto (porque todavía no es feto). No lo creo: los derechos de la mujer (reproductivos, afectivos y sexuales) se complementan con sus propios derechos sociales (derecho a la salud, a un entorno digno, a buenos servicios). Cualquiera de ellos supera los derechos de un cigoto. El grave error de las legislaturas locales que determinan que la vida inicia con la fecundación es que no acompañan esa decisión de derechos jurídicos, humanos y sociales efectivos para el cigoto o para el feto. No estoy cayendo en el absurdo de que se le dé derecho al voto o se le obligue a pagar impuestos; hablo de derechos como la protección jurídica (más allá del aborto como “asesinato”, ¿qué hay del maltrato, la irresponsabilidad en el cuidado o la mala alimentación, por ejemplo), derechos de salud y entornos adecuados… No, estas leyes totalmente sesgadas no contemplan nada de eso y prefieren limitarse, escandalosamente, a buscar la penalización del aborto y el reconocimiento casi religioso de la vida desde la concepción sin pensar en las implicaciones de ello.

Más allá de que haya enormes fallas constitucionales (que si es prerrogativa de los estados o del país; que si se puede realmente legislar respecto de la vida y la muerte en la Constitución), lo importante es lo que social y políticamente significa este circo. La derecha (porque sí es, por lo general, un debate izquierda-derecha), argumenta estúpidamente que las madres que abortan deben ser castigadas porque están “matando” a una persona. Dicen también que los que defienden el aborto prefieren cuidar ballenas y arbolitos que proteger a los de su propia especie. También creen que las autoridades que promueven la despenalización del aborto incitan a que se haga, por lo que están invitando al “genocidio”, al asesinato y a la desmoralización del individuo, la familia y la reproducción humana. Todos esos argumentos están rondando por ahí –y hay muchos más.

La izquierda debe ser muy cuidadosa. Hay quienes estúpidamente también suponen que, como “un niño pobre, no deseado y que vive en condiciones de miseria tiene 90% de posibilidades de convertirse en criminal, entonces hay que abortarlo”. No. El aborto no es ningún mecanismo preventivo de la defensa del crimen o la inseguridad. El aborto es tan importante y tan sentimentalmente complejo que no se puede tomar así a la ligera.

Finalmente, la discusión sobre el aborto es totalmente idiota por una simple razón: los seres humanos vivimos en comunidades políticas que llamamos Estados y gobiernos. Éstos deben garantizar igualdad de derechos, oportunidades y condiciones materiales de vida a todos los ciudadanos, a la vez que todo se desarrolle en un ambiente de verdadera libertad. Por eso, el aborto, sencillamente, debe ser legal y todos los esfuerzos deben dirigirse a promover que las mujeres y sus parejas elijan LIBREMENTE si quieren abortar o no. La información debe ser abundante y la libertad total. De lo contrario, se pueden cometer muchos abusos. Pero lo importante es que esté permitido hacer una cosa o la otra. NO ES LO MISMO si hablamos de asesinato, robo o violación, precisamente porque es un hecho que los cigotos NO gozan de derechos políticos ni sociales y tampoco tienen, creo, condiciones humanas. No digo que sean monstruitos, o infrahumanos: sólo digo que pesan mucho más los derechos de las mujeres y las parejas, así como las consideraciones reales respecto de cómo será la vida del infante no deseado, con padres no preparados y en situaciones adversas y precarias.

No se trata, por lo tanto, de discutir públicamente si el aborto es moral o no –eso lo podremos discutir buena onda entre cuates, con familia y pareja, incluso en ciertos foros académicos y públicos, pero no desde el Estado. Es, al contrario, una práctica médica que debería ser totalmente legal, como cualquier otra. Y la decisión, que tomará en cuanta todas las consideraciones de las que ya hablé y muchas más, tendrá que ser respetada.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Breves Apuntes sobre Palestina. Crónica de una declaración fallida y anunciada

Hace varias semanas que la diplomacia y la prensa internacionales analizan la posibilidad de que la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su sesión inaugural de 2011 este 23 de septiembre, reconozca formalmente la existencia del Estado palestino, limitado a sus dos inconexas regiones de Gaza y Cisjordania. La verdadera esperanza de Mahmud Abbas, presidente de la autoridad palestina, es que sea el Consejo de Seguridad quien apruebe y reconozca la creación del Estado; si lo hace la Asamblea General, el reconocimiento informal será una garantía, pero no la oficialización de Palestina como el 194° miembro de la ONU, al respecto de lo cual es el Consejo de Seguridad quien tiene la última palabra.

Estados Unidos, en voz del mismo Obama, ha dicho explícitamente que no reconocerá ninguna propuesta unilateral de creación del Estado palestino, por miedo a que ello congele las negociaciones con Israel. Por otro lado, EU no quisiera verse en la penosa necesidad de ser el único país que vete la propuesta en el Consejo de Seguridad, lo que adjudicaría toda responsabilidad a Washington; por ello, la mancuerna con Londres será imprescindible. Desde su propia trinchera, Israel ha iniciado una extensa campaña de desprestigio a las expectativas palestinas, acusando a Abbas de irresponsable e intransigente. En más de una ocasión, Israel ha dicho que, de aceptarse en Naciones Unidas la independencia palestina, dejará caer todas sus responsabilidades y obligaciones respecto a tierras palestinas.

De todos modos, la independencia absoluta de Palestina no está garantizada. La unidad política entre Gaza y Cisjordania parece tan difícil como la unidad territorial y las presiones del conservador gobierno israelí no permiten que las negociaciones avancen por otro lado. Los palestinos, por otro lado, ya votan por sus autoridades, pero no así por un verdadero gobierno nacional. El estímulo que provocaría una declaración de reconocimiento internacional por parte de la Asamblea General (sin mayores implicaciones reales) podría, contrariamente a como piensa EU, favorecer una mejor disposición palestina para las negociaciones. Falta esperar que Israel haga otro tanto.

Es evidente que Estados Unidos ha sido un cínico e ignominioso actor en el juego. Israel, mucho peor. La decisión de la Autoridad Palestina de buscar el apoyo de la Asamblea General es un recurso final que no llevará a nada, pero hay que reconocer (y nadie en EU ni en Israel lo hace) que es mil veces mejor hacer ese tipo de apuestas -aunque fallidas de inicio- que llamar a una tercera intifada, a una alzada generalizada contra el invasor israelí y los abusos y explotaciones que la comunidad internacional permite.

Palestina no será un Estado libre ni soberano pronto, aún si cuenta con el apoyo de 130 países en Naciones Unidas, básicamente porque el sistema internacional es antidemocrático, jerárquico e injusto y sus instituciones favorecen el cínico control de las grandes potencias por encima de los países menos favorecidos.

Un punto más para Israel, uno más para la injusticia; como siete puntos extras para la decida, unos diez para la mierda internacional y, por supuesto, goliza en contra del pueblo palestino y de los millones de individuos solidarios alrededor del mundo.