sábado, 25 de septiembre de 2010

Nacionalismos septembrinos

Y dale con el Bicentenario. ¿Qué interés guardan las representaciones de la nación, de su glorificada historia y sus inescrutables héroes para el ciudadano común? ¿Qué relación tiene la idea misma de "festejar" (insisto en que el término es el correcto) el Bicentenario con la de la nación?
Los grandes espectáculos y la bonita parafernalia no son exclusivas de la Nación en abstracto. Creo que a casi todos nos encantan las inauguraciones de los juegos olímpicos o el festival de Cannes o qué sé yo; cosas que no obedecen necesariamente al orgullo nacional (aunque podría darse el caso).



Vamos a poner algunas cosas sobre la mesa. Pareciera que los nacionalismos decimonónicos, que suponen ser tan claros para cualquiera de nosotros, mantienen su vigor en muchísimos aspectos de la vida cotidiana en pleno siglo XXI. Por otro lado, desde hace varias décadas que algunos patrones nacionalistas van cambiando a marchas forzadas y que hacer coincidir ambos modelos es dificilísimo. Antes de seguir, déjenme decirles que pienso en el nacionalismo oficial y, hasta cierto punto, tradicional de la sociedad mexicana como uno de carácter decimonónico (y de mediados del siglo XX). A esa estática se le agregan elementos muy nuevos que no son fáciles de asimilar pero que si no se hace la idea misma de la nación "moderna" pierde sustento. Veré si logro aclarar este debralle.



El nacionalismo "común", "tradicional", "oficial" y, sobre todo, público nace por ahí del siglo XIX, a finales, acompañado del proceso de creación y consolidación del Estado mexicano. Las primeras décadas de vida independiente, fatídicas en diversos sentidos, no lograron cuajar en la formación de una nación porque tal cosa es un proceso arduo, una tarea titánica. Los políticos de la época no podían siquiera ponerse de acuerdo en el tipo de gobierno que necesitaba el país; pedirles tiempo y dedicación a la tarea de formar una nación habría sido demasiado. Además, las élites criollas (porque eso eran, básicamente) no tenían mayor interés en buscar continuidades y cosas en común con los millones de mestizos e indígenas que ni por error iban a participar en la vida política y económica del joven país.

Pero cuando la necesidad de afianzar un Estado-nación fue evidente (intervención francesa, imposición de un emperador extranjero), la guerra intestina se desató. No fue un conflicto entre nacionalistas y no nacionalistas como le encanta presentarlo a la historia oficial. No, no es que los conservadores, por ser monárquicos, fueran anti mexicanos o anti nacionalistas. Tampoco es que los liberales, por republicanos, encarnaran a la nación mexicana en sus proyectos políticos. Lo importante, creo yo, es aceptar que ambos grupos querían consolidar su poder político sobre la base de una idea de lo que era y debía ser México. Claro que uno puede (y quizá debe) estar más de acuerdo con una de las posiciones, pero no puede sugerir, arbitrariamente, que la propuesta de los contrarios era antinacional o vendepatrias. El punto, sin embargo, no es ese. Cuando la guerra contra Francia, los republicanos ganaron muchísimo vigor porque, justamente, lograron apelar a una situación ya común pero no por ello menos denigrante: la potencia externa que quiere intervenir en México y arreglarlo todo a su modo. Claro, los indígenas y mestizos (en general) no tuvieron nunca voz y voto en el proceso de decisión política y económica del Estado. Muy poco peso tendrían, después, a lo largo de la II República. Pero el nacionalismo liberal-republicano no era un llamado a la democracia (“¿¡A la qué!?): era un llamado a conservar una integridad territorial y política que se había visto muchas veces amenazada.


Los conservadores, por su lado, no lo veían igual. Para ellos la nación debía ser un cuerpo social más o menos claro y, sobre todo, disciplinado: bajo un rey, un emperador o alguna otra figura no republicana, valores “colectivos” como la religión y la fe católica, el respeto por la autoridad tanto divina como terrenal/imperial... había mucho de pretensiones muy elitístas: México una monarquía, una nación tradicional que se codeara con las grandes realezas europeas... y para los liberales era igual: México, nación moderna, republicana, igual que la estadunidense.


Ganó el nacionalismo liberal con su entonación reformista (sobre todo en lo que a la iglesia respecta), positivista, modernista (anti-indígena y en contra de -ciertas- tradiciones) y, según, progresista. “México nace en la Reforma, en la defensa contra el II Imperio o en los aplausos a Juárez y a la II República”. Tales comentarios son comunes y, a la vez, muy bien fundamentados: claro que el juarismo trajo a México una disciplina laica importantísima; un modelo de educación que rompería con esquemas semi oscurantistas; una valoración positivista de lo que había sido el proceso de construcción nacional y sobre cuáles debían ser los próximos pasos a seguir.


Defiendo esos importantes logros del juarismo a la vez que critico su antiindigenismo, su pretensión por lograr una sociedad liberal que parecía todavía de inicios del siglo XIX (en un mundo donde se leía a Marx desde hacía más de un cuarto de siglo el poco progresismo intelectual, político y social de los juaristas era evidente) o su amistad con lo que empezaba a ser el Imperialismo estadunidense. Pienso que si Juárez construyó la nación y al Estado mexicano entonces debemos aplaudirle. Pero reconozcamos que tales estructuras se fisuraron muy pronto, primero por negligencia y “traición” porfirista y luego, simplemente, porque ya no daban el ancho con los nuevos tiempos.


Y creo que, en términos generales, es el nacionalismo que nace con el juarismo el que mantuvo su fuerza durante muchas décadas y que incluso fue rescatado por los hábiles políticos de la “dictadura” priísta. La historia de bronce, de la que no hablaré por ser tema muy trillado, es uno de los referentes obligatorios de la mexicanidad en los términos más estrictos: educación pública, instituciones, política, fútbol... qué sé yo, tantos aspectos impregnados de ese nacionalismo oficial y orquestado desde arriba en donde todos los movimientos sociales del pasado que podían adaptarse, aunque fuera sólo poquito, a los pilares priístas estarían presentes. Así, el magonismo y el zapatismo se codean con el maderismo, con el juarismo y hasta con el hidalguismo, como si nada.

Pero luego están las partículas contemporáneas de los nacionalismos que no hemos logrado agregar de forma coherente a la idea de nación mexicana. ¿Quiénes son los indígenas y las minorías étnicas (“propias” o inmigrantes) y qué rol pueden desempeñar en la construcción cotidiana de la nación mexicana? ¿Por qué a muchos mexicanos les cuesta tanto aceptar que hay muchísimos elementos externos que influyen en el refrendo diario de lo que es la nación? ¿ Somos acaso incapaces de reconocer que la “mexicanidad” pura no existe y que, como todas las naciones modernas, somos un híbrido?


La historia oficial hizo al mexicano y lo pintó de moreno claro; no de moreno oscuro color del barro, porque así son los indígenas. Tampoco de un pálido blanco, porque así son los europeos. Se suponía entonces que el mexicano, mestizo, era el resultado idóneo de la cruza de “dos razas”. ¡Excelente! El mestizaje fortaleció al mexicano y lo hizo una superrázacósmicadestruyeninjas. Esa imagen oficialista de lo mexicano y de los mexicanos excluyó terriblemente a los “no mestizos”. Claro que, como en todo, los grados de exclusión eran distintos. Los indígenas, pobres y desposeídos, eran los más excluidos. Los blancos podían no serlo y aproevchaban su enorme relevancia política y económica para seguir siendo, en muchos aspectos, la clase privilegiada del país. El discurso excluyente de la nación mexicana como una moderna “olbigaba” a los indígenas a mexicanizarse, a a abandonar la tradición y abrazar la modernidad. Somos un país racista y excluyente porque, entre otros motivos, así mismo construimos la nación.


Con los cantos al multiculturalismo, al respeto a las culturas autóctonas y la democracia de las minorías, algunos sectores de la sociedad han cambiado sus enfoques y han propuesto visiones de la nación mucho más incluyentes, tolerantes y pintorescos. Aceptar que físicamente los mexicanos somos tan distintos no ha sido cosa fácil y los prejuicios siguen presentes. Sociedades como la brasileña o la estadunidense, mucho más “tutti-frutti” que la mexicana, han tenido enormes problemas de itegración, tolerancia y respeto entre sus comunidades porque, desafortunadamente, el racismo impera. Pero en fin, poco a poco algunos prejuicios se van desgastando y poco a poco podemos cambiar nuestras impresiones sociales. Eso mismo nos obliga a repensar qué significa la nación mexicana, pero no ha sido sencillo.


Respecto a la idea de los elementos que vienen de fuera, ¿qué se puede decir de nuevo? En vez de hablar de el consumo de productos extranjeros, la adopción de fiestas y costumbres de fuera, la acogida que hacemos a la cultura de otros países y de otros fenómenos que hacemos cotidianamente pero que negamos que forme parte de mexicanidad, pondré mi propio ejemplo. Como hijo de un matrimonio internacional (suena sangrómn pero eso es, entre naciones) crecí, aunque suene inverosímil, con dos nacionalidades. Aprendí desde chiquito que eso era compatible y que era una gran ventaja. Muchísimas veces me han preguntado si me siento “más belga que mexicano”, si no me siento “mitad y mitad”. La pregunta siempre fue traicionera e imposible de responder con coherencia. Decidí que la mejor respuesta era decir: “soy 100% mexicano... y también 100% belga, ¿cómo la ven?”. Claro que al momento de definir en qué aspectos me desenvolvía mejor (lengua, “conocimiento” de las costumbres, las dinámicas sociales, la política, la literatura...) la respuesta era muy clara: soy más mexicano. Pero esa no era la respuesta que la gente quería escuchar: creo que, aunque no fuera con mala leche, la gente prefería escuchar que me sentía muy extranjero y que, en el fondo, no podía ser 1000% mexicano.


Puede ser cierto. En casa, por ejemplo, nunca había nada picante a la hora de comer (excepto una esporádica salsa verde que sólo mi papá comía) o no íbamos al panteón cada día de muertos. Sí, el ejemplo de la comida picante es pésimo, pero aceptemos que es uno de los clichés de lo que significa ser mexicano. El caso es que, admitámoslo, muchos aspectos de mi vida cotidiana en familia no eran los típicos de una familia mexicana. ¿Cómo iban a serlo si al mismo tiempo debía sentirme orgulloso de mi país natal y del otro, del de la cerveza, Tintin y los wafles?

Pero, admitámoslo nuevamente, ¿qué familia mexicana es típicamente mexicana? Ninguna. En mi casa no había chile, va. Pero tenía amigos que, en su laicidad, no ponían nacimiento en navidad; otros no hacían celebraciones al día de muertos, pero salían a pedir dulces el 31 de octubre; algunos nuca compraban comida en las fruterías o en los mercados; otros más preferían escuchar música extranjera y renegaban del mariachi o las rancheras; muchos recibían regalos de Santa Claus y no del niño dios (aunque eso es también un fenómeno de clase muy cabrón); otros bebían más coca cola que aguas frescas... Vamos, a lo que voy es que es injusto (y hasta iluso) pensar que los mexicanos son unos entes cuya nacionalidad está aislada de y es inmune a tantas influencias externas. Reconstruir una nacionalidad mexicana implica reconocer esos sincretismos que van más allá del encuentro de culturas de 1492 y que tienen que ver con el encuentro de culturas que sucede todos los días en la calle.


Y eso me permite concluir. Un nacionalismo como el mexicano, que todavía no se entiende como híbrido en su cabalidad, es uno destinado al fracaso. En cambio, aceptar que somos un chistoso cuerpo social que se reafirma cotidianamente con elementos externos es mucho más provechoso.

El desfile del Bicentenario de la semana pasada tocó, en ocasiones, ese punto: De la Parra dirigió una orquesta que tocó “música clásica mexicana”: si siguiéramos una concepción estricta de la nación mexicana, eso sería una aberración. En el desfile también se reconoció la forma en que México ha acoplado para sí la música cubana y colombiana. Un excelente elemento de la riqueza cultural mexicana de hoy.


martes, 7 de septiembre de 2010

¡Ay, Gitana! (a tí te están dando mala vida)

Reporta la revista inglesa The Economist que recientemente en una pequeña ciudad eslovaca la policía arrestó a seis jóvenes que, supuestamente, habían robado una bolsa. Los obligaron a desnudarse, a besarse y, finalmente, a golpearse. Mientras duró el espectáculo los policías no dejaron de reir e, incluso, grabaron un video que después hicieron público, humillando todavía más a los presuntos inocentes.
También en Eslovaquia hubo una balacera de las que antes sólo ocurrían en los Estados Unidos. Un hombre armado habrió fuego contra una familia y otros inocentes. Murieron ocho y él se suicidó. Siete de las víctimas tenían algo en común con los seis jóvenes humillados.
En Belfast, Irlanda del Norte, hay incluso una versión moderna de un pogrom en el que viven personas que, a su vez, tienen mucho en común con los siete muertos y los seis humillados. Finalmente, leí también que en Hungría la policía obligó a una familia a salir de su casa, aparentemente sin razón alguna, la obligó a correr y después disparó. Cinco murieron, incluido un niño de cinco años. Adivinaron: también hay algo en común entre los cinco, los seis, los siete y los del pogrom.
En español llamaríamos a esta gente víctimas de la injusticia, inocentes o, simplemente, desdichados. La verdad es que tienen, además, otro nombre: gitanos o zíngaros.


[Para ellos la vida NO es pintoresca, o no siempre]

La ola de violencia en contra de la población gitana, quizá el grupo étnico sin Estado propio más grande de todo el continente, no es reciente y se enmarca perfectamente en el regreso voraz de una derecha y una extrema derecha violentas, inequitativas y racistas en el viejo continente. El más reciente de los escándalos tiene que ver, una vez más, con el gobierno derechista de Sarkozy, allá en el Elíseo. Durante el verano francés, el gobierno de "Sarko" decidió expulsar a varias centenas de gitanos bajo el argumento de que su estadía en Francia era irregular. Claro está que cada maldito Estado goza del derecho de decidir quiénes entran y quiénes no, pero, una vez más, estos ejercicios de política racista aparecen sin fundamentos ante el grueso de la opinión.
Francia decidió que estos gitanos serían repatriados a Rumania y a Bulgaria (decisión no necesariamente arbitaria pues, al parecer, todos ellos tenían documentos oficiales que probaban su nacionalidad) por haber entrado ilegalmente a territorio francés. ¿Ilegalmente? ¿Y qué hay del pacto Schengen, según el cual todos los ciudadanos y residentes de la UE pueden moverse libremente por todo el territorio? La primera respuesta francesa, que ni siquiera tenía que ver con decisiones de política interna, iba algo así: "el libre tránsito no es incondicional: así como el Reino Unido se abstiene de formar parte de Schengen, Rumania y Bulgaria todavía sufren ciertas excepciones en cuanto a la movilidad de su gente: no están 100% integrados en el espacio común europeo".
La respuesta es correcta, pero es una salida cobarde pues no afronta las decisiones tomadas desde el centro de la política francesa. ¿Acaso otros países europeos han hecho lo mismo de la misma manera? No. Francia lleva, en cambio, varios años jugando a la repatriación de gitanos al Este. Después vino una justificación del interior (que tampoco fue explicación). Según oficiales del gobierno francés, Francia es el segundo país del mundo que recibe más demandas de asilo y que, naturalmente, aprueba una gran parte (el primer lugar es Estados Unidos, pero no me quedó claro si también es el país que más solicitudes aprueba). Bajo ese argumento, el Elíseo defendía sus actos con datos en contraparte: "nosotros recibimos a muchos asilados. Si los gitanos se quieren asilar, que se formen en la ventanilla G34".
Eso no está en discusión. Qué bueno que Francia acepte tantas demandas de asilo en un mundo con más de 15 millones de refugiados externos. Pero la decisión de expulsar a los gitanos es algo radical. Además, Francia atraviesa por un pésimo momento para excesos racistas (si es que acaso hay buenos momentos para ello), pues se supone que está absorta en pleno debate de las "características de la identidad nacional". Hace poco Sarkozy también sacó el cobre determinando que la nacionalidad francesa es arrebatable, bajo ciertas circunstancias relativamente obscuras, a ciudadanos de origen extranjero (a los franceses güeritos, no).
Para muchos el tema gitano no es tan grave. Finalmente, se trata de "nómadas" que se compromenten poco o nada con los Estados por los cuáles transitan. Si están "de viaje", no pagan impuestos más allá del consumo y no siempre respetan a cabalidad las normativas locales. Pero la vida es bastante cruel para aquellos que se instalan en los países por los cuales cruzan. Los niveles de escolaridad, de empleo y de seguridad social son bajísimos entre la población gitana.
Habrá quienes esgriman el argumento cultural. Si lo hacen no errarán del todo, pues es cierto que muchos aspectos de la cultura gitana son regidos por un patriarcalismo machista y poco abocado a la educación -especialmente de las niñas-, según el cual los niños son siempre más útiles trabajando que estudiando. Además, pero no sé en qué medida esté relacionado con la cultura, la inicidencia delictiva es claramente mayor entre la población zíngara. Claro que queda la justa duda: ¿acaso no es la violencia y la delincuencia producto de las condiciones de intolerancia, marginación y desigualdad en las que viven los gitanos? Sí, yo creo que sí.

Otros insisten en que los gitanos son unos "cabezotas". Muchos españoles argumentarán que si viven en casas móbiles o en cavernas (verídico), es por decisión propia. Muchos dirán también que son ladrones por convicción y reputación. En la Toscana, los mendigos que vi eran en su mayoría gitanos (y niños) que, además, se enojaban si el "cliente" no dejaba suficientes monedas. Quizá sean, en efecto, individuos duros y algo tosocos: platicaba Claudia que cuando mi Mariscal J.B. "Tito" decidió que los gitanos vivirían en las ciudades yugoslavas, como todo mundo, y que por lo tanto recibirían departamentos, muchas familias gitanas seguían manteniendo cabras, gallinas y fogatas dentro de los departamentos, provocando no sólo la cólera de los vecinos sino el deterioro de las instalaciones.







[Algunos parecen maras pero, aún si se portaran como ellos, no son la minoría]





Pero ninguno de los anteriores es un argumento válido. De hecho, la intolerancia nunca tiene argumentos válidos. Los gitanos llevan milenos cruzando fronteras a su voluntad (imagínense, comenzaron en la India) y sus lealtades estatales son, comprensiblemente, débiles (y no deberían ser de otro modo). Los judíos sionistas querían un Estado a toda costa. Muy bien, ya lo tienen e hicieron una mierda en el vecindario. Los gitanos no quieren necesariamente un Estado (además, a ellos, nadie se los daría). Pero tampoco es razón para mantener actitudes tan radicalmente burdas frente a ellos. Ellos configuran más de 6% de la población en países como Hungría, Eslovaquia, Rumania, Bulgaria (incluso 13%) y Serbia. Pero eso no evitó a un diputado húngaro de Jobbik (partido fascistoide) pedir que los gitanos fueran "internados en masa" (¿a alguien le suena conocido? Sí, a mí también).
Difícilmente este texto servirá de denuncia (no tengo ningún lector húngaro en mi lista), pero saben ustedes que no desaprovecho la oportunidad de criticar algo... o de contar un cuento. Bastará quizá con que la próxima vez que hablen con algún europeo que les presente generalizaciones babosas acerca de los gitanos lo miren con desdén, le alcen la voz y lo regañen. Claro que los gobiernos son los primeros responsables (vean nomás a Sarko), pero las sociedades europeas no se han portado mejor. Una de las grandes ironías es su defensa de la "solidaridad nacional" que se contrapone a su inquebrantable intolerancia frente a los individuos que no quieren abrazar de la misma forma su idea de nación.
[Mejor escuchen a Gogol Bordello, excelente banda de Gypsy-Punk]


jueves, 2 de septiembre de 2010

Deshonestidad patriótica

Se acercan bicentenario y centenario y este blog dedicará mínimo dos textos al respecto a lo largo del mes. No les será quizá ajena mi postura inicial, el escepticismo. ¿Qué festejamos? Sí sí, la respuesta es clara: independencia y revolución. La primera la conseguimos mucho antes que decenas de países que yacen todavía en el extremo subdesarrollo. La segunda, por su parte, la enarbolamos (y la enaltecieron otros también) como una de las primeras grandes revoluciones sociales de la historia contemporánea y la pionera del siglo XX. Eso no está en duda. Tampoco seré de los derrotistas que pongan en entredicho la independencia actual, pues no soy de la idea de que el país esté completamente a merced del Imperio o del Capital y, sobre todo, que sea el único. Muchos otros países están sojuzgados por esos dos poderes y aquí en casa tenemos nuestros propios imperios y nuestros propios capitales que, con frecuencia, son todavía más inhumanos que los de fuera. Así que tampoco va por ahí.
Del festejo a la revolución sí tengo mis dudas. En ese sentido, comparto más las ideas de Adolfo Gilly de una revolución interrumpida, no porque crea yo un poco como hace él que en México existían las bases para realizar una gran revolución de carácter socialista-proletaria, sino porque las simples demandas democráticas de los grupos más coherentes (la reforma agraria, el rescate de las Leyes de Reforma, la repartición de cierta riqueza nacional y la expropiación de enormes haciendas de corte casi feudal) en muchas ocasiones fueron tiradas al caño en las décadas que siguieron, especialmente en esta última década. Insisto en que esas fueron demandas totalmente democráticas y hasta liberales. Hay quienes las llaman socialistas o revolucionarias. Si eso son, entonces yo soy mitad maorí.

Pero hoy el tema que nos ocupa es más de carácter colectivo y, si me permiten, psicosocial. Soy malo como un calcetín en esos temas, pero me gusta improvisar.
Verán, creo que en México tenemos un grave problema de autoengaño. Conforme siga con el texto quizá logre explicar a qué me refiero. Por lo pronto, les adelanto que NO me referiré a esas ideas que circulan con cierta frecuencia acerca de la "cultura" del mexicano como una de flojera, falta de interés, gandallismo, miopía, futbol y guadalupanismo. No me trago el cuento de que el mexicano es abusado pero abusivo; extremadamente creativo para resolver ciertos problemas pero casi siempre un güevón. Sin embargo, sí creo que tendemos al autoengaño, a la ilusión y la falta de memoria, al "le tiro a todo cuando sueño" pero, sobre todo, a la falta general de confianza realista en el país (y precisamente por eso es que surgen todas esas ideas de flojera, gandallismo, creatividad pero güeva). ¿Sale? Pues me lanzo al ruedo.

Cuando era niño y me gustaba asistir pasivamente a las pláticas que mis padres solían tener en la sobremesa con sus amigos, había siempre tres palabras de mi papá que me encantaban. Él solía comenzar muchas frases con un contundente "en este país", e inmediatamente dejaba pasar un microsegundo, suficiente para enfatizar que lo que seguiría sería una reflexión crítica acerca de alguna situación cualquiera. Así, moviendo la mano derecha de arriba hacia abajo y pegando el pulgar con su índice (y eso que no es italiano), mi papá conseguía para sí la atención de los demás. A mí siempre me provocó un no sé qué. Aprendí desde chiquito que vivía en un país en el que las cosas siempre salían mal y en el que, sin embargo, hablar mucho de esas cosas era bueno. Era una especie de contradicción natural, una lógica implacable por incuestionable. Si la gente podía decir siempre que las cosas estaban mal y se le escuchaba, entonces no sólo era porque las cosas estaban mal, sino incluso porque estaba bien que las cosas fueran mal.

Vista desde ahora, la reflexión era una aberración. Pero en esos momentos me daba cierto gusto pensar así porque era como predecir algo, o mejor dicho, porque al decir las cosas malas del país uno prácticamente no podía equivocarse. Muy pronto, sin embargo, esa idea que yo mismo me había construido comenzó a confundirme. Recuerdo que una vez, viendo un partido de fútbol entre México y Brasil (era la final de la Copa Confederaciones de 1999), mi papá hacía alusión a los distintos errores del fútbol mexicano: el "pasesito marica", "los tiritos desgüevados", "las nenas teatreras"... todo eso me hacía pensar que no sólo México iba a perder (porque con tiritos desgüevados nadie podía ganarle a Brasil), sino, peor aún, que México debía perder. Y debía perder porque eso se merecía: porque todo lo hacía mal. Pasé el resto del partido en una angustia interna terrible porque claro que quería que México ganara, pero a la vez me tragaba el cuento de que no se lo merecía... por el otro lado, México sí que jugó bien y mi papá se emocionó terriblemente con la victoria. Yo estaba definitivamente confundido.

Creo que con ese ejemplo va tomando forma la idea del autoengaño. Si me siguen -si yo mismo me sigo-, me parece que el autoengaño mexicano es doblemente cruel porque es, al menos, bifacético: hay ocasiones en las que nos engañamos acerca de lo malísimo que es el país que cuando las cosas salen medianamente bien somos incapaces de apuntar correctamente los logros y los méritos. Por el otro lado, hay veces que nos autoengañamos con lo excelentes que podemos ser, que cuando las cosas salen medianamente mal tenemos siempre una buena coartada, un chivo expiatorio, y somos incapaces de reconocer objetivamente nuestros errores y nuestras miopías. Cuando yo era chamaco y disfrutaba que mi papá criticara al país, me autoengañaba terriblemente porque, maniqueo como todo niño, pensaba que no había forma de que México hiciera algo bien en esos temas que tanto se criticaban en casa. Por eso sigo siendo tan escéptico con las estadísticas oficiales, con los informes de gobierno y con el optimismo de ciertos medios monopólicos. Por eso quizá disfruto más de leer los periódicos que dicen que todo está mal y que apuntan directamente a ciertos responsables.

Entonces por ahí va la cosa. Ahora, ¿qué pasa más seguido? ¿el autoengaño positivo o el negativo? Creo que es difícil determinar, porque generalmente para un tema dado hay siempre gente que creerá incondicionalmente en las extraordinarias capacidades del país, y habrá quien crea incondicionalmente en las extraordinarias incapacidades de México. Pero hay algo más, y me parece que es incluso más complejo: los mismos individuos, las mismas clases sociales y los mismos gobiernos son capaces de autoengañarse de dos formas distintas respecto a un mismo tema en dos momentos diferentes.
Una vez más, el fútbol es un ejemplo idóneo. Recientemente, antes de cada Mundial el país no deja de berrear que la selección llegará a cuartos de final. Siempre tenemos a la mejor escuadra de la historia y, a la vez, siempre nos toca jugar contra los mejores (que nos ganan). El autoengaño ahí es clarísimo. Sin embargo, en cuanto nos sacan del Mundial, la opinión se voltea drásticamente. "Se los dije, valemos para pura má". "Ese técnico güey, siempre pensé que había que sacarlo desde antes". "No me engañan, siempre supe que México no pasaría de octavos". Autoengaño puro, hipocresía individual. El ojete que ahora dice que la selección mexicana fracasó por mediocre es el mismo cabrón que coreó todas las cancioncitas publicitarias de ánimo al equipo nacional, el mismo que se vino cada vez que México anotó y el mismísimo que apostó hasta la abuela porque México llegaba a semifinales. Doble autoengaño porque, además, ese sujeto lo negará siempre todo.

Y entonces se cruzan los demás problemas.
Tenemos una pésima memoria histórico-colectiva pues nunca nos interesa recordar qué hicimos bien ni qué hicimos mal. Eso sí, cuando esporádicamente recordamos algo que hicimos bien, entonces es insuperable, decisivo, extraordinario, mágico (la quema de la puerta de la Alhóndiga; la Revolución de 1910 o la defensa de Chapultepec si te llamas Niño Héroe). Cuando por casualidad recordamos algo que hicimos mal, entonces nos marcó para siempre, nos condenó al fracaso, destruyó nuestro potencial y quemó nuestras esperanzas (la decisión del Fobaproa; dormirte bajo un árbol en una expedición hacia Texas si te llamas Santa Anna). Pero sucede que cuando México recuerda algo, decide recordar un episodio muy preciso, incluso casi insignificante en sí mismo. Lo que el país de plano no recuerda es el proceso que envuelve a cada uno de esos episodios; no recordamos los contextos históricos; las ideologías dominantes; los problemas estructurales del país; los individuos que nosotros mismos ponemos en el poder (en las raras ocasiones en que podemos hacerlo). Vamos, nuestra pésima memoria colectiva no sólo es "autoengañista", sino que también es simplista, de kinder y autocomplaciente.

Y, para acabar de amolar la cosa, solemos ser siempre pesimistas a futuro. Eso sí: podemos ser de lo más optimistas y añorar el pasado o conformarnos con el presente. Pero el futuro es siempre turbio, "mejor que no llegue". Eso sí es trágico. Y no es trágico porque debamos hacer todo lo contrario y ser optimistas (en el rumbo actual, difícilmente el futuro inmediato será mejor, aunque ya Fidel Castro dijo que pronto habrá cambios importantes en México), sino porque es una escapatoria sencillísima a cualquier tipo de contacto con las responsabilidades o la reflexión un poco más sesuda. Por eso este bicentenario, aun cuando esté inundado por la sangre del narco o por la inmensa pobreza que crece día con día, será extraordinario, será un festejo imponente, impecable, magnífico. Y será así porque desde ahorita se convierte en una excelente escapatoria. "Festeja ahora el bicentenario para recordar todo lo que el país hizo de extraordinario -autoengaño- y para no pensar, aunque sea por unos momentos, en el apestosísimo futuro -autoengaño 2-".

Enrique Serna dice en "Nexos" de este mes que tenemos la mala costumbre como mexicanos de dejar todas las cosas a medias, sobre todo nuestras grandes gestas históricas, por lo cual no debiéramos exaltarlas tanto como hacemos. A eso yo simplemente agregaría que en la medida en que nos sigamos autoengañando sobre esas grandes gestas históricas nunca podremos concluir alguna de ellas. Para cerrar con esa idea (que quizá dé vuelo a la entrada siguiente), debemos ser sinceros y aceptar, con relación a la Revolución Mexicana -por poner un ejemplo, que si de verdad queríamos una revolución debimos hacerla permanentemente, à la Trotsky. Ahora es muy tarde porque no sólo no la hicimos permanente, sino que la frenamos, en muchos casos la rebobinamos y, para joder, la enterramos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Desembolsar por bolsas


Solemos decir que un primer paso imprime una dirección y que, por lo tanto, el simple hecho de darlo garantiza o condiciona un seguimiento importante. En muchos casos eso resulta falso, y me parece que en el caso de la iniciativa ecológica en DF la desilusión será aún mayor.

Hace ya casi cuatro años que Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del DF, impulsa pequeñas ideas de corte ecologista en una ciudad tan caótica y maravillosa como es México. Qué duda cabe que las intenciones son honestas y prácticas, además de responder a una necesidad y a una prioridad ineludible: el medio ambiente corre innumerables riesgos. Cierto.

Así, Ebrard ha impulsado nuevos mecanismos de transporte público, promovido el uso de medios alternativos de transporte (léase bicicleta) y recreado ciertos espacios públicos para intentar conectar sociedad y medio ambiente. La tarea es titánica, aceptémoslo, pero en ocasiones los enfoques son errados. ¿No será a caso que las iniciativas “freso-ecológicas” buscan ganarse el apoyo de un sector medio-alto de la sociedad capitalina que no necesariamente vota por el PRD, como lo hacen las capas más humildes? Si las motivaciones son electoreras, ojalá vayan por buen camino.

Los resultados han sido claros. La Ciudad de México vive hoy sus mejores días en términos de polución del aire desde hace unos 25 años; los programas de hoy no circula, combinados con la posibilidad de invertir en mejores carros por parte de las clases mejor acomodadas, han dado resultados claros; jardines y parques públicos, aunque desafortunadamente siempre en los barrios más clasemedieros y altos, han vuelto a florecer. Y claro, hoy día se puede ya utilizar un sistema público de bicicletas (aunque todavía a riesgo de perecer bajo el capó de un cafre al volante).

Eso, sin embargo, no quita que falta mucho y el gobierno lo sabe. En aras de seguir en esa dinámica, el gobierno capitalino promulgó una ley que prohíbe a los grandes establecimientos comerciales regalar bolsas de plástico a sus clientes. Aun cuando suena muy bien, las limitaciones son enromes. En primer lugar, cuando un cliente quiera bolsa deberá pagar por ella. La culpa está entonces mal balanceada, pues no es sólo el cliente el que quiere bolsas de plástico, sino es el comerciante quien las ofrece. ¿Por qué no podrían ser gratis las bolsas biodegradables o de otro material que el plástico? ¿Podría ser un gasto en el que incurra el comerciante, bajo la estricta prohibición de no aumentar los precios de sus productos?

En segundo lugar, limitar las bolsas de plástico como medio de carga y almacenamiento de productos es un tanto supino: de todos modos los supermercados seguirán dando bolsas ligeras de plástico en frutas y verduras, pan dulce, quesos, carnes, pescados…En tercer lugar, si a gasto innecesario de plástico nos vamos, no son las bolsas del supermercado las más dañinas: envases no retornables (presumidos por su comodidad, carajo), plásticos y envoltorios, “bandejas protectoras”, triple forro, aluminio… Bajo una serie de reglamentaciones de lo más idiotas, los controles de calidad obligan a que los productos cuenten con todas esas enormes cantidades de plásticos y envolturas. Una barbarie.

¿Es de verdad mucho pedir que sean todas esas baratijas de plástico las que desaparezcan junto con las bolsas? Porque a mí me queda claro que el problema tiene que ver con el origen mismo de nuestro modo de consumo: empaques sellados y protegidos, envases no retornables por flojera y comodidad, bolsita para todo (como si no pudiéramos cargar con nuestras manos o en nuestras mochilas). Alguien decía que prohibir las bolsas no biodegradables no tendría efecto alguno si no se empezaba por separar efectivamente la basura. El punto es cierto. Y no podemos separar efectivamente la basura si, sencillamente, tenemos tanta basura.

Así que ya saben. La próxima vez que compren algo, no sólo no pidan bolsa (que si no se las cobrarán), sino que de plano eviten los productos en embalajes tan complicados.

lunes, 2 de agosto de 2010

El mundo NO cabe en la palma de tu mano

Una compañía aérea de bajo costo irlandesa, Ryanair, ha pedido permiso a la Unión Europea –básicamente a sus cuerpos responsables del tránsito, transporte y movilidad dentro del Continente- para modificar terriblemente las características de sus vuelos. En aras de seguir cobrando cantidades casi simbólicas por un vuelo (comprando un boleto a tiempo, se puede viajar de Dublín a Pisa pagando €0.99 más los impuestos correspondientes, generalmente en torno a los €15), Ryanair ha llevado al máximo permitido las medidas de confort y seguridad en los aviones: no hay diferencia entre primera clase y turista; no se asignan asientos a los pasajeros: el primer llegado es el que se sienta primero, a menos que el cliente quiera pagar más por subir antes al avión; no se ofrece ningún refrigerio ni trago de agua, pues todo se vende a bordo. Rayando en el límite, las azafatas de Ryanair venden figuritas y juguetes de su flota, así como peluches y otros artículos de tienda barata de recuerditos. Eso es, creo yo, el límite. Después, la compañía ha preguntado a la UE si podía, por ejemplo, cobrar a los viajeros por entrar al baño. Peor aún, Ryanair ha propuesto un sistema de viaje de pie en el cuál los pasajeros simplemente se amarrarían con arneses al fuselaje del avión, de tal suerte que habría espacio para meter más gente en la nave. Imagínense: como ganado, los viajeros irían de pie amarrados en vuelos de no más de dos horas.

Pero las absurdas peticiones de Ryanair son, en el fondo, un reflejo de la inmensa movilidad que ahora tiene la población europea –aunque no exclusivamente. Con aerolíneas de bajo costo, con un sistema de carreteras y vías férreas casi perfecto y con una cultura del viaje mucho más arraigada que en otros países (tendrá que ver seguramente con el nivel de ingreso), los europeos viajan cada vez más dentro del espacio Schengen y, en general, lo hacen de forma más barata. Antes, subirse al avión era todo un ritual. Dentro uno podía fumar, beber vino y leer una variedad de periódicos que ahora se ofrecen solamente a los viajeros de primera clase de las aerolíneas “tradicionales”. Ahora, un viaje en avión puede ser más barato que en tren y más rápido (excepto por la inmensa tramitología que siempre implica dirigirse a y esperar en los aeropuertos), pero será cada vez más indirecto (en general, las aerolíneas de bajo costo vuelan a aeropuertos secundarios más alejados de y peor comunicados con las grandes ciudades), más incómodo y, seguramente, más contaminante.

Ahora bien, en sí no es el aumento de la cantidad de vuelos intraeuropeos acerca de lo cuál me interesa escribir hoy. El hecho deja claro por sí mismo que ha aumentado la cantidad de viajeros en el continente, pero no es explicativo de cómo viaja la gente ahora. Esa es la pregunta que me interesaba, y ahí les voy. Por supuesto, el tema del claro aumento de vuelos ayuda a responder: muchas veces se viaja en avión, haciendo lo que se conoce como “saltos de pulga”. Y eso es con lo que entramos de lleno al tema.

Hay dos aspectos del turismo moderno (que honestamente no sé qué tan novedoso sea, pero es un fenómeno que he notado muchísimo en este último semestre) que me incomodan. El primero es ecológico y tiene mucho que ver con el punto de los vuelos baratos y de cortas distancias. El segundo es cultural, o social, y tiene que ver con la forma misma en que el turista aprehende lo que visita. Ambos temas tienen que ver con el turismo responsable como un todo todavía inalcanzable.

En el aspecto ecológico las cosas son claras. Viajar a Europa desde México, por ejemplo, no ofrece muchas alternativas; el que no quiera tomar avión –o aviones- deberá viajar por mar, y eso no sólo ya no es convencional, sino que es poco práctico (si uno tiene cuatro semanas de vacaciones juntas, lo cual es de por sí mucho tiempo para el turista medio, sólo alcanzará a viajar por mar de Veracruz a Cádiz y de vuelta). Ahí no está el punto. Pero una vez llegado al primer aeropuerto europeo las opciones se multiplican. Aterrizar en Frankfurt, aún si éste no forma parte de los destinos turísticos más comunes, permite tomar trenes de alta velocidad hacia Berlín, París, Munich, Bruselas, Ámsterdam y Ginebra, entre otras. No hay necesidad de tomar un vuelo de 45 minutos a Zurich si en tren, aunque por cinco horas, el recorrido es posible. Desgraciadamente, el hecho de que muchas aerolíneas baratas hayan proliferado sobre el continente permite al viajero hacer trayectos muy breves por aire a precios reducidos.

Está probadísimo que son los vuelos más cortos los que más contaminan. Eso tiene que ver con que los motores de avión son más eficientes a cierta altura, nivel nunca alcanzado si se vuela de Madrid a Barcelona. Un amigo bromeaba con que subirse a un avión implica, necesariamente, pasar mínimo unas cinco horas en él y, si se puede, comer y dormir viendo películas y quejándose por los músculos entumecidos. Pero más allá de la broma el punto es bueno: toma tanto tiempo e implica tantos preparativos subirse a un avión (filas en los aeropuertos, controles migratorios…) que hacerlo por un viaje de una hora hasta carece de sentido. Encima, el desgaste ambiental provocado por un vuelo así es enorme. Los trenes, en cambio, son cada vez más eficientes pues recurren a la electricidad que, a su vez, es resultado de fuentes alternativas modernas (como las “granjas de viento” en el Mar del Norte). Los autobuses son también más ecológicos que los aviones y sus ventajosos precios frente a los trenes son una razón de peso para usarlos, sobre todo en trayectos relativamente largos.

Pero el segundo argumento me parece que tiene todavía más peso y está relacionado con lo siguiente. ¿Por qué viajamos a ciertos destinos en particular? ¿Qué objetivos perseguimos? ¿Qué sabemos de esos lugares? ¿Con qué nos quedamos? El modelo “giro” del turismo moderno es muy sencillo: un individuo o una familia compra un “paquete” con alguna agencia de viajes y le da la vuelta a Europa (o al lugar que sea) con un grupo de turistas que tienen los tiempos estrictamente medidos. En estos “tours” –tan característicos de los ancianos y los asiáticos—se aprecia apenas el lugar que se visita: se zarpa a las 10am de Venecia para llegar a medio día a Milán, ver el Duomo, comer, y en la tarde llegar a Génova. ¿Qué ventajas tiene eso? Honestamente, ¿Qué logra uno aprehender con ese tipo de viajes?

Y tristemente eso no se limita a la gente que viaja en “tours”. Tenemos, por ejemplo, la mala fortuna de seguir ciertas modas y patrones. Si Praga es una ciudad turística por excelencia se debe, también, a que hay todo un ideario internacional de qué ciudades deben ser visitadas en cada viaje, y Praga es una de ellas. No es por denigrar su calidad como escaparate arquitectónico o histórico ni mucho menos. Pero la reflexión no es en vano, pues parece incluso que visitamos esas grandes ciudades como si fueran sitios internacionales y las descontextualizamos de su verdadero espacio: ir a Mombasa en Kenia, a Casablanca en Marruecos o a San Miguel de Allende en México no exige al turista saber un mínimo de swahili, árabe o español ni una pizca de la historia o la cultura de cada una de estas regiones. Todo sucede en inglés y todo se arregla con MasterCard.

Estuve en Praga hace un par de meses y fue lo único que vi de la República Checa. No me gustó esa sensación de ir a la capital de un país, a donde además acuden toneladas de turistas cada minuto, visitarla durante algunos días y decir, después, que “conozco la República Checa” porque simplemente no es cierto. Aprendí cinco palabras de checo, no más. No necesité más, e incluso podría arreglármelas sin conocer una sola. No significa que en un viaje de dos semanas a través del país podamos ser capaces de conocerlo, tampoco quiero simplificar las cosas. Pero me quedé con esa duda: ¿qué tanto fui capaz de aprehender sobre los checos y su cultura visitando solamente su capital –y solamente el centro turístico de ésta?

Generalmente las giras por Europa son así: tres días en París, dos en Barcelona, dos en Madrid, cuatro en Roma, uno en Florencia, dos en Venecia, uno en Budapest, otro en Praga, medio día en Varsovia, avión a Ámsterdam y de vuelta a París. En tres semanas los turistas pueden visitar catorce países sin darse siquiera cuenta que cambiaron de paisaje, de idioma, de gente. Eso es precisamente lo que me parece triste del turismo tan despersonificado que es la tónica en estas épocas. El ejemplo europeo, ya muy citado en este texto, es bastante útil porque, aunque el territorio es pequeñísimo, las diferencias entre una región y otra, incluidas regiones de cada país, son inmensas. Diferencias lingüísticas, culinarias, festivas, artísticas, de humor… qué sé yo. No me parece justo para toda esa diversidad cultural que vayamos a Europa y, aprovechándonos de sus ridículas dimensiones, hagamos una vuelta relámpago y regresemos a casa con fotos de los monumentos más estereotipados del mundo. Lo mismo con cualquiera otra región del mundo.

Volviendo a lo del principio, es cierto que de algún modo hay que aprovechar la enorme facilidad que ofrece la infraestructura en comunicaciones y transportes del viejo continente, cosa que no es igual en otras partes del mundo. Y sin duda esas facilidades son más sencillas de aprovechar para el europeo medio que puede salir dos veces de vacaciones largas y, además, puede incluso darse el lujo de viajar una o dos veces al año durante fines de semana largos. Así, la familia X de Marsella puede viajar un puente a Florencia y otro a Brujas. Durante el verano puede hacer un largo viaje por Austria y en el invierno por España. Es una figura idílica, lo sé, y no debería yo compararla con las posibilidades del viajero mexicano a Europa. Generalmente, desde México tenemos muchas menos oportunidades de ir al viejo continente y dedicarle tanto tiempo. Es por eso que no tenemos más remedio que hacer viajes relámpago. Pese a ello me queda la espina. ¿Con qué se queda el turista despistado después de una visita a Budapest o a Estocolmo? ¿Estamos conscientes de que una ciudad capital no es digno espejo del país sobre el que precede? Como mexicanos sabemos eso muy bien, pues tenemos una ciudad capital que en muchas ocasiones da falsas pistas de lo que realmente es nuestro país.

Si fuera otra vez más caro viajar en avión y más lento hacerlo en tren, ¿dedicaríamos más tiempo a un solo país o región? ¿Regresaríamos a casa pensando que pudimos sacarle jugo a una cultura y a su gente? Es como para estudiar para los exámenes: no se puede repasar todo el año en una noche y creer que vamos a quedarnos con ello durante varios años más.

Admito que quizá todo esto no es tan grave como lo pinto. Nomás me surgió la reflexión hace unas semanas. Y debo agradecer, supongo, que no volveré a México de pie, amarrado al fuselaje.

lunes, 19 de julio de 2010

Cuévano

La mejor sátira jamás escrita acerca de Guanajuato es la de Ibargüengoitia, qué duda cabe. En su libro "Estas ruinas que ves" los personajes, aunque con nombres distintos, son una clara calca de una serie de individuos guanajuatenses más o menos bien posicionados en la sociedad. Sus pifias y sus aquelarres no son secreto de nadie.

Suelo quizá no evidenciarlo, pero en el fondo sé que sí tengo un vínculo con Guanajuato. Viví ahí 13 años y sería imposible borrarlos. Claro está que para fines prácticos y por un cierto orgullo urbano suelo presentarme como capitalino/chilango. Tengo también mis razones pues nací ahí y vivo (o viví y viviré, no lo sé) en el DF. Pero Guanajuato no dejará de ser la ciudad en la que crecí.

Las emociones baratas las dejo para después. Hoy quiero reflexionar sobre la comunidad guanajuatense en sí. No podré estar a la altura del señor Ibargüengoitia, pero algo quizá hay que decir. Guanajuato es un pueblo cosmopolita, sí, pero no deja de ser pueblo. O bien, es una pequeña ciudad, pero no deja de ser pequeña. Sus 150 mil habitantes viven mal repartidos geográficamente y peor todavía socioeconómicamente. Ser la capital del Estado, sede de gobierno, cabecera universitaria y centro turístico ha implicado, sin duda alguna, que la riqueza fluya a Guanajuato. El tema de la repartición, sin embargo, es tan trágico como en el resto del país, o quizá peor aún.

De entrada les comparto que todas estas reflexiones baratas surgen porque vi, esta mañana, un álbum de fotos en Facebook del buen Biut Gerardo Fabre. Si no me equivoco, es el redactor de la sección de viajes del periódico estatal a.m. Si no me equivoco dos veces, es quien en su tiempo libre vende inverosímiles artículos en el centro de Guanajuato, a un paso del templo de San Diego. Bien. La cosa es que vi un álbum suyo en el cuál hay 200 fotos de personajes guanajuatenses. Todos ellos fueron fotografiados en el jardín de la Unión, gran centro de reunión de la élite guanajuatense (en el sentido amplio de la palabra élite). Todos ellos, con caras felices o falsas -o falsamente felices-, representan icónicamente las arbitrariedades y desigualdades de Guanajuato. Las conclusiones vienen en seguida, pero ustedes, astutos lectores, ya las conocen.

Pero iré poco a poco. Antes, les presento los pequeños temas contemplados, que son básicamente mis pequeñas impresiones de los grupúsculos sociales más o menos representados en el jerárquico álbum que les menciono.
A Guanajuato han llegado parvadas de extranjeros adinerados a instalarse, hacer negocio, gastar sus pensiones primermundistas y jinetear bienes raíces (tema 1). De forma muy distinta, alguna vez llegó una jauría de universitarios, defeños en su mayoría, que se instaló en la recién autónoma Universidad de Guanajuato y comenzó a trabajar desde la base. Muchos físicos, matemáticos, químicos, filósofos, historiadores y sociólogos llegaron de fuera para enriquecer la universidad (tema 2). Hay, por supuesto, algunas familias muy tradicionales que han hecho fortuna en distintos campos y que heredan los negocios impunemente (tema 3). Claro que hay "nuevos ricos" y capas ascendentes de la clase media que se han colado, ya sea por la política o por los negocios, en las altas esferas guanajuatenses (tema 4). Por último, hay una clase política muy identificable (tema 5).

UNO. Guanajuato no es San Miguel de Allende, y qué bueno. No son los estadunidenses los grandes colonos (en el sentido tradicional del término), aunque quizá sí sean mayoría simple. Guanajuato alberga, sin embargo, a muchos canadienses, británicos, franceses, españoles, alemanes, italianos... hay incluso una microcomuna belga. Claro, será difícil encontrar inmigrantes de verdad en Guanajuato: ¿dónde están los salvadoreños en su paso a los EU? ¿Hay refugiados congoleses como en el DF? ¿Y la comunidad colombiana tan abundante en la capital? Claro que no: en Guanajuato hay extranjeros con dinero, extranjeros que vinieron a hacer dinero y extranjeros "hippies" o alternativos que aparentan no les importa (aunque en el fondo sí tienen o hacen dinero). Muchos de ellos, si no es que casi todos, han ingresado con elegancia en los círculos más tradicionales de la alta sociedad guanajuatense: se han casado con gente de los temas siguientes o simplemente se codean con ellos pues son grandes amigos o socios. Claro, muchos de esos extranjeros "alternativos" terminaron refugiándose en la Universidad de Guanajuato buscando un espacio de respiro liberal que muchas veces se niega en el verdadero Guanajuato (lo cual no implica que toda la Universidad sea de corte liberal; de hecho esa tendencia va a la baja). Además de los que se instalaron aquí hace varios años, Guanajuato sigue recibiendo oleadas de jóvenes extranjeros que vienen a hacer cosas distintas, pero que básicamente acaban distinguiéndose por seguir la fiesta en tal o cual lugar: pregúntenle a los del Fly qué ha sido de las noruegas que invariablemente caen ahí.

Tema DOS. A este grupúsculo yo le doy mucha importancia pero admito que de hecho no la tiene. No la tiene ante los ojos de la tradicional élite guanajuatense y de su población más humilde (y mayoritaria). No la tiene porque, o bien vive demasiado enfrascada en las alturas de sus burbujas intelectuales, o bien porque es vista con cierto desprecio por la otra élite local que nunca fue muy ilustre y que se ve comúnmente criticada por la "pedante intelectualidad de [la facultad de) filosofía".
Les decía que se trata de una banda de chilangos. No es enteramente cierto, pero sí hay un buen número de ellos que se instalaron a lo largo de 80s y 90s en la Universidad y han trabajado por ella. No quiero echarle flores a un tal progenitor mío, o no nada más: en las facultades de Química y Filosofía, en el CIMAT/FAMAT y en el instituto de Física, sólo por mencionar algunos centros, hay un gran número de profesores de origen capitalino que han sido directores y reconocidos profesores. Algunos nombres son Jesús Polo, Juvencio Robles, Guillermo Mendoza en Química, Aureliano Ortega en Filosofía... no seguiré porque me doy cuenta, por supuesto, ¡que sólo cito a los padres de mis amigos! No es ninguna coincidencia, lo sé... carajo.
En fin, decía yo que esta élite universitaria -y ya no me refiero exclusivamente a los "chilangos"- está de cierto modo desconectada del resto de la comunidad guanajuatense. Esto por varias razones pues, como ya dije, hay un constante choque con las fuerzas más tradicionales del pueblo (aunque hay claras excepciones). También hay un aberrante choque intra-universitario, pues hay un enorme grupo de neoconservadores, acérrimos panistas o priístas (en Guanajuato comúnmente da igual), que sabotean sistemáticamente el "progreso liberal" de las ciencias y la educación en nuestra ciudad. Claro que generalizo y agrego tono mártir, pero a lo que voy es que la intelectualidad guanajuatense, como en todos lados, no es uniforme y tiene, evidentemente, choques ideológicos internos gruesos. El problema es cuando esos choques están tan empantanados en la política. Por ser breve, Juan Carlos Romero, que me parece fue un buen rector, fue un pésimo gobernador, pero en su juerga panista incrustó en la Universidad a varios correligionarios, fieles pero imbéciles.
Para terminar con los universitarios, tan sólo comento que aparecen muy poco en el álbum que me sirve de guía. Ellos también se pasean por el Jardín, pero nadie les toma fotos porque no son tan conocidos como los dueños de los antros.

Tema TRES. ¿Qué apellidos famosos de Guanajuato conocen? Claro, todos ellos en los que están pensado tienen algún digno representante en el álbum de Biut Gerardo. Son, básicamente, viejas familias de ricos guanajuatenses que han heredado ciertos negocios. Noto, sin embargo, dos cosas. Primero, que no es siempre tan antiguo como parece: muchos de esos "imperios financieros" (guardemos las debidas proporciones locales) son resultado de un empuje priísta de los cincuenta y sesenta, una época que enriqueció a constructoras y luego a hoteleros locales. Hoy día Guanajuato vibra con una cierta vida nocturna que también ha enriquecido a más de uno. Segundo, que quizá exagero cuando hablo de ricos guanajuatenses. Mi gran amigo Adán decía que en Guanajuato no hay ricos tal cual. En sí eso es cierto: las comparaciones con otras grandes ciudades del país dejarían boquiabiertos a los "ricos" de Cuévano. Pero eso no quita que, comparados con la población local, sí lo son y, sobre todo, así se portan. Hay una gran interrelación entre ellos, lo que se explica básicamente porque de origen son pocas familias y porque la ciudad es chica. Sin necesidad de rallar en el incesto, los grandes nombres guanajuatenses se mantienen juntos y se multiplican.
Ellos son, básicamente, quienes aparecen en nuestro bonito álbum. Son los guanajuatenses que se han ganado una reputación (muchas veces una buena reputación) por distintas cosas, desde los negocios hasta los clubes sociales. No son necesariamente pedantes y exclusivamente intolerantes como muchos ricos leoneses o capitalinos; más bien son una gran comunidad, lo cual los hace parecer algo alejados del resto de la población local. Aún así, y en eso Adán tiene razón, el hecho de que no sean exorbitantemente ricos permite que se codeen con otras capas de la sociedad, las del

Tema CUATRO. En ocasiones es difícil definir cuándo un individuo o una familia es del tema 3 o del 4, es decir, cuándo se trata de una fortuna que lleva décadas o cuándo de una nueva posición social que apenas va tomando forma. La gran ventaja de Guanajuato es que el intercambio entre 3 y 4 es bastante sencillo. En este tema 4 hay muchos universitarios, pequeños empresarios y comerciantes, profesionistas liberales...en fin, la clase media alta guanajuatense. Muchos fueron a las mismas escuelas (incluso públicas, o sobre todo públicas), a la misma prepa (no hay muchas opciones) y, en un descuido, estudiaron las mismas carreras en la UG. En el fondo el bagaje no importa mucho y la comunicación es buena. No importa que vivan en el bonito Marfil o en el paseo de la presa pues bajarán al centro a juntarse con los que vienen de Noria Alta, Las Palmas, de los urbanismos clasemedieros de la panorámica y, por supuesto, del centro mismo y sus callejones. Si bien en ocasiones hay pretensiones y falsas expectativas que se generan ("yo me junto con fulanito porque su familia tiene el bar X y recibimos tragos"), o peor, "entraré a la política gracias a mis contactos con fulana", por lo general la convivencia es pasiva y apacible. No cabe duda, pues, que ese es básicamente el grupo del álbum.

Tema CINCO. Por último y en breve vienen los políticos. Todos los conocemos y todos decimos ser sus amigos. De hecho, es relativamente probable que lo sean, pues sus verdaderas bases de apoyo siguen siendo muy informales: estrechos lazos familiares o cadenas de pequeños favores... en Guanajuato no importa si es el PRI o el PAN: en 2009 la alianza que llevó a Nicéforo fue PRI-PRD; los panistas guanajuatenses llevaron a Fox a los pinos en 2000... Vamos, en Guanajuato el partido importa relativamente poco. En las fotos del álbum, a excepción del buen Scheffler, todos los políticos son básicamente "prianístas"... ellos y sus familias.
No es triste, es así. Han gobernado Guanajuato y lo gobernarán porque así funciona. En el fondo, la ciudad es tan pequeña que no tiene suficientemente dinamismo político.



A veces extraño Guanajuato. Por un lado su falta de anonimato es interesantísima: recorrer las calles saludando a conocidos y sabiendo que todo lo que hagas se sabrá de inmediato. Por el otro, es terriblemente patético: las páginas de sociales de la prensa local, con sus estupidísimas notas sobre guanajuatenses prominentes que básicamente tienen tiempo libre y cabeza vacía, son más comunes de lo que uno cree. El "qué dirán" es casi tan importante como el "quién lo dijo" y hacerse notar es, todavía, un deporte local . La ciudad es bonita, sí. Tiene oferta cultural, sí. Salir de noche, de día, ver a los cuates en el centro y visitar algún bar es divertidísimo, sí.
Pero Cuévano es eso, un pequeño mundo de baja actividad intelectual y alto grado de intercomunalidad entre sus amplias élites. Tiene sus ventajas, pero también es el tipo de ciudad del que uno quiere siempre escapar para sólo volver cuando se le antoja... cuando no resiste y quiere sucumbir a ese mundo tan conocido y apacible.

jueves, 1 de julio de 2010

"Al Mundial van siempre los mismos". Sí, pero no por eso hay menos sorpresas

En estas épocas mundialistas es muy importante sacar a flote el espíritu pambolero. Qué mejor si puede combinarse con el ocioso que todos llevamos dentro. Hay muchas evidencias de que sí se puede: algunos hacen parámetros futbolero-políticos, otros recuerdan cada momento en que un partido x en un Mundial Y se ha repetido ya en copas anteriores…El buen Pancho se puso a observar los lazos históricos que unen a cada participante de los cuartos de final del presente Mundial.
Pues nada, mi pequeña contribución a la lista es, en esta ocasión, estadística.

Resulta que solemos pensar que a los Mundiales van siempre los mismos países. Brasil, por ejemplo, no se ha perdido ni uno sólo. Países como Alemania, Argentina, México, Francia, Italia y los Estados Unidos han ido a más de ocho torneos. Todo ello tiene sentido, pues de cierto modo uno de los atractivos del Mundial es que reune a los mejores equipos del momento; no es lo mismo saber que habrá un Brasil-Países Bajos en cuartos de final que un Grecia-Corea del Sur en la primera fase. Imagínense qué sería de un Comoros-Andorra, o de una semifinal Estonia-Haití (y sin ganas, por supuesto, de minimizar a nadie... sólo les pido que me nombren algún famoso jugador sri lankés... ah, claro, ellos juegan cricket...).
Aún así, los procesos de selección y de calificación para un Mundial están lejos de ser aburridos. En 2002 los Países Bajos de quedaron fuera. En 2010, equipos que anteriormente han jugado realtivamente bien (Rusia, Turquía, Suecia, Senegal, Costa Rica, Bélgica) quedaron olímpicamente fuera. De todos modos, las variaciones, al menos en los últimos mundiales, no son tan grandes.

Conté a partir de 1998 por dos razones. La primera es porque fue el primer Mundial al que fueron 32 equipos y no 24 –y todo parece indicar que 32 será un número duradero. La segunda es que recuerdo cada equipo, cada grupo y casi cada resultado a partir de 1998, y así no tuve que recurrir a Wikipedia, por lo que los siguientes cálculos pude hacerlos en una clase aburrida que tuve.
La primera conclusión (básicamente la única), es que, aunque no hay tanta sorpresa en términos de qué países van a un Mundial, hay mucha mayor variación en las fases decisivas. Además, ésta es creciente: hay más variaciones en octavos que en la primera ronda; más en cuartos y más en las semifinales. Ahí les voy.

En los últimos cuatro Mundiales (a saber, Francia 98, Corea S-Japón 2002, Alemania 2006 y Sudáfrica 2010) hemos visto desfilar a 59 equipos. A razón de 32 equipos por copa, una variación de 100% implicaría que ya 128 países hayan pasado por las canchas mundialistas. Quítenle un par de números por eso de que antes el campeón aterior calificaba directamente y por el hecho de que en muchas ocasiones el anfitrión –que ahora califica sin más- asistió también al mundial anterior. Aún así, 59 equipos está algo lejos de los 125 o algo así que podríamos tener. En fin, si 128 es igual a 100% de variación, 59 equipos son sólamente 46.1% de variación. El número en sí no ejemplifica nada concreto por al menos dos razones. La primera es que dentro de algunos mundiales habremos soprepasado el número total de federaciones inscritas ante la FIFA, por lo que no podremos seguir hablando de una variación de 100%. La segunda razón es que ese 46.1% sólo significa que entre cada dos mundiales hay un “reciclaje” de 46.1% de los equipos, pero eso no implica que el reciclaje será parejo para todos cada cuatro años. Por ejemplo, el hecho de que Sudáfrica haya estado ahí en 1998, 2002 y 2010 implica ya dos “reciclajes” o variaciones (entre 2002 y 2006 y luego entre 2006 y 2010), pero sigue tratándose de un sólo país. Más bien, lo interesante de ese 46.1% es compararlo con lo que sigue.

Pues bien. En octavos de final (donde participan 16 equipos), la variación es mayor a 46.1%. Me parece que eso rompe con el sentido común: si lo siguiéramos, pensaríamos que ciertos países “nuevos” (piensen en Togo, Angola o Trinidad y Tobago del Mundial pasado) tienen ciertas posibilidades de pasar al Mundial, pero que éstas se reducen drásticamente cuando se trata de calificar a los octavos.
Pues no. De hecho, de los 64 lugares en octavos en los últimos cuatro Mundiales (16*4), hemos visto pasar a 33 equipos. La variación aumenta a 51.5%. No es mucho, pero ahí está la explicación para países como Eslovaquia o Noruega, que han ido a un sólo mundial de los últimos cuatro, pero uno les bastó para llegar a octavos.
La cosa se pone mejor, pues para cuartos de final, la variación aumenta a 59.3%. De los 32 equipos potenciales para participar en los últimos cuatro cuartos de final, 19 lo han hecho. Aquí entran los bonitos casos de Ghana, Senegal y Ucrania, por ejemplo.
Y en semifinales las sorpresas son mayores. Independientemente de los resultados de los cuartos de final de 2010, tenemos ya asegurado que, entre 1998 y 2010, once países han participado en Semifinales. Digo que los resultados no afectarán en nada, pues no importa quién gane del Ghana-Uruguay ni del Paraguay-España, pues en cualquier caso se tratará de un país que no ha llegado a semifinales en los últimos mundiales. Estos once países, son pues: Brasil, Países Bajos, Francia, Croacia, Alemania, Turquía, Corea del Sur, Italia, Portugal, Uruguay/Ghana y Paraguay/España. Once de dieciséis posibles es igual a 68.75% de variación.

Es así que queda explicado que, si bien “casi siempre pasan los mismos al Mundial”, siempre será una sorpresa saber quién llegará a Semifinales.

Eso sí. En cuanto a la final, es muy posible que la variación se reduzca drásticamente, de tal suerte que podamos decir que “al Mundial van casi siempre los mismos; al partirse la madre en la raya vemos muchísimas sorpresas, pero los campeones los podemos seleccionar de un puñado bastante claro”.